El motociclista como una víctima previsible

Señor Director:
Casi no pasa día, en Santa Rosa y La Pampa, sin que tengamos noticia sobre accidentes que han costado la vida de motociclistas. Cuando no se da la extrema fatalidad hay que computar heridos de consideración, sean conductores, sean acompañantes.
En los centros de recuperación con frecuencia se ven personas que han sufrido accidentes mientras viajaban en motocicleta. Alternan con víctimas de otros accidentes, ya domésticos, ya en el ejercicio de actividades deportivas, ya porque iban en un automóvil o una moto y protagonizaron un accidente.
Llevamos la cuenta de los muertos en las rutas y en la vía pública urbana. No se hace el registro de los que sobreviven y que deben someterse a tratamientos o que quedan consignados a la silla de ruedas o a una postración mayor. Ignoramos la relación entre muertos y heridos, pero en cada accidente hay uno o más heridos de distinta gravedad. Por cada cien muertos tendríamos una cifra muy superior de heridos. Puesto en número o en palabras, este dato inquieta. Si se pudiese visualizar el conjunto probablemente se comenzaría a asumir la magnitud de estas tragedias, cuya cotidianidad tiende a opacarlas al transformarlas en número más que en dolor.
Hay otro aspecto que rara vez se tiene en cuenta: los protagonistas de accidentes que huyen para eludir su responsabilidad. No son pocos los que entre el deber de solidaridad y la tranquilidad propia, eligen este camino y pueden luego ser descubiertos o no, en cuyo caso hay que imaginar en qué medida el suceso y su falta afectan su propia vida. O no la afectan, porque la conciencia de cada uno sigue caminos propios. Esta situación fue desarrollada en una película española de l955, titulada Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem y el protagonismo de Lucía Bosé y Alberto Closas. El franquismo la consideró gravemente perturbadora por el detalle escabroso de que quienes iban en el coche que mató al ciclista eran una pareja informal, que optó por fugarse para que no se conociese su deslealtad con marido y mujer legales. No obstante, tuvo premios internacionales por la calidad de realización e interpretación. En ese entonces había muchas personas que usaban la bicicleta (como vuelve a suceder en nuestro tiempo, en las ciudades). Las motocicletas eran menos frecuentes, aparte de que entonces no había la densidad del tránsito de nuestros días.
Desde hace un tiempo la motocicleta tiende a sustituir a la bicicleta, tal como ésta, en su momento, reemplazó al caballo. Es un vehículo que no tiene tracción humana, es ágil y veloz, visiblemente muy apto para moverse en el tránsito moderno. Los usuarios lo son mayoritariamente por necesidad: como medio de traslado personal, ahora que las ciudades se desmesuran en tamaño y el lugar de trabajo o de aprovisionamiento o la escuela quedan cada vez más lejos. Algunos dicen que la moto es el vehículo de los que no pueden llegar a disponer de un automóvil. Sería la clase media baja en materia de medios propios de traslado, con el automóvil más arriba y la bicicleta y el peatón por debajo. Y es bien sabido que en esto también se repiten las conductas de clase, con el automovilista que ve a la moto como un fastidio o una agresión potencial y el motociclista que se desmesura con frecuencia y omite el casco, no mide el riesgo de llevar acompañante/tes y se deja arrastrar al vértigo ante el poder y la maniobrabilidad de su máquina. Hay otro motociclista: usa este vehículo porque presume que le transmite algo de su poder. Se asume en el papel de superhéroe. La moto, en su caso, es como la melena o las botas y todo lo que produzca una impresión de potencia personal.Comencé esta nota por donde quiero terminarla: llamar la atención ante ese saldo luctuoso, en crecimiento incesante, ya en vías de superar numéricamente a las víctimas del automóvil. Y convocar la mirada que reclaman los sobrevivientes y su calvario.
Atentamente:
JOTAVE