El libro da batalla ante el desafío de lo digital

La feria nacional del libro, un acontecimiento anual que tuvo comienzo en la pasada semana, permitió que se volviera a la pregunta acerca de si su forma impresa resistirá el embate del libro digital, si las dos formas compartirán el universo de los lectores o si la nueva propuesta terminará dominando el espacio en disputa.
Puesto que el futuro es siempre una incógnita, hay que atenerse a lo que tenemos ahora en tanto decantan las preferencias. Lo que hay ahora es el libro, pues el impreso (el que aparece con la imprenta) y el digital (hijo de una nueva forma de comunicarse) son igualmente libros y se expresan mediante la escritura.
La feria que hoy está culminando, ha atraído como siempre a una multitud. Comenzó con un cruce de fondo político, en la ceremonia inaugural, pero esto sucede porque el acontecimiento anual no puede sustraerse a la tonalidad del momento. Alguien dijo que con este gobierno nacional la industria editorial decae y pudo escucharse una réplica que aportó datos numéricos para demostrar que en estos años esa actividad se ha recuperado, al punto de que hoy, de cada diez libros que salen al mercado, ocho son de factura nacional.
Al margen de estas diferencias, lo sustancial de la feria consistió en la prueba de que el interés no decae, pues ha estado aumentando la oferta y también las ventas.
Asimismo, se ha podido conocer en persona a varios de los escritores holandeses y a expresiones de la poderosa industria editorial de los Países Bajos. Esta edición de la feria estuvo consagrada a la ciudad de Ámsterdam, asiento principal de esa actividad. También permitió escuchar a escritores de todo el mundo, junto a los argentinos.
En la jornada inicial atrajo a presencia del sudafricano J. M. Coetzee, premio Nobel de Letras.

Censura.
Coetzee habló de un tema que podríamos llamar eterno: la censura.
Según se pudo saber por los resúmenes publicados por periodistas especializados, el sudafricano no hizo la exposición habitual de este tema.
Nadie defiende a la censura en público, pero el intento de regular la expresión del pensamiento se repite invariablemente con los gobiernos que tienden al despotismo. La censura previa expresa el recelo de los sectores más conservadores, los cuales se opusieron en su momento a la educación universal y, más tarde, no vacilaron en exiliar o esconder a pensadores que querían seguir expresando la visión de las cosas que surgía de su pensamiento.
Coetzee contó que él es tuvo largamente censurado, a pesar de que sus relatos no denotaban una preferencia política. Le tocó vivir en los años de apartheid, es decir, de la severa segregación racial que impuso la minoría blanca de su país. Dijo que sus primeras novelas fueron sometidas a un tribunal de censura integrado por personas cuyos nombres no se daban a conocer. Sus libros fueron aceptados y pudieron editarse. Años después del apartheid se le permitió conocer las actas de esos tribunales y pudo saber que sus libros fueron admitidos, a pesar de algunas reservas, porque se entendió que tendrían pocos lectores. Dado su alto nivel intelectual, serían leídos por intelectuales y por personas de los niveles culturales más amplios. También supo quiénes fueron sus censores, personas de nivel económico alto, algunos de ellos escritores. A pesar de este nivel, hacían esa tarea (por la que recibían pago) porque participaban del recelo tradicional sobre el influjo de la lectura sobre las masas.

Erróneo.
La censura, dijo Coetzee, se origina en la tendencia a conservar lo que existe, cerrando el camino a los cambios. El error en que incurren quienes se proponen congelar estructuras sociales aduciendo consiste en creer que si el pueblo conoce esos libros la moral se verá socavada y peligrará la seguridad del Estado. Es un error, explicó, y consiste en creer que los libros influyen en el devenir de los asuntos humanos de manera inmediata. Lo cierto es que los libros que cambian la historia no son necesariamente los nuevos. “Los procesos históricos son mucho más lentos y llevan mucho más tiempo”.
Coetzee no entró en el detalle de este pensamiento, pero su fundamento no es desconocido. Incluso no son los libros los que “abren los ojos”, salvo cuando en ellos se logra traducir un estado de cosas que se torna insoportable para la mayoría de los habitantes de un país o del mundo. Esos libros aciertan a dar expresión a algo que preexiste. Influyen, sobre todo si, además, proponen alternativas viables. Se aprecia, pues, que hay una interacción entre pueblo y escritor (o pensador), proceso que se completa cuando madura la voluntad de cambiar.
Jotavé