En el candelero

Dos informaciones de alto impacto involucraron a la policía pampeana en los últimos días. Por un lado el allanamiento a la comisaría de Guatraché y el apartamiento de su comisario presuntamente implicado en el encubrimiento de una estafa a una entidad deportiva. Por el otro, un procedimiento reñido con las más elementales normas de tratamiento de la niñez, llevado a cabo en las calles santarroseñas para indignación de los vecinos que lo presenciaron.
Aunque se trata de dos cuestiones muy distintas, en ambas se observa un elemento común: el desconocimiento de la normativa que debe regir la conducta de quienes se desempeñan en esa fuerza de seguridad. La primera de ellas mereció una inmediata respuesta de la cúpula policial y de la Justicia que procedieron a iniciar las investigaciones correspondientes -junto a la intervención de la repartición y el relevo del jefe implicado- ante las sólidas sospechas de estar ante la comisión de un delito.
Sobre el otro episodio se desconoce todavía si se ha iniciado algún procedimiento interno o judicial destinado a deslindar responsabilidades o a determinar si se configuró la comisión de un delito. El que sí se manifestó públicamente fue el defensor de Niños, Niñas y Adolescentes quien cuestionó con severidad el procedimiento realizado pues pasó por encima de todos los protocolos escritos sobre el tema. Entre otras irregularidades cuestionó el uso de vehículos sin identificación, la participación de agentes no autorizados para intervenir en presencia de menores y el simple hecho de que un niño de ocho años puede cometer “travesuras” en lugar de “delitos”; nada menos. Por lo tanto el abordaje debe estar en sintonía con la “gravedad del peligro a neutralizar”.
A varios años de sancionada la legislación que regula esta problemática es inquietante que en la policía predomine una línea de acción más cercana a la “mano dura” al extremo de no permitirle evaluar adecuadamente la forma de intervenir en casos como éste en donde era más que evidente que no correspondía aplicar un criterio represivo sino una normativa específica ya establecida.

Empleo, se busca
La escena no pasó desapercibida en el paisaje urbano santarroseño, es que la inmensa fila de jóvenes que se instaló frente a un conocido bar de esta ciudad llamó la atención hasta al más distraído. La falta de trabajo y las pocas oportunidades que se abren para los jóvenes que buscan incorporarse al mundo laboral son las causantes de estas enormes colas. De hecho, las estadísticas muestran que en la franja etaria que se ubica entre los dieciocho y los veintiocho años los niveles de desocupación alcanzan cifras mucho más altas que en los otros segmentos.
En la fila fotografiada por este diario se pudo ver que se trata de jóvenes que buscan, en la mayoría de los casos, su primer empleo. “Muchas veces no es lo que buscamos, pero no hay oferta”, dijo uno de ellos en una descripción perfecta del panorama que se les presenta.
Para colmo, las políticas económicas que promueve el gobierno nacional no sintonizan con esa necesidad imperiosa de tanta gente. Los números del Indec -que empezaron a recibir fuertes cuestionamientos, al igual que sucedía con el gobierno anterior- muestran un incremento notable de la desocupación luego de alcanzar un piso, en el año 2015, del 6 por ciento en la media nacional. El gobierno alega que esa merma se compensa con el crecimiento de los monotributistas, aunque desde el mundo gremial le replican que son trabajos precarios y sin la protección del empleo formal.
En este difícil escenario, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y la apertura indiscriminada de las importaciones están actuando muy negativamente sobre las Pymes, principales generadoras de empleo. Si no llega algún “cambio”, estas colas seguirán viéndose en las veredas santarroseñas.