El Salado languidece ante la inacción oficial

El extenso artículo publicado hace pocos días en este diario sobre la “lenta agonía del río Salado-Chadileuvú” tiene una carga significativa que va más allá de su contenido y que, francamente, alarma. Una rápida síntesis de su lectura evidencia sin lugar a dudas que la cuenca más extensa de las que íntegramente se desarrollan en el país, tan grande como Rumania y, para más, ubicada sobre la llamada “diagonal árida”, viene sufriendo un saqueo que se remonta a varias décadas sin que los sucesivos gobiernos provinciales haya hecho o conseguido nada para La Pampa, última etapa de este río en extinción.
La mengua de los caudales del San Juan, el río más caudaloso de la cuenca, estaba anunciada desde mucho tiempo atrás y solo hubo una protesta pampeana concreta, impugnando la licitación, cuando se anunció la primera de las represas sobre su curso, la de Ullum. Después el gobierno de la provincia pareció haber aceptado el despojo mansamente, tal cual lo demuestra su falta de acción efectiva en la materia.
En esta, como en otras acciones, los gobiernos pampeanos parecieron haber adoptado una actitud de resignación, y aquella “jugada fuerte” en materia de recursos hídricos con que amenazó el actual gobernador años atrás se quedó en aprontes con relación al río Salado.
Así Mendoza sigue avanzando en sus pretensiones sobre el Colorado (envalentonada por el uso unilateral del Atuel) y San Juan convierte al Desaguadero en un arroyito hipersalino sin que nadie parezca conmoverse. La Fundación Chadileuvú, entidad de incuestionable trayectoria en materia hídrica y a la que nadie puede acusar de partidista, ha intentado reiteradamente entrevistarse con el gobernador sin lograrlo en los ocho años de su mandato.
No puede negarse que las obras que contribuyen a la regulación de un río son provechosas y bienvenidas a condición de que sean utilizadas en beneficio de toda la cuenca y no solo de los que están aguas arriba. Hay una realidad incontrastable en los números que San Juan hizo públicos desde hace tiempo: la suma de la capacidad de los embalses sobre el río equivale, aproximadamente, a su derrame anual medio. Es decir: en la situación actual, salvo grandes excepciones hidrológicas, esas obras dejarán pasar poco o ningún caudal hacia el Desaguadero-Salado-Chadileuvú, acentuando la desertificación del oeste pampeano. El almacenamiento de agua de los cuatro diques -según afirmó el propio gobernador cuyano- alcanzará los dos mil hectómetros cúbicos. “En el peor de los casos, que venga poca agua por el río, teniendo llenos los cuatro diques podríamos aguantar hasta diez años críticos de falta de agua”, dijo, como si fuera propietario exclusivo del recurso.
Lo que también debe decirse es que a la inacción de las autoridades pampeanas hay que sumarle la incomprensible actitud de Nación, con la repetida bendición presidencial a esas obras y sin una palabra hacia el concepto de unidad de cuenca ni de apoyo a los pobladores de aguas abajo. En el ciudadano común se impone una simple pregunta ¿es tan difícil plantear el problema en sus verdaderos y dolorosos términos ante la autoridad mayor de la república?