Entre las muertes y los festivales de rock, un Estado ausente

UN EXTENSO LISTADO DE TRAGEDIAS

El trágico recital de Olavarría también dejó su marca: haber sido el más masivo concierto en la historia argentina. El caos en estos encuentros ricoteros es una forma de ser que expresa algo antisistémico, caminando por la cornisa. En esta reconstrucción de las tragedias del rock argentino, y de los encuentros ricoteros en particular, el caos aparece y reaparece. Y el Estado, no aparece.
Por SERGIO WISCHÑEVSKY – La historia del rock en el mundo, y en la Argentina en particular, está jalonada por una larga cadena de muertes y tragedias. No haber tenido eso en cuenta a la hora de organizar una contención desde el Estado para el multitudinario recital de Olavarría puede ser leído como inoperancia, o como consecuencia de una postura ideológica tácita. Que todo iba a ser desbordado era evidente, no por un ejercicio de videncia, sino por antecedentes históricos.
Hace ya mucho tiempo que el Rock&Roll perdió su peligrosidad cuestionadora originaria. A fuerza de acostumbrarnos a ver show business bien organizados, rockeros gordos ricos y pelados, explotando hasta la enésima vez éxitos de antaño se suman a la ausencia de vertientes transgresoras masivas en el rock.
Un encuentro como el que se produjo el sábado a la noche en Olavarría terminó siendo un monstruo incómodo, difícil de definir, que la tragedia de las dos muertes marcó revulsivamente. Pero en Olavarría ocurrió otro fenómeno tan cierto como ese: fue el mayor recital de la historia argentina, y tanto su líder excluyente, el Indio Solari, como la mayoría de los concurrentes, son portadores de un mensaje que no puede leerse con una simple mirada sobre los graves defectos de la organización y la ostensible ausencia del Estado. Es un mensaje que ni siquiera tiene su principal foco en lo explícito de las consignas que el Indio quiso transmitir, de los cánticos contra el gobierno que se escucharon. Ese mensaje es una vibración que comparten los ricoteros, hoy muchos más que en las épocas de los Redonditos de Ricota, que nunca llegaron a tener semejante masividad como tienen las imparables misas. El caos y la desorganización en estos recitales es una forma de ser. Expresa algo antisistémico, siempre caminando por una cornisa peligrosa, a veces cayendo, a veces tambaleando, siempre habitando el vértigo.
El Rock&Roll nació en los años sesenta con un peculiar grito de guerra: “sexo, droga y rock and roll”. En aquellas épocas esa trilogía significaba tres cachetazos a la próspera y aburguesada sociedad de posguerra. Hoy el sexo y la droga es lo que abunda y sobreabunda, ya no asusta a casi nadie, ya no son transgresores; y el rock quedó endulzado en un inacabable popurrí de nostalgias. Se podría parafrasear la famosa afirmación de Marx: surgió como tragedia y hoy se repite y vende como comedia.
La gran excepción es el fenómeno de masas que provoca el Indio Solari. Fenómeno que a él lo coloca en el centro de la gran escena pero que lo trasciende, lo sobrepasa, no puede manejarlo. Pareciera que ya no hay lugar en la Argentina lo suficientemente grande como para albergar sus conciertos, y menos aún, si como se sospechó, este podría haber sido su último recital.

Veamos un poco la historia.
La muerte de Walter Bulacio marcó para siempre a los Redondos. Se produjo el 19 de abril de 1991. El joven de 18 años concurrió a un recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Obras Sanitarias cuando, en medio de una gresca, fue llevado por la fuerza a la comisaría 35º de la Policía Federal; allí le dieron una salvaje golpiza y murió tras una semana de agonía. Desde esa época, es mejor que Policía y ricoteros no estén cerca. Cuando los tradicionales recitales en Obras se convirtieron en sinónimo de violencia y descontrol, la banda decidió mudarse al estadio de Huracán.
Sin embargo, la violencia no cesó: en 1994, 28 personas resultaron heridas -dos de ellas, de gravedad- y otras 60 fueron detenidas. Entonces, el grupo tomó la determinación de dejar de tocar en la Ciudad de Buenos Aires. En 1997, se preparaban para presentarse en Olavarría. Pero el entonces intendente, Helios Eseverri, firmó un decreto que prohibía la actuación del grupo por considerar que la ciudad no estaba preparada para recibir semejante cantidad de seguidores de la banda. En ese momento se produjo la curiosidad de que los integrantes del grupo rompieron su propia regla por primera vez en su carrera: brindaron una conferencia de prensa para criticar la decisión del municipio.
Un año después, en Villa María, Córdoba, murió Javier Lencina, de 22 años. El joven se encontraba yendo en tren para asistir a un show de la banda cuando, en circunstancias que aún se desconocen, terminó cayendo de un vagón.
Algo parecido ocurrió en 1999, cuando un muchacho sufrió traumatismos diversos al ser arrojado de una formación en movimiento viajando a Mar del Plata para ver al grupo. Horas antes, otro joven fue baleado, también en un tren, durante un enfrentamiento entre bandas antagónicas, pero todas bajo la bandera de Patricio Rey. Ese show fue apocalíptico, hubo más de 500 detenidos, un policía herido de bala y 100 espectadores heridos con balas de goma.
El joven Jorge Pelé Ríos murió luego de 9 días de internación debido a las heridas de arma blanca que sufrió durante la presentación de los Redondos en el estadio de River Plate, el sábado 15 de abril de 2000. La historia trágica se agiganta: Jorge Felipi, un ricotero de 31 años, murió en agosto de 2001 en el Estadio Olímpico de Córdoba. Era de General Paz, Santa Fe, y en pleno recital cayó desde la platea hacia el estacionamiento. Otros dos jóvenes resultaron con traumatismos al caer en el foso perimetral que rodea la cancha. La presentación del sábado en Olavarría dejó dos muertos y resulta escalofriante que uno de ellos se llame Juan Francisco Bulacio.

La muerte anda rockeando.
El rock pasó por muchas etapas a lo largo de su historia y la muerte y la tragedia siempre lo anduvieron rondando.
Es posible que no sea un dato exhaustivo, pero la lista que se conoce de tragedias en el rock comenzó el 6 de diciembre de 1969. Con la idea de repetir el fenómeno universal que significó el recital de Woodstock, los Rolling Stones convocaron a otras bandas y lograron juntar a 300.000 personas en un autódromo abandonado, en el norte de California. El “Woodstock del oeste” como se lo llamó, tomó la infausta decisión de convocar a los Hells Angels, una pandilla que haría la seguridad del show. Entre diversas avalanchas y durante la ejecución de “Under my Thumb”, un muchacho del público quiso trepar al escenario portando un arma y uno de los “Ángeles del infierno” lo acuchilló. El documental Gimme Shelter, de Albert y David Maysles, retrata el show, finalmente suspendido después de varias interrupciones, con un joven Mick Jagger aterrorizado ante lo que sucede a pocos metros del escenario. Esa noche ocurrieron tres muertes más.

República Cromagñon.
La noche del 30 de diciembre de 2004, un desbordado recinto para recitales se convirtió en una trampa mortal para casi doscientas almas durante el show del grupo Callejeros. Una bengala lanzada por un espectador alcanzó material que comenzó a despedir un gas tóxico. Las puertas de emergencia se hallaban cerradas. El saldo fue de 194 muertos y 1.434 heridos. La mayor tragedia de la música de todos los tiempos. Un punto de inflexión del que parecía que no volvíamos.
La Argentina tiene una historia cargada de recitales que terminaron con muertos. Por eso, la ausencia del Estado en un acontecimiento como el del sábado resulta desoladora.
En 1999 el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, en ese momento a cargo de Fernando De la Rúa, organizó el ciclo Buenos Aires Vivo III. Mientras tocaba la banda Divididos, dos jóvenes, Diego Aguilera (21 años) y Alejandro Lumille (20), murieron electrocutados por una mala conexión de cables expuestos. Cinco años antes, una descarga eléctrica durante un show de Hermética en la discoteca Morón 90, terminó con la vida de José Luis Damián, de 16 años.
En la primera visita de los Rolling Stones a la Argentina, en febrero de 1995, Raúl Zarza degolló con el pico roto de una botella a Fabián Maldonado, cuando ambos hacían cola en el intento de comprar entradas en River.
Un año antes, en 1994 cuando Kiss actuó por primera vez en Argentina, Edgardo Pereyra, de 23 años, habitante de General Pacheco, y Carlos Alberto Clavero, de 25, proveniente de Florencio Varela, encontraron, con diferencia de minutos, una muerte absurda. Cayeron al abismo desde la popular General Belgrano en el estadio de River desde una altura de 25 metros. Pocos minutos después de la confirmación de ambas muertes, la productora del espectáculo emitió un comunicado en el que lamentaba los hechos y deslindaba todo tipo de responsabilidades. Los integrantes de Kiss se enteraron de lo ocurrido y estuvieron a punto de no salir a tocar. Pero lo hicieron.

Los malones Indios.
Un zócalo de TN tituló, a propósito de lo que ocurrió en Olavarría: “malones y malones de seguidores”, ¿Tal vez lo dijeron en función de que son seguidores de un Indio? ¿Dirían eso de los asistentes a un concierto multitudinario de Martha Argerich?
Más allá de los infinitos debates, de las culpas cruzadas, de las drogas, del alcohol, “de que esto pasa cuando no se cumplen las reglas”, del rock. Lo único que es seguro es que con esta historia detrás, el Estado no podía estar ausente, no podía dejar a toda esa gente librada a su suerte. (Nuestras Voces)