Están ahí y hay que darles lugar

SEÑOR DIRECTOR:
A pesar del tema de las cenizas del Chaitén y de las vueltas del conflicto rural, en el curso de la pasada semana los medios no dejaron de dar cuenta del tema “travesti”.
Resulta que en la ciudad de Buenos Aires hay un numeroso grupo de estas personas que se han dedicado al comercio carnal (por no decir prostitución) y tienen su sitio de espera preferente en el Rosedal de Palermo. Es de suponer que Juan Manuel de Rosas, cuando levantó su casa y sus espacios verdes en ese lugar no soñó con este futuro, habida cuenta de su fama de semental. También se debe suponer que cuando Sarmiento se plantó en el sitio y fue determinante para que todo el sector y aledaños se convirtiera en ese admirable pulmón vegetal de la metrópoli, ni le pasó por la mente un devenir de este tipo. Sarmiento no hizo fama de semental, pero no le faltaron aventuras galantes, según los historiadores. Lo que sucedía entonces es que las personas que tenían problemas con su sexo o con su anatomía, generalmente ocultaban esa circunstancia ante una reprobación social muy fuerte. Ahora, en cambio, al haber disminuido esa reprobación y por haberse avanzado mucho en la concepción de los derechos humanos como inherentes a la persona o, dicho de otro modo, a todo individuo humano, cualquiera sea su problema y situación, quienes no se sienten representados por su figura han podido salir de las sombras. Al principio, se animaron los que, sin renegar de su sexo, sentían una fuerte atracción por vestir las ropas del otro (de ahí transvestidos). Vestían tales ropas de entre casa, en lo privado, o tomaban el camino artístico. Varones y mujeres se han estado presentado con ropas del otro sexo desde que se tiene memoria. En la escena y el espectáculo argentinos hay casos muy notorios, que pueden no corresponder a personas transexuales sino que solamente sienten la atracción por la forma y los usos del sexo opuesto. Hay una obra clásica sobre este tema del alemán Hirschfeld (Die transvertiten, de 1910), donde se hizo la primera clasificación de estas personas y nació la palabra travesti. Hirschfeld clasificaba a este grupo humano diferenciando una mayoría solamente disconforme con su figura y que prefiere la apariencia opuesta, sin renegar de su sexo; un grupo menor que es bisexual y una minoría homosexual. Los que preocupan en estos días al gobierno porteño son miembros de esta minoría homosexual (y su clientela, de la que no se habla pero que es protagonista).
La historia hace saber que siempre hubo problemas por la falta de una definición sexual excluyente. Entre los extremos “proto” de macho y hembra, hay toda una cadena de situaciones reales en cuanto a la definición del sexo. Siempre ha habido personas que se sintieron estafadas por la vida, por haber nacido con los órganos de un sexo y sentirse parte del otro. Uno de los casos más notables en nuestro tiempo es el de los kathoey de Tailandia; individuos que nacen con apariencia de varón (también sucede con otros que nacen con apariencia femenina) y desde temprano visten ropas femeninas. Los kathoey (que han sido llevados al cine en más de una ocasión) pueden limitarse a vestir ropas de mujer, pero ha aumentado la tendencia a consumir hormonas para adquirir formas femeninas. Más recientemente han aceptado las cirugías que les proveen de busto, así como usan la vaginoplastia. En Tailandia las hormonas se venden libremente en farmacia y la operación de camhio de órganos sexuales es barata si se compara con el costo en occidente. Con todo, los kathoey han sufrido embates muy duros a raíz de algunos hechos criminales. Las estadísticas de Tailandia muestran que el índice de suicidios es alto entre los kathoey.
“En algún lugar tienen que estar”, acaba de decir Macri. Quiere ubicarlos en un sitio más alejado de viviendas y paseos preferentes, pero rezongan los tenistas y otros que usufructúan actualmente esos espacios.
Atentamente:
JOTAVE