En Colombia empiezan a fumar la pipa de la paz

ROL FUNDAMENTAL DE CUBA PARA FACILITAR LA NEGOCIACIÓN DE PAZ

Emilio Marín – Aún faltan aspectos importantes por acordar y sobre todo mucho por implementar, pero la paz en Colombia parece mucho más cercana. El 23 de junio comenzó un alto del fuego bilateral y definitivo. Cuba prohijó esta paz, imperfecta pero recibida como una bendición.
Es una expresión gastada e incluso a veces dio lugar a furcios, pero los anuncios del gobierno de Colombia y la mayor guerrilla de ese país, formulados en la capital cubana, merecen ser tildados como históricos.
Juan Manuel Santos y Timoleón Jiménez, alias Timochenko, se dieron la mano, saludados por Raúl Castro, y mostraron las carpetas con lo suscripto. Estaban presentes el canciller de Noruega, Borge Brende, el otro país facilitador, así como Michelle Bachelet y Nicolás Maduro, pues Chile y Venezuela eran acompañantes de los Diálogos de Paz iniciados el 19 de agosto de 2012 en La Habana.
La ONU se hizo presente por medio de su secretario general Ban Ki-moon, el danés Mogens Lykketoft, titular de la Asamblea General, y el embajador francés Francois Delattre, presidente del Consejo de Seguridad. Se había anunciado la presencia de John Kerry pero el norteamericano brilló por su ausencia.
El mundo había sido conmovido el 22 de junio, por el comunicado de ambas partes colombianas anunciando que se había llegado a un acuerdo sobre un alto bilateral y definitivo del fuego en un conflicto que a lo largo de 50 años provocó 260.000 muertos y 45.000 desaparecidos, así como 6,9 millones de desplazados.
De allí la tremenda expectativa que había en el mundo sobre lo que dirían Santos y Jiménez, y el presidente cubano, en el Salón El Laguito, dentro del habanero Palacio de las Convenciones. La expectativa no fue defraudada, pues de la lectura del comunicado oficial de lo suscripto, a cargo de un funcionario de la cancillería anfitriona, así como de las palabras de los tres aludidos, surgió la importancia del paso que se estaba dando.
A partir del 23 de junio se silenciarán los fusiles y las bombas en Colombia, con un alto al fuego bilateral. El estado colombiano se involucraba por primera vez porque hasta ahora hubo cinco o seis altos al fuego decretados unilateralmente por la guerrilla.
Si no se bombardean campamentos rebeldes quiere decir que no hay más muertes, al menos no de este tipo. Quedarán por resolver las muertes provocadas por la pobreza, el latifundio, la dependencia, el extractivismo, etc, pero esa es otra historia, aunque muy vinculada al conflicto armado que ahora tendría un fin anunciado, aunque no inminente.
Tecnicismos al margen, que en la capital de la guerra siempre guionada y fogoneada desde Estados Unidos, se abra un período sin metralla, es algo digno de ser festejado. Después, como siempre, se verá.

Los mensajes
Castro redobló la apuesta de Cuba para que en Colombia florezca la paz. Y reivindicó la parte modesta pero fundamental que puso la isla en esta negociación, corriendo muchos riesgos políticos. Si el final no hubiera sido éste, seguramente los detractores del socialismo le habrían endilgado la culpa de un fracaso. El mandatario cubano reivindicó la declaración de la II Cumbre de la CELAC en enero de 2014 en La Habana, que definió a América Latina y el Caribe como una zona de paz. Con lo suscripto entre las partes colombianas, está más cerca de serlo. Ese papel cubano quedó más de resalto por la ausencia del secretario de Estado. Aún para quienes no tengan gran simpatía por la Patria de José Martí, quedó claro que esta exploración de la paz sólo fue posible en La Habana. Imposible en Washington…
El comandante de las FARC, a su turno, rindió homenaje a Hugo Chávez en cuanto a su papel favorable a la negociación pacífica, mediación que estuvo a punto de ser muy cara a Venezuela por los planes agresivos de los gobernantes colombianos.
Para Jiménez la guerrilla no pudo ser derrotada y ahora volverá al terreno de la lucha política, de cara a la población. Llegó a decir que las fuerzas militares antes habían sido adversarias y ahora debían ser aliadas.
Lo de los deseos farianos de paz pueden haber sonado extrañas a algunos oídos pero son parte de la verdad histórica. En los ’80 la guerrilla de Manuel Marulanda Vélez abrió un diálogo con la presidencia de Belisario Betancur, que dio lugar a la vía política y electoral a la Unión Patriótica. Lamentablemente el estado y el paramilitarismo se la cerraron con 5.000 muertos de esa organización de izquierda; las FARC debieron volver a caminar sólo con la pierna guerrillera, amputada la otra.
Entre 1998 y 2002 hubo otro diálogo de paz con la presidencia de Andrés Pastrana, en San Vicente del Caguán. Tampoco la negociación llegó a buen puerto y otra vez la guerra tronó en Colombia. ¿Esta vez la tercera será la vencida, o sea la vencedora?
Santos hizo hincapié en que FARC desaparecerá como tal, pasando a participar de la política legal. Fue una forma de adjudicarse una victoria que no es tal. Si los aspectos negociados se cumplen y la guerrilla hace dejación de armas será porque la guerra ha dejado de existir, no sólo aquella organización. Sin guerra no tiene sentido una organización guerrillera. Si ésta no está más porque el conflicto desapareció es porque en un sentido el 50 por ciento de la paz le pertenece a la guerrilla. Y eso no puede llamarse fracaso, ni en Colombia ni en la Cochinchina.

Los acuerdos
El jueves se firmó el alto al fuego bilateral y definitivo, como lo más trascendente. También se convino la forma como las FARC harán dejación de sus armas y se concentrarán en 23 zonas en 22 municipios de 12 departamentos: Cesar (costa del Caribe), Norte de Santander (límite con Venezuela), Antioquia (noroeste), Tolima (eje cafetero), Caquetá, Nariño y Putumayo (sur), Cauca (Pacífico), Arauca, Meta, Vichada y Guaviare (llanos orientales). Los asuntos concernientes a los campamentos de milicianos serán supervisados por entes tripartitos, de ambas partes y la ONU, que ha designado una misión a cargo de Jean Arnault.
El Estado se comprometió a garantizar la seguridad y la vida de los desmovilizados, y a legislar para perseguir a organizaciones criminales y ligadas al narcotráfico, los “paramilitares” o “paracos” como fueron las Autodefensas Unidas de Colombia, verdaderas unidades auxiliares de las fuerzas gubernamentales.
Saber si se respeta el alto el fuego es algo relativamente fácil de verificar. En cambio, la elaboración de leyes contra el accionar de los paramilitares -un tema que resulta de vida o muerte para las FARC- y la dejación de armas de los guerrilleros -asunto vital para Santos y sus comandantes militares- no son de tan rápida resolución.
Eso llevará cierto tiempo, de modo que el 20 de julio próximo, lanzada por la presidencial Casa de Nariño para la firma del acuerdo final, luce como apresurado. Y así lo hizo saber la delegación de paz de los rebeldes. Ya en diciembre de 2015, cuando se firmó el capítulo sobre las víctimas y la justicia jurisdiccional, Santos y Jiménez arriesgaron el 23 de marzo de 2016 para tener todo firmado. No pudo ser. El presidente ahora insiste en poner el carro delante del caballo.

Lo que falta
No sólo faltan resolver aquellas cuestiones, sino también otras que falta implementar, como la Jurisdicción Especial para la Paz, con salas y tribunales que entenderán en crímenes de lesa humanidad, donde no habrá impunidad, y rebajas de penas en otros delitos. Allí habrá disputa política, porque Santos apuntará contra los guerrilleros como si fueran los genocidas, y las FARC dirá que los mayores crímenes fueron del Estado y los paramilitares.
Falta algo decisivo: el mecanismo para refrendar lo firmado en La Habana y que también deberá ser firmado en Bogotá. Los rebeldes aspiraban a una Asamblea Constituyente, para que recogiera parte de los acuerdos y pudieran reformarse otros capítulos de la Constitución con letra progresista.
El gobierno se negó de plano a tal Constituyente y planteó otra alternativa, menos riesgosa para las clases dominantes: que el Congreso aprobara una ley convocando a un plebiscito que convalide o no los acuerdos de paz.
En este punto se registra la mayor concesión de las FARC, porque han accedido a tal plebiscito, en la medida que lo decida la Corte Constitucional de 9 miembros, que emitirá dictamen el 29 de junio.
Los Diálogos de Paz todavía tienen riesgos latentes. Si luego de 4 años de negociación y con todos los acuerdos habidos, el plebiscito tuviera un resultado adverso, ¿se volvería al conflicto armado?
Esa hipótesis no es de ciencia ficción aunque hoy no es lo más probable. Puede haber otros peligros más concretos, como que Álvaro Uribe, senador por Centro Democrático y habitual crítico de la negociación, promueva violencia contra guerrilleros en tránsito a la desmovilización. Eso puede ocurrir, también de la mano de militares enemigos de una paz negociada y que temen ser condenados por las masacres.
El mayor responsable de la guerra sucia fue el Estado, latifundistas y militares financiados por EE UU. Y a la hora de la paz los mayores riesgos también provienen de ese lado, no de las FARC.
“El acuerdo final será la llave para dar vuelta a esa cerradura, pero requerirá la movilización constante de la gente para su cumplimiento”, sentenció el jefe de las FARC. Fueron justos términos, pues los papeles son importantes pero más lo es la movilización social-política.

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