El lado oscuro de las redes sociales

Con apenas horas de diferencia, dos vecinos de esta capital pampeana sufrieron sendos ataques personales a través de las redes sociales. A uno lo acusaron de un envenenamiento masivo de perros y a otro, mucho peor, de cometer delitos sexuales.
Cómo no entender la desesperación, la indignación, la impotencia ante semejante agresión que se propaga sin límite por internet, multiplicando la calumnia hasta el infinito sin ninguna consecuencia para los causantes de semejante atropello a la dignidad humana.
Las propias corporaciones que administran los sitios de internet más grandes y conocidos han tenido que salir a explicar que una considerable cantidad de usuarios oculta su identidad, o utiliza claves ajenas para cometer este tipo de atropellos.
En la Corte Suprema de Justicia de nuestro país se está aguardando un fallo decisivo. Una mujer demandó a una de las grandes redes sociales de la web por haber aparecido su fotografía y datos personales en un sitio dedicado a la pornografía. Otras personas han iniciado acciones judiciales por razones similares: acusaciones falsas, uso del nombre sin autorización, etc.
Pero no son estos todos los problemas que hoy sacuden internet, esa suerte de altar ultratecnológico en cuyo nombre se alzaron tantas voces de esperanza y cándidos vaticinios sobre sus virtudes como foro de una suerte de democracia global de las comunicaciones. Esos elogios desmesurados a un sistema que conecta a miles de millones de personas y de hogares de todo el mundo, prefirieron no ver algunos aspectos oscuros que hoy, fatalmente, están saliendo a la superficie.
El espía norteamericano Edward Snowden, hoy exiliado en Rusia, reveló que los servicios secretos de su país de origen y sus aliados, especialmente Gran Bretaña, invierten miles de millones de dólares en sistemas de espionaje informático que se aplican hasta en los últimos rincones del planeta. El presidente de EE.UU. se vio obligado a dar explicaciones a países aliados a cuyos gobiernos también se había espiado.
Hoy ya se sabe que todos, absolutamente todos, los correos electrónicos que circulan por la web están siendo “filtrados”, -espiados para decirlo más claro- por las grandes usinas de espionaje montadas por esa suerte de “gran hermano” en que se ha convertido Estados Unidos. La “guerra contra el terrorismo” es la excusa urdida para semejante intromisión global en la vida privada de los individuos.
Como se puede ver, el problema es altamente complejo y abarca diversas escalas: local, nacional e internacional.
Volviendo al tema que dio origen a esta columna y que está vinculado al ataque padecido por los vecinos de nuestra ciudad, los sistemas están demostrando que no pueden garantizar el respeto a la intimidad de las personas ni otorga garantías para librarlas de calumnias que se multiplican y aumentan desmesuradamente su poder mortificante.
Y como no hay nadie, es decir, ninguna persona física, palpable, que se haga responsable de estos ataques, las víctimas son ganadas por la impotencia.
Ni siquiera un recurso de amparo en la Justicia puede garantizar que sus nombres sean quitados inmediatamente. Hasta que los procedimientos judiciales detectan a los responsables de las maniobras injuriantes, suman miles y miles las personas que acceden a las acusaciones falseadas. Hay un “vacío legal”, admiten en los tribunales.
Está visto que las redes sociales, que tantos elogios cosechan, pueden convertirse en trampas para aquellos que caen víctimas de un ataque de estas características con tan alto poder de fuego para causar daño en la imagen pública de las personas.
Es sabido y todos lo repiten: subir un texto o una imagen a una red social es muy fácil; retirarlo es muy arduo, salvo que se cuente con el auxilio, claro que ilegal, de un hacker. En consecuencia: provocar un daño es muy fácil, repararlo muy difícil, casi imposible.