En Tandil se coló la dura realidad

PUNTO DE VISTA

FELIX VERDUN
Según algunos medios el presidente Macri, a través de su página de Internet, destacó que sus recientes vacaciones en Tandil sirvieron para que reviviera el dulce pasado de sus años infantiles, transcurridos en aledaños de aquella ciudad. Seguramente algún futuro recuerdo de este último descanso no será tan elegíaco. Es que en los días transcurridos en aquella ciudad la realidad (esa realidad que se niega a admitir en su política) lo abofeteó feamente, y para más en rápida e inesperada sucesión.
El primer suceso ocurrió cuando, en ejercicio de la devoción que le merece la Semana Santa, concurrió a misa en la iglesia tandilense. Inesperadamente y al margen de la liturgia, tuvo que soportar un duro sermón por parte del sacerdote que oficiaba quien, sumando a su condición eclesiástica los años que había ejercido como docente rural, criticó la política hacia los maestros y la represión que sufrieron. Sin inhibiciones por la presencia presidencial el religioso finalizó su homilía con una aguda observación: “a la sociedad podemos cambiarla en la medida que nosotros vamos cambiando y madurando personal y colectivamente”.
Pasado el trago amargo del sermón, a la salida de la iglesia el Presidente se encontró con un grupo de personas que lo abuchearon, recriminándole su política que desampara a los más humildes. También, irónicamente, los repetidos descansos personales mientras insinúa que hay que trabajar los sábados y domingos.
Es de suponer que semejantes contratiempos deben haber provocado la incomodidad y acaso el enojo presidencial; de otra manera no se entiende que el vehículo en que se movilizaba y los dos autos que oficiaban de custodia hayan partido raudamente, por una avenida y a contramano.
Estos sucedidos pueden parecer pintorescos y hasta tomarse como “gajes del oficio”, pero a la luz de un simple análisis evidencian que al menos una porción popular y otra del clero están lo suficientemente desengañados como para hacérselo saber al Presidente con severidad y en forma directa.
Párrafo aparte merece la insólita y apresurada partida del mandatario y su custodia, infringiendo las leyes de tránsito, según informaron los medios presentes. Al margen del peligro que conllevó esa actitud (que solamente el Presidente pudo haber ordenado) la misma contrasta con todo lo dicho y planificado en los últimos meses en cuanto a la seguridad presidencial, en este caso mínimamente alterada por dos hechos atribuibles al malestar social: el reto de un cura sensible para con su feligresía y la protesta verbal de un grupo de ciudadanos.