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Fracasan las operaciones contra Fernández

SON GLOBOS

El esquema amagues y gambetas se repite asunto por asunto, desairando todas las trampas sembradas en el camino por quienes no se resignan a entender que el voto popular se pronunció por un cambio de las políticas.
Por Horacio Verbitsky
Al acercarse la fecha de la transferencia del mando, van fracasando las operaciones del establishment para condicionar al gobierno de Alberto Fernández, tanto las que transcurren en forma sigilosa como aquellas que ocupan páginas de diarios y minutos de horarios centrales en canales de televisión y señales de cable. Explotan como globos, porque son globos, como solía llamársele a las mentiras vistosas por la época en que nació Maurizio Macrì.
Un alto funcionario del gobierno de Cambiemos, por cuya continuidad pidieron los bancos extranjeros, y uno de los allegados más próximos al presidente saliente, quien intervino en uno de los tramos del endeudamiento externo, prepararon unas propuestas para la estabilización financiera y macroeconómica. Ilustradas con gráficos y cuadros, incluyen diversas recomendaciones, desde líneas de negociación con el FMI y los acreedores privados, hasta políticas fiscales, cuyo impacto cuantifican, hasta la sanción de determinadas leyes e incluso la presencia de Alberto Fernández en el foro de Davos.
Alegan como una verdad revelada que el FMI no relajará su posición pese a tener un gran stock de deuda en la Argentina, y anticipan que los técnicos del Fondo exigirán equilibrio fiscal y alguna condición sobre agregados monetarios, que es la forma elegante de referirse a la emisión de pesos. Afirman que para una negociación rápida con los acreedores privados «no habría que pensar en quitas ni de capital ni de intereses. Si se pretendieran quitas, se alargaría la negociación y la incertidumbre sólo empeoraría la situación económica». Es decir, hay que someterse a las condiciones que planteen, cuanto antes mejor.
Una de las propuestas es comprometer a gobernadores, empresarios y sindicatos que participen en el pacto social a garantizar ese equilibrio fiscal que exigirá el FMI. El eje del trabajo es el Programa Financiero 2020, en el que calculan egresos por 10.300 millones de dólares e ingresos por 17.000, incluyendo entre ellos 12.000 millones de dólares pendientes del FMI. Los funcionarios macristas que aspiran a incidir en las decisiones del gobierno que puso fin al experimento sobre seres vivos que vienen realizando desde hace cuatro años, recomiendan dar «señales correctas» y trabajar en forma colaborativa con los acreedores privados, en la convicción de que «un escenario positivo» en esa negociación, comprometería al FMI con los desembolsos pendientes, «que ayudarían mucho a aliviar el peso del programa financiero de 2020».

La utilidad de las propuestas.
En una entrevista con la radio Con vos, Alberto Fernández aplastó ese globo de un tacazo. Dijo que no le pedirá al Fondo Monetario el desembolso pendiente sobre el que basan todo el razonamiento sus interlocutores macristas. «¿Si tenés un problema porque estás muy endeudado, creés que la solución es seguir endeudándose? No es la solución. Es más o menos como el tipo que tomó mucho y está un poco borracho. La solución no es que siga tomando, es que deje de tomar. Una de las primeras reglas que debemos tener es dejar de pedir dinero».
Es decir que las propuestas de los tránsfugas de Cambiemos resultaron muy útiles a Fernández: al declinar el cobro de las cuotas pendientes, cierra la puerta a los condicionamientos que preparaban el Fondo y sus amigos locales y se propone ganar un par de años de calma, en los que podría negociar con los acreedores privados en términos opuestos a los de sus interesados consejeros. En vez de correr, tomarse todo el tiempo necesario, sin descartar la obtención de quitas de capital e intereses. La enorme diferencia que hay entre las tasas que se comprometió a pagar el gobierno fallido de Macrì y las que imperan hoy en el mercado internacional abre una ventana de oportunidad. Cuando Europa comienza a habituarse a tasas negativas (el depositante no cobra sino que paga interés por el dinero que inmoviliza en el banco) no es lógico cobrar una tasa del 8% por la deuda argenta.
Los voceros de la ortodoxia se horrorizan ante la perspectiva de un aumento del dinero circulante («la maquinita», dicen en forma despectiva), pero no tienen explicación para el fenómeno del último cuatrienio, donde la menor emisión de billetes en décadas fue acompañada por la mayor inflación. Ante ese intríngulis que los desestructura, optan ignorarlo y repiten como si nada su saber inútil.
Atender con pesos los compromisos en pesos es una medida mucho más racional que endeudarse en dólares para enfrentar esos compromisos, como hizo el actual gobierno, que por fidelidad a una teoría anacrónica y por craso interés, inventó sucesivos instrumentos de esterilización monetaria, para retirar esos pesos de circulación: primero las Lebac, luego las Leliq, que implicaron una fabulosa transferencia de ingresos hacia la especulación financiera y aniquilaron el crédito y la producción. Eso es lo que Alberto dijo en la UIA que no iba más. Que los pocos triunfadores de esa etapa terminada pongan sus barbas en remojo.

Amagues y gambetas.
Este esquema de amagues y gambetas se repite asunto por asunto, desairando todas las trampas sembradas en el camino por quienes no se resignan a entender que el voto popular se pronunció por un cambio de las políticas que destruyeron la industria, el empleo y el salario, y endeudaron en forma desproporcionada a la sociedad argentina.
Un ejemplo es la apetecida fisura entre el presidente y la vicepresidente electxs. Los grandes medios se especializan en detectar conflictos insolubles que evidencian y profundizan esa contradicción, a la que el establishment apuesta sus mejores fichas. El ejemplo más reciente fue la conformación de los bloques legislativos en el Congreso. Hace dos semanas, parecía que los gobernadores afilaban el hacha de la guerra contra Cristina por su pretensión de encumbrar como jefa del bloque en el Senado a la derrotada candidata mendocina Anabel Fernández Sagasti y que los intendentes y el peronismo en general resistían la nominación de Máximo Kirchner. El vocero más estridente de esta rebelión en la granja fue el senador cordobés Carlos Caserio, quien sentenció que habría dos bloques, uno de Alberto y los gobernadores y otro de Cristina. Y patinó a fondo al decir que «hay una diferencia entre dirigente y empleado: nos gusta dirigir nuestras ideas, es la base de la política».
Cristina no contestó, pero junto con Alberto hicieron una verónica, tan efectiva como la postulación de la fórmula hace seis meses: José Mayans presidirá el bloque único en el Senado, con la mendocina como vice; la santiagueña Claudia Ledesma Abdala será presidente provisional del Senado, Maurice Closs vice. Aún no está decidido si Caserio ocupará un lugar en el gabinete ministerial o si seguirá en el Senado, pero no al frente del bloque unificado. Es posible que medite dos veces antes de volver a hablar.
En la otra cámara, Martín Insaurralde ponderó la designación de Máximo Kirchner como el candidato de los intendentes a presidir el bloque de diputados. Insaurralde había jugado el mismo rol cuando propuso a Axel Kicillof como candidato a la gobernación bonaerense, con un razonamiento decisivo: «Muchos querríamos ser. Pero la intención de voto de Axel triplica la del mejor posicionado del resto», dijo en el encuentro de los intendentes bonaerenses. No había mucho más que decir.
De este modo, gobernadores e intendentes bendijeron ahora la nueva estructura legislativa, en la cual la política de alianzas confiere al FdT la primera minoría en la cámara baja, y el quórum propio en el Senado.
La diferencia de capacidad política entre CFK y el resto volvió a manifestarse así en forma rotunda y deshizo en un minuto la operación planteada. Los tontos dominicales se quedaron especulando con el significado del desplazamiento de Alberto a la casa de Cristina. Que Dios los conserve tan obtusos. Hacen todo más sencillo.
Frente a ella, no tienen otro recurso que silenciarla. Por mayoría simple y con enclenques argumentos puramente formales, los jueces Jorge Gorini y Andrés Basso rechazaron la solicitud de que la indagatoria se transmita en directo. Son los mismos que se negaron a producir buena parte de la prueba solicitada por Cristina para su defensa, porque el objetivo no es la justicia sino la condena. Acuden al principio de autoridad: la Corte Suprema dijo que cada tribunal debe decidir si autoriza la transmisión de otros actos que no sean la lectura de la acusación, la discusión final y la sentencia. Y ellos decidieron rehusarse porque lo anunciaron en mayo y nadie lo cuestionó (como si corrieran plazos procesales para hacerlo), porque los demás indagados se defendieron sin que se transmitiera y porque la publicidad del juicio se garantiza con la concurrencia de la ciudadanía que lo desee a la sala de audiencias y la repercusión en los medios de prensa. Su prosa es tan engolada que parecería que hablan en serio: en una sala para 200 personas cabrían 45 millones de potenciales interesados. En cambio, el juez Rodrigo Giménez Uriburu votó por autorizar la transmisión, para que prevalezca «el principio de publicidad del proceso, como condición fundamental de legitimidad de la administración de justicia», algo de lo que esta farsa carece por completo.

La jefatura de la oposición.
Tampoco llegan muy lejos los globos vinculados con la administración que termina. Excitado con el olor a multitud que descubrió tarde, y jactándose del 40 % de los votos obtenidos a pesar de la catástrofe económica y social, Macrì anunció que las casas en Roma y Madrid pueden esperar, porque se propone ser el jefe de la futura oposición.
Macrì y su más próximo consejero, Marcos Peña Braun, deducen que esa votación equivale a un mandato, y sus bufones llegaron a pretender que el 48 a 40 % podría calificarse como empate técnico. Aún en su expresión menos ridícula esa línea de pensamiento no intersecta en ningún punto con la circunferencia de la realidad política. Sólo en países de partido único o teocracias asentadas, las elecciones se ganan con mejores porcentajes y/o mayores diferencias:
• Macrì obtuvo el gobierno en 2015 con el 51,3% de los votos contra el 48,6% de Daniel Scioli.
• El referéndum boliviano del año siguiente sobre la posibilidad de una nueva reelección de Evo Morales se definió en contra del presidente por idéntico exiguo porcentaje.
• En Estados Unidos, en el mismo 2016, Hillary Clinton venció a Donald Trump por 48 a 46%, lo cual permitió a los republicanos imponerse en el Colegio Electoral. Ya en 2000, Al Gore había vencido por 48,38 a 47,87 a George W. Bush.
• La salida británica de la Unión Europea fue aprobada por 51,9 a 48,1%.
• El domingo pasado, en Uruguay, cuando se suspendió el escrutinio provisorio, los blancos vencían al Frente Amplio por 48,7 a 47,4%.
De modo que ocho puntos no son una diferencia desdeñable.
En regímenes presidencialistas, la lógica del poder democrático confiere total legitimidad al vencedor, aunque sea por pocas décimas, como puede verse cruzando el Río de la Plata. Al día siguiente de las elecciones, el porcentaje obtenido por cada candidato sólo cuenta para la asignación de bancas en el Poder Legislativo. Los ejemplos extremos en la Argentina son el ya mencionado de Macrì y el de Néstor Kirchner. En 2003, el candidato del Frente para la Victoria incluso perdió la elección, con el 22,25 % de los votos, frente a Carlos Menem, que consiguió el 24,45 %, y si llegó al gobierno fue porque Menem desistió de presentarse en el balotaje. No obstante, las políticas de Kirchner y de Macrì pusieron al país de cabeza. Los giros políticos y económicos más drásticos se emprendieron sobre la base de la legitimidad de ejercicio, que luego fue convalidad institucionalmente, cuando tanto Kirchner como Macrì ganaron por buena diferencia los primeros comicios legislativos posteriores a la elección presidencial.
Varios dirigentes de la UCR hicieron saber en público que la conducción de Macrì está en entredicho y que están dispuestos a discutirle la representación de ese 40 %, porcentaje que el radicalismo alcanzó varias veces en sus 14 décadas de historia y el PRO nunca, salvo en el balotaje de 2015, cuando Macrì podía prometer el sol, la luna y las estrellas, porque era una tabula rasa política sobre la que podían inscribirse los deseos de cada uno sin posibilidad de cotejo con la realidad. Para colmo, aquel candidato y presidente en ascenso era muy locuaz y regó el futuro de frases célebres, del tipo «pobreza cero», «quiero que me juzguen por las cifras de pobreza», «la inflación se baja muy fácil» o «es el indicador que mide tu capacidad para gobernar». En el ocaso, sus propias palabras lo condenan. Tampoco lo ayuda la calidad de sus explicaciones, como «pasaron cosas» o «tuvimos dificultades y quedan cosas por resolver», que no alcanza la de un estudiante de primer año del secundario. El radicalismo no es un oasis de paz, pero ha negociado acuerdos mínimos que le permitirán a Mario Negri seguir conduciendo el interbloque que en pocos días pasará del oficialismo a la oposición, y al mendocino Alfredo Cornejo renovar su mandato como presidente de la UCR, contra los deseos del contador Gerardo Morales, que aspira a desbancarlo. El carcelero jujeño se quedará con las ganas, pese al apoyo de Macrì, quien tiene una pésima relación con Cornejo, que nunca se le subordinó, salvo en los negocios, cuando autorizó la venta de un yacimiento que el presidente inscribió a poco de asumir en el cinturón de cobre de El Teniente. El anterior gobierno provincial le había quitado la concesión, por el habitual incumplimiento de todos los compromisos que es la marca registrada del Grupo Macrì. Cornejo se lo devolvió.

Peligros internos.
Pero el principal problema del inminente ex mandatario no reside en los partidos aliados sino en el propio, donde está todo dado para que el liderazgo recaiga en el único ganador entre tanta derrota: el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta. El 40 % de Macrì, el 38 % del Hada Buena, palidecen junto al 55 % con que HRL consiguió la reelección. La intensidad de su campaña no tuvo nada que envidiarle a la de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, que el 52 % reconoció con su voto. Claro que HRL corrió con ventaja, ya que gozó de un presupuesto descomunal y la Ciudad Autónoma es 1.500 veces más chica que la Provincia, lo cual permite realizar más actos en el mismo lapso o la misma cantidad con mucho menor esfuerzo. Medido per cápita, el presupuesto porteño es el doble exacto del bonaerense. Por eso pudo realizar obras propias de una capital europea, que constituyen un despilfarro escandaloso en comparación con las necesidades de la mayoría de las provincias, una aberración estructural que no puede atribuírsele al gobernante ni al elector porteños.
HRL, de nula presencia en páginas o pantallas políticas y que muy rara vez concede un reportaje, controla el único territorio de su partido. No hará declaraciones en contra de Macrì, al estilo de Cornejo, ni se opondrá en forma verbal al intento de su ex jefe por conducir la oposición, pero le hará sentir en los hechos quién maneja el sabot.
Tanto él, como su colaboradora María Eugenia Vidal, tienen una lectura opuesta a la de Macrì sobre lo que viene. La idea, que comparten con Emilio Monzó y Nicolás Massot, es que si no se supera la odiosidad que el macrismo fomenta con el kirchnerismo desde 2013 y con todo el peronismo en los últimos años, la Argentina no tiene otro futuro que un Bolsonaro. Aun cuando no lo dirán en público, la gobernadora saliente y el jefe reelecto, entienden que el peronismo y su conducción política le han ahorrado al país encrucijadas como las de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador o Venezuela. Por eso Massot se permitió hacer el elogio público de Máximo Kirchner, y el Hada Buena el de Cristina.
En cambio Macrì y sus dos ángeles, Elisa Carrió y Patricia Bullrich, se disponen a arrojar leña al fuego. El inminente ex mandatario se postula como el Bolsonaro que temen sus críticos internos. Es la Coalición Cívica Libertadora la que está azuzando el levantamiento de las patronales agropecuarias contra el gobierno que aún no asumió. Y para hoy se organizan mitines en tres rutas de Entre Ríos, Santa Fe y la provincia de Buenos Aires, como se anunció el sábado pasado en Córdoba. Es decir, la zona núcleo de la soja, la franja amarilla del mapa electoral.
Tanto o más inquietante es la seguidilla de advertencias de Bullrich al próximo gobierno respecto de las fuerzas de seguridad, a las que intenta soliviantar. Desde la desaparición de Santiago Maldonado, la transacción fue clara: lealtad con lealtad se paga, con independencia de las ilegalidades cometidas. Mientras hasta los golpistas bolivianos derogaban la resolución que garantizaba impunidad a la represión con armas letales, Bullrich encomiaba el motín de los gendarmes que en 2013 ocuparon la sede institucional por un reclamo de salarios, reveló que había anulado las sanciones impuestas entonces y agitó el fantasma de que el futuro gobierno tendría una actitud persecutoria, que instó a resistir. Lo hizo en su discurso en la escuela de suboficiales de Gendarmería de Jesús María, al que invitó a Carabineros chilenos. Los trató con una dulzura que ni el presidente Sebastián Piñera les dedica, por la brutalidad demostrada en la represión a las protestas sociales, en las que más de 300 personas perdieron en forma parcial o total la vista por disparos de distintos agresivos al rostro. Ése es el modelo que Bullrich y Macrì proponen para la Argentina. En privado es más explícita. La ministra pidió la renuncia, que deben presentar mañana, a los civiles que dirigen institutos de formación y capacitación de todas las fuerzas, para que asuman policías, prefectos y gendarmes, azuzados a resistir a «los zurdos que vienen», a los kirchneristas y al CELS (sic). Esta fue la respuesta oficial a la negativa de Alberto Fernández a entregarle el ministerio de Seguridad a Diego Gorgal, formado en las teorías de la tolerancia cero en Estados Unidos, a quien las fuerzas consideraban propia tropa.
A dos semanas de dejar el gobierno, el Secretario de Asuntos Estratégicos de Macrì, Fulvio Pompeo distribuyó un documento titulado Estrategia de Seguridad Nacional, que va en la misma dirección. Entre los agradecimientos figura el Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa William J. Perry. Fue nombrado así en homenaje a quien propuso su creación para formar a líderes civiles del continente, el Ministro de Defensa del Presidente Bill Clinton. El documento del Pompeo argentino dice pocas cosas que no haya formulado Perry a partir de la II Cumbre de Ministros de Defensa que se realizó en Bariloche en 1996, que no sostenga hoy el Pompeo estadounidense (Mike, ex jefe de la CIA, actual ministro de relaciones exteriores) y que no formen parte de las definiciones del Comando Sur. Perry, antes que Donald Rumsfeld, propició la confusión entre Seguridad y Defensa y el empleo del instrumento militar en tareas policiales.
En todos los temas globales, la Estrategia de Seguridad Nacional parece una traducción de los documentos estadounidenses: las nuevas amenazas transnacionales como el narcotráfico, el terrorismo, el tráfico de personas, el lavado de dinero, la confrontación global de Estados Unidos con China en lo económico y con Rusia en lo militar, la caracterización de Nicolás Maduro como el sanguinario dictador de Venezuela. Cuando se trata de la Argentina se ahoga en remolinos de retórica, los mismos que caracterizan la oratoria de Macrì, donde se dan por realizados los logros más ambiciosos, sin la menor remisión a datos de la realidad. Cuando alguno se filtra, se trata de logros ajenos y que el actual gobierno desfinanció.
De atenderse a este discurso retórico, la Argentina de estos años habría diversificado sus relaciones externas «sobre la base del pragmatismo y la desideologización». ¿Se referirá a la gestión del embajador Diego Guelar, para que la constructora china de las represas de Santa Cruz desembarcara al socio argentino que concibió el proyecto, Electroingeniería, y lo reemplazara por la empresa del hermano presidencial de la vida? Los chinos se vieron obligados a aumentar su participación en la UTE, comprando una parte del paquete de Electroingeniería, cuando su vicepresidente, Gerardo Ferreyra, estaba encuadernado en Marcos Paz, pero no aceptaron asociarse con Nicky Caputo. La obra estuvo paralizada durante toda la gestión Cambiemos. Con la misma impavidez celebra las decisiones iniciales del macrismo «en
los planos cambiario, financiero, institucional y fiscal destinadas a estabilizar la economía y sentar las bases de un crecimiento sostenido». Con apenas más esfuerzo que el presidente, atribuye los contratiempos a la
confluencia de turbulencias financieras internacionales, la caída de la producción agrícola y el aumento del precio mundial de la energía. Pretende que el acuerdo del Mercosur con la Unión Europea «concluyó exitosamente», aunque ni siquiera se inición y hasta encomia el Acuerdo Stand-By suscrito con el Fondo Monetario Internacional.
Nada de lo que dice el documento importa más allá del ominoso mensaje que transmite a las próximas autoridades, del mismo modo que la maraña de decretos y resoluciones tendientes a maniatar a quienes asuman el 10 de diciembre. Los nudos gordianos, se sabe, no se desatan.