Entre el absoluto y el fútbol, extraña opción

Señor Director:
Hablaré de una extraña experiencia vivida el pasado sábado (día en el cual escribo esta nota).
Como es habitual en mi repaso de la prensa diaria, me encontré leyendo sucesivamente una nota de José Pablo Feinmann, filósofo, y otra de Gustavo Veiga. Los temas parecen tan distantes entre sí (filosofía y fútbol) que solamente el azar hizo que los abordase de manera sucesiva. Leí primero, en última plana de Página/12, como me es habitual, el trabajo de Feinmann, que se titula “Dios, el octavo pasajero” y, luego, avanzando desde ahí, me detuve en la nota de Veiga, en página 30, titulada “No voy a pagar más por ver los partidos”. El primer tema es frecuente entre filósofos. El del fútbol pago me interesó porque me había estado preguntando si la gente resistiría este pago y hasta qué punto. Luego me dediqué a ver por qué había creído hallar alguna conexión entre ambos temas. Un creyente pudo haberme dicho que bien podía haber algo milagroso, habida cuenta de que “no se debe mentar a Dios en vano”.
Feinmann no es un creyente religioso. Podría decirse que es un ateo. Sin embargo, como filósofo, se encuentra con que la idea de absoluto es irreductible. Repasa: 1637, “la duda cartesiana mata a Dios. Dudar ya es matarlo”. 1789: guillotinar a Luis XVI “es matar a Dios” porque los reyes gobernaban por derecho divino. 1807: Hegel niega toda trascendencia a la historia humana. 1843; Marx habla de la religión como el “opio de los pueblos”; es el hombre quien hace la historia. 1870: Nietzsche habla de la voluntad de poder que se instala en el ámbito de la vida. ¿Ha muerto Dios?, se pregunta Feinmann. No: es el octavo pasajero. La filosofía no puede existir sin un fundamento, sin un absoluto. Si a eso le llamamos Dios no morirá jamás porque los hombres no pueden vivir sin un absoluto, sin algo que dé sentido a sus vidas. A mi vez me pregunté si ese Dios está tan lejos del de las religiones y por el hecho de que salvo en sectores del Islam, el hombre se ha estado alejando de las iglesias, al menos de algunas de sus prácticas tradicionales. Sin embargo, en el origen de esa creencia estaba la demanda de un absoluto. Como se aprecia, un tema que, más que para masticar, reclama informarse más y entender el lenguaje de los filósofos.
Veiga, que es un calificado analista crítico del fútbol, empieza por avisar que los abonados al fútbol pago no llegaban al millón, muy lejos de lo que invierten las empresas. Veiga dice tener resuelto no pagar la nueva tarifa. ¿Qué pasa con la hinchada? En abril el costo de la popular, para ir al estadio, subió de 200 a 250 pesos. Tiene la opción de mirar el partido en un bar, pero la consumición es costosa y se ve que muchos miran desde afuera. En cuanto a él, podría pagar los 300 pesos del paquete de esa superliga, pero no va a hacerlo, porque prefiere jugar a la pelota con sus hijos en Palermo. “No pagaré más por ver los partidos, se puede vivir sin ver fútbol”. La suya aparece como una resolución razonable que beneficia una relación con hijos y esposa, lo cual el hincha suele descuidar o abandonar. Pero es el caso de que asistimos a una crisis de la estructura tradicional de la sociedad. La familia se resquebraja. Podemos preguntar durante cuánto tiempo se podrá abandonar el hábito de ir a la cancha o verlo por TV. El tema, pues, da para masticar, observar y esperar. El hincha puede derivar su enojo hacia el gobierno u otros entes y preservar esa preferencia que lo convierte en un adicto. Hay dos posibilidades: la de volver a jugar con los hijos o retornar a la tribuna o la tevé paga, aunque eso quite dinero para necesidades del hogar. No está en juego un absoluto, pero se le parece.
Hasta ahora el mundial puede ser visto sin pago adicional. Si al equipo azul y blanco le va bien (como insinuó en Moscú) el fútbol puede volver a ser una forma de lo absoluto para quienes son denominados hinchas. Si le va muy mal, puede aparecer otro pretendiente al sitial.
Atentamente:
Jotavé