El tiempo que se fue y la trastienda de la realidad

Soy lector atento de lo que aparece publicado en nuestro diario. Lo hacía inicialmente con un sentido más bien crítico, quizás porque en mis comienzos en el periodismo fui tanto redactor como corrector (me tocó estar al frente de un diario demasiado temprano para mi formación). Ahora, lo hago más como un lector que goza al comprobar que este quehacer siempre encuentra realizadores que aprenden tempranamente a entender su oficio como narradores de lo que hay, lo que ha sucedido y lo que está sucediendo y que lo hacen dejando de lado una tentación difícil de extirpar, que es la de hacerse notar, asumiendo un protagonismo que no es el que corresponde en este oficio. Al menos, como lo entiendo: un estar ahí, haciendo de antena receptora y transmisora, que decodifica y recodifica el relato para que el lector sea inducido a sentir que se le invita a sentirse parte comprometida del acontecer y cuente con la información necesaria para instalarse en ese sitial, siempre complejo y, con frecuencia, de difícil comprensión.
Valga la introducción para decir ahora que leo con gusto a Del Viso en Caldenia y a Vega en la edición corriente. Y no es por solidaridad con los nombres que se escriben con V. El primero está atento a la música, las letras y los intérpretes cuando se enmarcan en lo tradicional (argentino y pampeano), pero desde ese lugar hace aportes valiosos a quienes se ocupan del pasado como historiadores y como creadores de arte, literatura y poesía. Vega y también algunos anónimos de la edición diaria, van hacia lo social actual de Santa Rosa para recortar personas y mostrar su singularidad y sus valores. Es decir, ambos invitan a no dejarse agotar por el panorama global de una sociedad entregada a sus quehaceres, sino que proponen detenerse en los detalles del cuadro y avanzar en el reconocimiento de los que protagonizan los momentos. El pasado domingo 27, del Viso habla de los carreros, a partir de alguien que estampó esa imagen en el verso y la vistió en la canción. Vega encuentra a los “trapitos” y corrige de hecho una imagen discriminadora.

Carreros.
La gente más joven hallará dificultad para pensar al carrero. Los veteranos, como es mi caso, tienen algo de lo que la mayoría carece ahora: la memoria de tal o cual carrero y de un tiempo y un paisaje en el que los rodados de tracción a sangre eran los vehículos de carga y transporte todavía dominante, aunque ya se escuchaba el roncar de los Internacional y los Ford.
Mi recuerdo es el “carrero Molina”, que he mencionado más de una vez. Estaba establecido en la loma de Santa Rosa, poco más allá de Belgrano, desde la actual Corrientes, ya entrando en lo que hoy asocia los nombres de Illia y Ruta 5. Era la cresta del médano desde donde se dominaba la visión de la aldea. Molina cultivaba una quinta, tenía grandes carros (de transportar las bolsas de trigo) y, si no me traiciona la memoria, también había accedido a tener un camión. Era, pues, un hombre-Jano, con una cara hacia el ayer y otra hacia el mañana. Este simbolismo fue percibido por mí al evocar visiones cotidianas de mi infancia, pues mi casa estaba muy poco más acá de esa loma (en lo que ahora sería calle Santa Fe de no estar interrumpida por terrenos del centro cívico).

Trapitos.
Vega ayuda a ordenar juicios acerca de quehaceres que afronta el hombre para asegurar los ingresos necesarios. En su relato aparece un hombre símbolo y el periodista privilegia dejar que él mismo se diga. Y vaya que sabe decirse este muchacho elemental cuando cuenta que ese quehacer le permite sustentar un sueño: mantener su hogar y ayudar a que su hijo tenga más opciones que las suyas propias.
No es buena la fama de los trapitos, pero se nota que aquí, cuando la aceptamos, estamos repitiendo lo que nos comunica una metrópoli que incide más de lo conveniente en nuestra capacidad de entender cada momento y cada situación. Es el trapito porteño el destinatario inicial de una apreciación que no rescata nada de él sino que lo retrata como una presencia abusiva y hasta agresiva. Y no es que trate de negar que haya casos de abuso y hasta de agresividad que avanzan hasta el delito. Lo que sucede es que esa fama oculta una realidad de punto de partida: la de personas que no han sabido o no han podido insertarse sin desmedro en una sociedad que definitivamente es desigual y que funciona a través de descalificar sin apelación posible a quienes no se instalan en esos márgenes, sino que nacieron ahí y no han tenido opciones reales para salir de ahí. Al decir que les han faltado opciones reales me hago cargo incluso de los déficit personales de quienes se hallan ahí.
Jotavé