Europa y Trump, muros impiadosos contra inmigrantes

SIGUE LA OLEADA DE INMIGRANTES HUYENDO DE POBREZA

Unos 1.500 inmigrantes han muerto en las aguas del Mediterráneo en lo que va del año. La rica Europa y los EE.UU. de Trump se blindan contra esos pobres.
EMILIO MARIN
Para los latinoamericanos la xenofobia más conocida es la que practica Estados Unidos, desde antes de Donald Trump pero sobre todo desde su llegada a la Casa Blanca.
El magnate se quejó de las demoras en su proyectado muro en la frontera con México. Se reunió con el secretario de Defensa y planteó reforzar esa frontera con militares y usar fondos asignados a las Fuerzas Armadas para comenzar la xenófoba barrera.
También noticia la denuncia de separación de niños y menores de sus padres inmigrantes interceptados en aquella frontera y encarcelados. En esto tuvo que dar marcha atrás, aunque que esos niños tuvieran que compartir cárcel con sus progenitores no puede ser visto como una gran victoria de los derechos humanos.
La Corte Suprema de Justicia convalidó la orden ejecutiva de Trump para impedir el ingreso de ciudadanos de países de mayoría musulmana: Siria, Irak, Irán, Libia, Somalia, Sudán y Yemen. Quedaba afuera su aliada Arabia Saudita. Luego sacaron de la nómina a Irak y Sudán, como premio por colaborar con Washington en la tardía lucha contra el Estado Islámico. A quienes más combaten contra esa organización terrorista, Siria e Irán, en cambio, los dejaron penalizados.
Poner de blanco a esos países de mayoría islámica pretende que el mundo “compre” la visión de que aquellos son los promotores del terrorismo. Falso. Nadie llega a los talones de EE.UU. en materia de invasiones a otros países, crímenes, terrorismo, armamentismo y guerras con centenares de miles de muertos…
El lema del magnate, “America First”, implica una continuidad y empeoramiento de aquellas políticas hacia el resto del mundo.

Europa xenófoba.
En Europa, en particular los 28 miembros de la Unión Europea, miran para otro lado para no ver el drama de refugiados que se ahogan en el Mediterráneo tratando de llegar a adonde creen que les puede ir mejor, o bien para zafar de guerras en sus naciones.
A fines de julio pasado la Organización Internacional para las Migraciones (IOM), informó que en la primera mitad de año habían muerto en el Mediterráneo 1.500 refugiados intentando llegar a Europa.
En septiembre de 2015, la foto del pequeño Aylan Kurdi, de 3 años, que se ahogó con su familia y apareció en una playa de Turquía, escapando desde Siria, sensibilizó al mundo.
Eso patentizó la responsabilidad de EE. UU., Unión Europea, Israel, Arabia Saudita y Turquía, en la guerra contra Siria. Guerras imperiales como esa provocan centenares de miles de muertos y millones de desplazados y de refugiados, una parte de los cuales emprende la peligrosa ruta del Mediterráneo, en ese caso rumbo a Grecia.
Ahora la mayor parte de las muertes ocurre en el Mediterráneo occidental, en dirección a España, adonde se ha dirigido el grueso de los 55.000 emigrantes entre enero y julio de 2018. La cifra es importante, pero es la mitad de la que hubo en el mismo lapso el año anterior.
¿Por qué esa disminución relativa? ¿Por qué ahora los refugiados apuntan a España y no tanto a Grecia o Italia?
Otra vez la explicación es política. Antes el lugar de paso era Turquía; la Alemania de Angela Merkel y la UE lograron que el presidente turco Erdogan sellara las salidas y recibiera devolución de inmigrantes, a cambio de miles de millones de euros. Por otro lado Grecia, aún con el gobierno “progre” de Syrisa, limitó el paso de refugiados, que se acumulan en pésimas condiciones de centros cerrados en sus islas. Además, hacia el norte, están los escollos de los gobiernos xenófobos de Croacia (tan elogiada en los medios por la actuación escénica de su presidenta en el Mundial de Rusia), Hungría y Austria.
Todo eso hizo virar el punto de lanzamiento desde Turquía a la costa de Libia, y apuntar a Italia y España. En los últimos meses la costa italiana fue prohibitiva para arribar, tras la asunción de un gobierno de extrema derecha y xenófobo, con Mateo Salvini, ministro del Interior de la Liga del Norte, neofascista.
En junio pasado hubo barcos de ONG humanitarias que habían recogido sobrevivientes de naufragios en el Mediterráneo, que no pudieron entrar en puertos italianos. Debieron estar semanas a la deriva hasta bajar las personas en Malta, previa autorización de España. El nuevo gobierno de Pedro Sánchez, necesitaba dar una imagen más sensible luego de la bestial de Mariano Rajoy.
El sector más xenófobo de Europa está encabezado por la Italia de Salvini y Hungría del primer ministro Viktor Orban, pero esa ultraderecha está en todas partes. El ministro del Interior de Alemania, Horst Seehofer, del bávaro CSU, amenazó con renunciar si Merkel (del CDU) no creaba “centros cerrados de refugiados” en la frontera con Austria. Al final negociaron ambos con el socio menor, los socialdemócratas del SPD, para que las instituciones de la Policía hicieran esa labor anti inmigrantes.
Olfateando el momento breve de progresía de Sánchez y el PSOE, muchos africanos se lanzaron a ingresar como fuera a Ceuta, posesión colonial española en Marruecos. Lograron ingresar 600, pero otros 200 fueron detenidos y expulsados, con número similar de heridos entre los ingresantes y policías.
La división en clases, en mundos ricos y submundos muy pobres, grandes potencias y semicolonias, abundancia y hambrunas, más las guerras imperiales, etc., está en el fondo de estos dramas. Sin cambiar el sistema, éstos no tendrán arreglo.
Además de la profunda pena, el cronista tiene bronca con potencias como Francia, Bélgica y Reino Unido, que brillaron en el Mundial Rusia gracias a cracks morenos como Mbappé, descendientes de los magrebíes y africanos tan vilipendiados.