Feria con las luces de siempre y nubarrones

Señor Director:
Me repetiré en mis notas de estos días con el tema de la Feria del Libro, que se desarrolla en su medio habitual metropolitano.
Es inevitable, tanto porque por ser escriba de periódicos pertenezco al orden de los intelectuales como porque como hombre atento al acontecer político mundial entiendo que este acontecimiento anual mide el momento del país y del orbe humano. Y digo esto no solamente porque siempre se viene a mi memoria el dicho español que hace saber que “cada uno dice de la feria según le va en ella”, como también por la sabiduría de este refrán, puesto que lo intelectual, en prosa o poesía, no es marginal sino uno de los momentos en que se le puede tomar el pulso al país y al mundo.
Dado que no estoy presente en esta edición, aunque sí he estado en muchas anteriores, me baso en lo que van diciendo los comentaristas que he aprendido a apreciar, como es el caso de Silvina Friera (de Página/12). Esta vez, según su relato del pasado martes, ella ha conversado con libreros, editoriales y distribuidores y resume su impresión en los títulos: “Sin esperanzas de remontar una coyuntura compleja y polarizada”, con la singularidad de que este año “los ejemplares caros se venden mejor que antes, pero las ventas generales cayeron”. Ya la Cámara el Libro había anticipado que “el año pasado la producción (editorial) cayó un 25%”. Tal vez por lo que dice uno de sus entrevistados: “Lo que está pasando en el mercado editorial es tremendo; los libros se están imprimiendo afuera”. Ese es uno de los puntos: la apertura del mercado argentino no solamente nos ha inundado de mercadería extranjera, estrangulando a nuestra industria y comercio: lo mismo pasa con los libros. Otro entrevistado dice “Lo que veo es el fenómeno de la concentración. Estamos mal, pero lo peor todavía no llegó” (se refiere a lo que puede esperarse de esta Feria y la situación del mercado editorial). J. Gurvanov le habla de algunos rasgos del problema: por ejemplo, el del librero (el último de la cadena hasta llegar al lector): “Muchos libreros no van a poder sostener la renovación del alquiler” y entonces “viene un efecto de bola de nieve: lo primero que hace es pagar el alquiler, los sueldos, los aportes de sus empleados, los servicios y después los libros”. ¿Cómo aguantar?
Después de tantas advertencias inquietantes, al avanzar en la lectura se llega a unos versos, luego de lo cual se avisa que su autor es “el excepcional poeta pampeano por adopción Edgar Morisoli”, para informarnos que Morisoli es un nuevo hallazgo “del empecinado poeta y editor Javier Cófreces”, con stand en el pabellón amarillo”, entre ellos Antología Personal, de Morisoli, así como también Herejía Bermeja de Juan Carlos Bustriazo Ortiz, no sin dejar de decir que cada ejemplar de los libros citados se vende a 280 pesos.
La poesía de Morisoli transcripta en esta nota dice: “Se trata de otra luz, otra cadencia /Por eso es que sin prisa /como quien pone a orear su corazón, como quien tiende /las penas al sereno, /tomo un último mate, digo mi copla y parto”. Son los versos iniciales, aclara, de País de la voz quemada/II.
Silvina cierra su recorrida con esta expresión de Cófreces: “Ahora no hay políticas de Estado que protejan a las editoriales. En diez años el anterior gobierno compró 80 millones de libros. Desde 2014, con la colección Juan Gelman, se compraron un millón de libros de poesía y nosotros tuvimos una gran participación con cinco títulos y 60 mil libros…la poesía se vende poco… Pero persistir y resistir es la actitud de la poesía”.
Persistir y resistir es una propuesta interesante para atravesar lo que ojalá sea solamente un momento. Hace mucho que los poetas forman la vanguardia y hacen de proa para abatir cualquier pesimismo. Decir lo propio y lo ajeno en prosa o verso es un rasgo de lo que llamamos humanidad. El punto es que cuando “calla el cantor” irrumpen otras voces que distraen.
Atentamente:
Jotavé