Elefante en el bazar

El símil del elefante en el bazar es adecuado para comprender la irrupción de Trump en la hasta entonces previsible política estadounidense. Los sucesivos gobiernos “del millonario de turno” (la expresión es de Fidel Castro) admitían algunas intocables reglas del juego político: la más importante, acaso, no confrontar con la gran prensa.
El actual presidente norteamericano, ya desde sus mismos inicios, echó por la borda aquel prejuicio y no tuvo empacho en atacar algunos de los grandes diarios del país, especialmente cuando lo molestaron con sus (generalmente fundadas) críticas. Al respecto conviene recordar que ya el New YorkTimes, uno de los periódicos más importantes del mundo, se había plantado ante el Presidente aceptando la confrontación y advirtiéndole que “controlaría hasta la forma de atarse los cordones” del mandatario.
La semana que pasó una enorme cantidad de diarios estadounidenses -más de trescientos, incluyendo alguno que había apoyado la candidatura de Trump- hizo causa común con sus colegas más importantes y, a través de sus editoriales, arremetieron contra los agravios y ataques a la prensa, a la que Trump calificaba de “fabricante de noticias falsas y enemiga del pueblo”. Para más, también algunos representantes muy destacados de la prensa internacional adhirieron a la postura de sus colegas norteamericanos haciendo notar que “la libertad de prensa de aquel país “está en peligro” ante la sistemática y persistente campaña presidencial.
Obvio es decir que los asesores presidenciales, especialmente sus voceros de prensa, se las vieron en figurillas para disimular el garrafal equívoco de Trump y atemperar sus expresiones, contra las que se pronunció hasta la propia hija del Presidente. La torpeza política de esa postura -subrayaron- colisiona abiertamente con la Primera Enmienda, de la Constitución y suele considerarse como piedra básica de la democracia del país.

Arboles peligrosos
La deteriorada fisonomía urbana de Santa Rosa ha incorporado un nuevo elemento. Hace, también, a su circulación peatonal y, al igual que otros que ya se señalaran desde esta columna, no carece de riesgos.
La referencia apunta a la abundancia de árboles con exceso de desarrollo, cuyas raíces deforman y vuelven peligrosas las veredas. La circunstancia, común tanto a los suburbios como a la parte céntrica de la ciudad, posiblemente reconozca como causa, también, el enriquecimiento de las capas freáticas pero alcanza ya manifestaciones intolerables. El problema de las raíces emergentes se suma al abandono en que la comuna ha sumido a las copas de infinidad de árboles, peligrosas no solamente para los cables que atraviesan la ciudad sino también para los peatones, ya que crecen a la altura de los rostros. Algo parecido puede decirse de algunos insólitos arbustos que, entre otras cosas, obstruyen la visión de los automovilistas.
Desde luego que la solución del problema no radica en una extracción masiva de árboles, aunque sí de los que ofrecen mayor riesgo a vehículos y transeúntes. Cabría, sí, como medida preventiva y prudente, realizar una suerte de censo del problema y considerar la futura reposición de ejemplares, más adecuados por sus condiciones y utilidad. La tarea no aparece como demasiado complicada ni onerosa pero acaso debería incluírsela como una prioridad en las nuevas concepciones que apuntan a una ciudad mejor.