El miedo a las aventuras de los buscadores de lo otro

DOMINICALES

Una nota en la página de novedades científicas me permitió saber acerca de un investigador argentino que procura que las raíces de las plantas puedan adaptarse a medios diferentes al de su origen. Ensaya alargar las raíces y aumentar sus pelos absorbentes (pelos radiculares) para puedan afrontar situaciones de sequía. Para este objetivo se introduce un gen de otra especie vegetal que tiene esa característica. Nace así una planta transgénica, nombre que se da al vegetal que ha sido modificado.
Parte de experimentar con plantas que viven en zonas de lluvias escasas, localiza el gen respectivo y lo instala en alguna de las que se cultivan para proveer alimentación, tales como maíz, tomate y alfalfa, que ganan en capacidad de sobrevivir en situaciones de sequía y que podrían cultivarse en suelos que no les son aptos, con lo que se ganaría en producción alimentaria y disminuiría el uso de agrotóxicos. La creación de vegetales transgenéticos es un logro científico de hace tiempo. La novedad consiste en que se investiga la parte de la planta que no está a la vista, o sea las raíces y su sistema de pelos absorbentes, a través de los cuales se hace de agua y nutrientes. Lo que sucede bajo tierra es determinante de la suerte de una planta.
El investigador es argentino, se llama José Manuel Estévez, doctor en biología de la UBA y jefe de un laboratorio del Instituto Leloir. Está en el país desde hace siete años, luego de estudiar y trabajar en universidades de los Estados Unidos. Lo entrevista el periodista Pablo Esteban, del diario Página/12.

Miedos.
Mientras leía acerca de esta novedad mi imaginación se desvió del tema al recordar la historia de las ciencias y las dificultades que debieron sortear muchos de los “buscadores de lo otro”, es decir los que no se conforman con aceptar lo conocido en su tiempo y se preguntan por qué era o parecía ser así y si la apariencia ocultaba algo, un otro ignorado, quizá temible, quizá promisorio.
Ciencias y filosofía (notoriamente emparentadas en los comienzos) han nacido del asombro que resulta de la sospecha de que hay o puede haber lo otro detrás de lo que creemos conocer.
Los alquimistas, que prosperaron en la edad media, se obsesionaron con la posibilidad de transmutar los metales, haciendo que lo nuevo obtenido fuese mucho más valioso. Buscaban crear oro. Estos personajes fueron mirados con recelo. Las personas más ignaras reaccionaban así porque heredaban viejos miedos a las fuerzas ocultas. Hoy mismo subsisten esos temores y son el fundamento del cine que pone en escena a muertos que quieren tener presencia en el mundo de los vivos y se convierten en enemigos temibles: los zombis. Las religiones sospecharon también de estos buscadores de lo otro porque pretendían alterar un saber que presumen comunicado por sus propios dioses.
La tendencia a creer en la posibilidad de lo otro parece ser un rasgo humano, que se expresa como miedo o como curiosidad. O como desafío. Martín Fierro dice “A mí no me asustan sombras /ni bultos que se menean”. No niega la existencia de lo otro: les opone su coraje. No pocos científicos, que han tenido que lidiar con los poderosos de su tiempo (necesitados de que no se modifique el statu quo), han padecido persecuciones y hasta muerte. El caso emblemático de Galileo lo muestra gambeteando el riesgo de la hoguera al desdecirse ante el tribunal religioso, al tiempo que murmura (según una tradición): “Y, sin embargo, se mueve” (o sea que la Tierra es la que gira en torno al Sol).

Plantas.
En nuestro tiempo el miedo a lo otro se expresó cuando se generó temor por los efectos del gran colisionador de drones, que buscaba el bosón de Higg y ahora busca un superbosón. Temían que produjese una explosión en cadena que acabara con nuestro mundo.
Cuando leía la investigación sobre raíces y pelos radiculares me vino a la memoria una novela de ciencia ficción (El día de los trífidos, 1951) en la que aparecen árboles que se mueven sigilosamente y que usan sus ramas como armas con efectos mortíferos para los terráqueos. Tales árboles habían escapado de un laboratorio experimental. Dado los actuales avances de la genética de las plantas, tales enemigos pueden ser temidos como emergidos de los laboratorios de transgénicos y escapados del control humano. ¿Acaso la ciencia no ha avanzado ahora hasta modificar genéticamente plantas y aún animales y tiene capacidad para introducirse en el feto o en la células germinales humanas para modificarlas cuando su análisis muestra que pueden producir efectos o deformaciones graves? Se dice que ya hay capacidad para elegir el tipo de hijo que se desea. Y si esto es realmente posible, ¿dejará de hacerse?
Jotavé