El olvido de una región pampeana

Ubicada en el centro geográfico de la provincia, desfavorecida por la naturaleza y los hombres en materia de suelos y aguas, Limay Mahuida y su zona sufren desde hace muchos años -casi un siglo- una postergación que los ha convertido en sinónimo de tristeza, desierto y abandono. Esa condición, intuitiva por parte de quienes acertaban a pasar por el lugar, ha tenido estos días una triste confirmación en el nivel sistemático y científico: de acuerdo a un estudio realizado por el Centro de Investigaciones Geográficas de la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires (Conicet) en procura de determinar las áreas de mejor y peor calidad de vida en el país, Limay Mahuida ocupa el primer puesto en cuanto a las más negativas.
Este pobre galardón puede extrañar a quien haya caminado el país, ya que parece difícil superar en esos índices a lugares como algunos sitios de la meseta patagónica, las salinas del centro-oeste o la Puna, donde el clima y el medio ambiente, sumados a las carencias de la infraestructura humana son abrumadores. Sin embargo, quienes conozcan también esa parte de La Pampa no se sorprenderán. Limay Mahuida nunca fue, en épocas históricas al menos, un lugar demasiado acogedor, pero hasta comienzos del siglo pasado esa adustez se veía atemperada por el agua que atravesaba la zona de norte a sur a través de dos venas: el río Salado-Chadileuvú y el arroyo Butaló, brazo del Atuel que más entraba en La Pampa. Ambas corrientes generaban grandes bañados que, con la fauna y flora consecuentes, hacían la vida más agradable y permitían el desarrollo de una economía con ciertas posibilidades, con un crecimiento poblacional acorde.
Pero bastaron las interrupciones secuenciales de ambos ríos, hasta que desaparecieron definitivamente, para que ese mínimo desarrollo del centro de la provincia quedara gravemente afectado y, finalmente, estancado. Los cauces se tornaron en hondonadas secas, con escurrimientos de largos intervalos, en tanto que las lagunas se volvieron salitrales. La población no solamente creció menos sino que se estancó y empezó a decrecer por la emigración de los jóvenes, escasos de trabajo y desarrollo, una condición que se mantiene.
Pero no solo la naturaleza contribuyó a esa decadencia. La ausencia de políticas de desarrollo del Estado provincial, a lo largo de las décadas, ha hecho lo suyo. Y no nos referimos únicamente a la escasa energía para reclamar por vía judicial por los ríos cortados para detener el daño ambiental; sino también en cuanto a la búsqueda y puesta en práctica de alternativas que mejoren la calidad de vida en aquel olvidado paraje y estimulen el poblamiento, la ocupación territorial en el centro geográfico de la provincia.
El Estado es el único agente que puede, y debe, fomentar el desarrollo de las áreas desérticas o desertificadas artificialmente. Pero para conseguir ese noble propósito hay que trabajar con firmeza y persistencia en proyectos que no solo tengan presupuestos adecuados, sino también una convicción que no siempre está presente en nuestro medio. Sobran en la provincia reparticiones públicas -abarrotadas de personal técnico y administrativo- que tienen directa incumbencia en esta materia. Pero es evidente que falta compromiso y capacidad de trabajo para traducir los floridos discursos en realizaciones concretas. Aquí, precisamente, hay un ejemplo concreto que muestra con toda crudeza esa carencia.
Y lo más triste es que tiene que venir desde afuera un estudio que nos diga el gran nivel de degradación al que ha llegado un trozo de nuestro suelo, ubicado, para colmo de males, casi en el centro geográfico del territorio pampeano. Sería deseable que este trabajo opere como estímulo para las autoridades provinciales a fin de que pongan manos a la obra y conviertan en realidad lo que pregonan acerca de que su interés es mejorar la calidad de vida de los pampeanos.