Femicidios y otros hechos que reclaman explicación

Señor Director:
Otra vez, al observar los apuntes que tomo de mis lecturas, sobre todo de diarios, me he encontrado con casos que al estar reunidos en un solo grupo temático dominan como un complejo determinante. Quiero decir que el detalle caso por caso deja de ser lo único significativo, reemplazado por la pluralidad de sucesos de la misma naturaleza.
Me he preguntado si su frecuencia actual se podría explicar porque lo que estaba escondido se ha convertido en un reclamo social y en parte de un proceso más explícito de transformación de costumbres.
En los siglos de predominio de una cultura que algunos llaman machista y derivan de lo patriarcal, con la mujer subordinada, es conjeturable que haya habido un número proporcional de los casos que ahora llamamos femicidios y de lo que también hoy reconocemos como violencia física y psicológica y de desigualdad en las opciones para el desarrollo personal femenino. He valorado esta conjetura porque ya me habían llamado la atención los casos de ocultamiento que he conocido en el curso de mi propia vida. En mis lecturas de las Mil y una noches, hubo un momento en el que la admiración por Scheherezade, dominante en mis primeros abordajes (admiración porque buscaba liberar a sus hermanas de su mismo destino), fue dejando lugar al reconocimiento de que esos relatos daban cuenta de una cultura. Con el tiempo la pregunta fue si esa cultura era, como había creído, propia de una época remota, algo sepultado en el pasado, o si persistía de alguna manera en nuestro tiempo. Cuando conocí a Alicia Moreau y me interesé por su historia, supe que la mujer argentina recién sobre finales del siglo XIX y comienzos del XX pudo acceder a la facultad de Medicina y que no le fue fácil permanecer y completar estudios. Días atrás, al leer declaraciones de una anciana Madre de Plaza de Mayo, supe que ella misma había tropezado con dificultades para seguir medicina. O sea que la resistencia persistía de cierta manera hasta la primera mitad del siglo XX.
La conclusión a partir de estos y otros datos se demoró pero era inevitable: que esa cultura de supremacía social e individual del varón atraviesa prácticamente toda la historia de nuestra especie. O sea, milenios. No estará inscripta en los genes, determinantes de las conductas espontáneas, instintivas. Entiendo que la cultura es como una segunda estructura “genética” dentro de la cual acomodamos nuestra existencia y tiene un enorme poder determinante del comportamiento y sus causales. Una cultura se construye en el curso de nuestra relación individual (posterior al nacimiento) con el afuera, con los otros, los prójimos, y comienza por ser una especie de estrategia para sobrevivir y medrar. Lo digo así por, entre otras observaciones: a) los niños blancos y negros juegan entre sí sin inconvenientes, salvo intervención del adulto; b) según mi experiencia personal, de mi casa, donde la presencia de la madre fue dominante por muerte temprana del padre, no adquirí conductas discriminadoras de la mujer, pero éstas existieron a partir de mi relación escolar (primaria y secundaria, principalmente) con varones que me comunicaban la consigna de la relación con el otro sexo. Cuando, ya avanzado en la juventud, analicé los “incidentes” entre mi cultura hogareña y los influjos educativos de la escuela, la calle y las lecturas más accesibles, me costó hacer la opción y creo que pocos varones hacen tal crítica personal y más bien adaptan su conducta a la cultura que le es comunicada socialmente. No hay determinantes genéticos, pero los que llamamos culturales son importantes en la conducta social y de la relación con el otro sexo.
El tema queda apenas planteado, pero creo que en lo dicho hay fundamento. Tiendo a creer más: que pasamos por un momento crítico en la transformación de rasgos gravitantes de la estructura social y de los valores culturales.

Atentamente:

JOTAVE