Estamos en el segundo semestre y no hay luz al final del túnel

SE AGRANDAN LAS DESIGUALDADES SOCIALES

El gobierno no “erró el diagnóstico” ni corrige mediante el “diálogo”. Sabe adónde quiere ir y avanza lo que puede. Cuando encuentra resistencias retrocede, pero en el saldo final siempre algo avanza.
EDUARDO LUCITA*
Apenas asumido el gobierno Mauricio Macri prometió que con la integración al mundo las exportaciones crecerían sin freno, las inversiones vendrían a raudales y la inflación bajaría rápidamente. El primer semestre sería difícil pero luego vendría lo mejor. Iniciado el segundo semestre nada de esto se ha cumplido, por el contrario la recesión económica de ha agudizado. El balance de los primeros seis meses de gobierno es demostrativo de la orientación de este gobierno de la derecha empresarial que tiene características inéditas: llegó al poder político sin necesidad de recurrir a los militares y sin el concurso del peronismo.

Las medidas inmediatas.
Desregulaciones al por mayor, devaluación competitiva, transferencia de recursos a los capitales concentrados, tarifazo a los servicios públicos, despidos de personal estatal y paralización de obras públicas, reendeudamiento y apertura de la economía, potencial desfinanciamiento del sistema de seguridad social, reorientación de la política exterior, salarios a la baja, incremento de la pobreza… Aunque todo esto va acompañado con la continuidad, y en algún caso ampliación, de ciertas políticas asistenciales, las desigualdades sociales se agrandan.
Sucede que en la actual coyuntura mundial las exportaciones no alcanzan para impulsar el crecimiento, el cobro de los aumentos logrados en las paritarias no parece alcanzar para impulsar el consumo interno, el anunciado relanzamiento de las obras públicas está demorado, la reducción de los subsidios se ha hecho a medias y el tipo de cambio juega otra vez como ancla para los precios pero se vuelve insuficiente para los exportadores, la mayor rentabilidad empresaria no alcanza para que lleguen las ansiadas inversiones productivas, la apuesta es ahora el nuevo blanqueo y moratoria.

¿Y la recuperación?
Así los brotes verdes, esos pequeños indicadores que anunciarían la esperada recuperación no germinan. El balance del primer semestre muestra que luego de un estancamiento de tres años la economía lleva ya tres trimestres consecutivos de recesión. Por cualquier índice que se mida, los que aporta el Indec o los de las cámaras empresarias, queda en evidencia que la actividad económica está en retroceso, arrastrada por la construcción y la industria pero que impacta al conjunto. El consumo ha caído, los salarios han perdido capacidad adquisitiva, las inversiones no llegan, el crédito está prácticamente cortado por la altas tasas de interés y la inflación no desciende (ya se calcula un piso mínimo del orden del 45 por ciento para todo el 2016). Más que de reactivación se habla de estanflación.

Contradicciones.
El pensamiento más superficial habla de un regreso a los noventa, sin tener en cuenta que el contexto internacional no es el mismo y que doce años de kirchnerismo han dejado un piso de logros sociales, de ampliación de derechos y de capitalización estatal que no será fácil perforar.
Es claro que hay contradicciones. El redireccionamiento de la política exterior -Estados Unidos, Unión Europea, Mercosur, Alianza del Pacífico- es cierto que va en línea con las políticas surgidas de la época dorada del neoliberalismo en los noventa. Sin embargo el acercamiento a la Alianza del Pacífico lleva implícita la apertura de la economía, pero convive con regímenes de protección a ciertos sectores y la vigencia de las DJAI aunque más flexibilizadas, que van en otra dirección. Una nueva apertura indiscriminada provocaría una fuerte crisis y resistencia de los sectores industriales, otro tanto pasaría con una vuelta a las privatizaciones y con la resistencia del sindicalismo con la descentralización de la negociación colectiva y otras reformas como la eliminación del fuero laboral. Así el regreso a los noventa no es de fácil resolución.

No solo ajuste.
No se trata solo de una política de ajuste, sino un fuerte proceso de redistribución regresiva de los ingresos preparando las condiciones para, superada la coyuntura, implantar un nuevo modelo de acumulación y reproducción de capitales centrado en la agroindustria, la minería de exportación, las energías alternativas y la construcción de obra pública ligada a la infraestructura para la circulación de mercancías y bienes de exportación y obviamente el sector financiero. Veremos qué sectores industriales pueden adaptarse a este esquema, teniendo como centro la recuperación de la “confianza” del mercado y las inversiones. Esto implica la reconfiguración del país en función del bloque de poder y del comando que se constituya para dirigirlo.

Pragmatismo.
Por su propia composición y representación clasista es un gobierno que no necesariamente requiere de las mediaciones políticas, sin embargo al ser un gobierno de minoría -el Poder Ejecutivo no controla el Legislativo- se ve obligado a la negociación permanente en el Congreso. Este cuadro general lo obliga al pragmatismo. No se trata de un gobierno que “erró el diagnóstico” y que avanza por medio del juego de la prueba y el error y que corrige y “dialoga”. Todo lo contrario es un gobierno que sabe a dónde quiere ir, que avanza lo que puede y cuando encuentra resistencias -por lo general más de las que preveía- retrocede, pero el saldo es que siempre algo avanza. Claro está que el actual galimatías del tarifazo en el gas deja la impresión que el grado de improvisación e inexperiencia es muy alto.

Futuro complejo.
Así las cosas prima la estanflación. Este año el Producto Bruto Interno se estima caerá dos puntos y la recuperación que se espera para el año próximo, sería equivalente. Si estas previsiones se cumplen recién a fines del 2017 se alcanzaría el nivel del 2015 pero con mayor endeudamiento, mayor desocupación, un déficit fiscal mayor al pronosticado y una tasa de inflación que difícilmente baje de dos dígitos. La sustentabilidad del modelo en el largo plazo está en duda lo que augura nuevas disputas intercapitalistas y mayor conflictividad social, pero hasta ahora ésta es dispersa y fragmentada porque no logra un eje en torno al cual centralizarse, aunque el impacto del tarifazo puede ser aglutinador. Las centrales sindicales que podrían jugar este rol están más ocupadas en resolver sus problemas internos y en lograr la unificación de las conducciones -como si esto resolviera los problemas del movimiento- que en mostrarse como un canal que potencie las resistencias. En rigor hoy por hoy son los garantes de la gobernabilidad del régimen. Una vez más solo la resistencia de los ajustados puede parar el ajuste.
Estamos en un período de transición donde el gobierno de Macri y Cambiemos desean salir bien parados y llegar en condiciones de ganar las elecciones parlamentarias en el 2017. Luego será el momento de ir a fondo con el resto del ajuste que se postergó en aras del pragmatismo impuesto por la realidad y así jugar a fondo sus objetivos de largo plazo.
* Integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda