Es de duelo, no fiesta

MODESTO MORRÁS
Menos de dos días más y como todos los años, habrá una nueva pausa en el trabajo asalariado para recordar (que no festejar) la esforzada y larga lucha de los trabajadores en pos del reconocimiento de su derecho a una vida digna. Esta meta es una realidad hoy alcanzada geográficamente en medida excepcional, como si la brega generalmente ahora menos sangrienta, tuviera aún un largo camino que recorrer.
Sus orígenes y para no sumergirnos en épocas remotas de luchas de los sectores sometidos, podemos ubicarla en el siglo XIX, cuando la causa proletaria da lugar a movimientos más organizados y por tanto, más vigorosos. El anhelo obrero se hace cargo y carne en grupos y sectores que bajo la dirección de esclarecidos estudiosos no comprometidos con los intereses del poder de ese y este tiempo, dieran forma y solidez a esa vieja aspiración de “los hambrientos sin pan”, tal lo registrara la canción que pasó a ser el himno mayor de los desprotegidos del mundo.
El primero de mayo como día de recuerdo y protesta, se remonta exactamente al penúltimo decenio del decimonónico. En 1886 y cuando ya en la vieja Europa la lucha reivindicatoria de “los esclavos del mundo” había alcanzado gran dimensión, en territorio norteamericano surge la jornada de lucha que se conocerá luego como la protesta de los “mártires de Chicago”.
Aunque más de veinte años antes el presidente Andrew Jhonson había promulgado la “Ley Ingersoll” que establecía la jornada de labor de ocho horas, en la mayoría de los estados se dictaron cláusulas que podían extenderla a catorce o dieciocho horas. Pero en Chicago, las condiciones de trabajo eran aún mucho peores, Esa superexplotación dio lugar a una huelga general en reclamo de las “tres ocho” (ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho para dedicarlas a si mismo o a su familia).
El paro contó con la adhesión entusiasta de las grandes masas que, por un lado, veían la posibilidad de forzar esa mejora en la situación laboral y, por otro, con la jornada de trabajo más corta, se abrirían mayores perspectivas de ocupación que atenuaran el amplio desempleo. Con la autorización del alcalde chicagüeño Harrison, 200 mil manifestantes se reunieron en el parque Haymarquet y, frente a ellos, 185 efectivos dispuestos a reprimir cuando estalló una bomba entre los policías que cobró la vida de uno de ellos. La prensa en general señaló como responsables del atentado a dirigentes del anarquismo, casi todos ellos europeos que, como “demonios sanguinarios” según las crónicas periodísticas, buscaban llevar a suelo americano la violencia que ya sufría el viejo continente.
Se inició una farsa de juicio que alcanzó a 31 manifestantes, número que se redujo luego a ocho participantes del mitín. Tres fueron condenados a prisión perpetua y cinco a la horca. Pasaron por el cadalso, el tipógrafo alemán George Engel, el periodista también alemán Adolfo Fischer, y otros dos periodistas pero norteamericanos, Albert Parson y Thedire Spies. El quinto sentenciado a ejecución, Luis Lingg, alemán de 22 años, se anticipó a la horca y se suicidó en su celda.
Tres años después, el 14 de julio de 1889, a cien años justos de la Revolución Francesa, el congreso constitutivo de la Segunda Internacional, rendía homenaje a estos mártires disponiendo que todos los Primero de Mayo los trabajadores del mundo hicieran un alto en su labor para protestar por ese y otros crímenes y reiterar su reclamo por mejoras en las condiciones de trabajo. Contradictoriamente aunque no tanto, en Estados Unidos el Día de los Trabajadores no fue oficialmente consagrado ese día, sino el primer lunes de septiembre como el Labor Day.
En nuestro país, esa fecha estuvo teñida de sangre obrera durante casi treinta años, hasta que bajo la presidenta de Yrigoyen se la declaró oficialmente un día de no labor. Años después, la jornada de lucha y protesta fue sustituida por la “fiesta del trabajo”. Así, a mediados del siglo XX, hasta se elegía la reina del trabajo, con grandes desfiles que pretendían destacar los progresos (aunque no tanto), alcanzados por la clase laboriosa. Se entonaba incluso el “canto al trabajo”, que aludía a esa festividad e invocaba la “protección de dios” cuando las religiones, en general, habían sido y seguían siendo asociadas y cómplices del régimen que explotaba a los asalariados.