Francisco, en el ojo de la tormenta

LA IGLESIA NO LOGRA TERMINAR CON LOS ABUSOS SEXUALES

El Papa está siendo cuestionado y se han atrevido a pedirle la renuncia. Hay cuestiones de fondo en la Iglesia, que no resolvió, pero también jugadas políticas bien de derecha.
SERGIO ORTIZ
Francisco cumplió en marzo pasado su quinto año al frente del Vaticano y está lidiando con varios frentes de oposición, como si fuera un político internacional más, que de hecho lo es. En su descargo podrá decir que ha hecho bastante por mejorar la imagen de la Iglesia católica a nivel mundial, tan sacudida por escándalos y abusos de menores por parte de curas pedófilos.
El jefe del Vaticano ha admitido, bien que a la retranca, esos delitos, los ha condenado públicamente y ha pedido perdón a las víctimas y sus familiares.
El problema es que la palabra condenatoria del Pontífice no llegó más o menos a tiempo, sumado a veces las decenas de años pasados desde que los abusos habían sido cometidos, con el consiguiente dolor y daño a las personas. En algunas oportunidades, como en Chile, Francisco tuvo una posición errónea, de defender durante un tiempo al obispo Juan Barros, cómplice del sacerdote abusador Fernando Karadima. Incluso cuando éste había sido apartado de la Iglesia en 2011, Barros siguió en funciones y en 2015 el Papa argentino lo promovió a obispo de Osorno. Recién en mayo de 2018, tras una nueva investigación en el lugar, de un enviado papal, llegó la admisión vaticana de lo ocurrido y el pedido de disculpas a las víctimas, con presentación de renuncias del pleno de obispos chilenos, que todavía se estudian en Roma para saber a quiénes “dar el olivo”.
No es un asunto puntual. Recientemente volvió a primera plana mundial la situación de Pensilvania, EE.UU., donde 300 sacerdotes habían abusado de al menos mil niños y jóvenes. Las cantidades de abusados y abusadores indican la gravedad del problema, para nada circunscripto ni excepcional.
También saltó definitivamente la ficha del arzobispo emérito de Washington, Theodore McCarrick, que venía con acusaciones de mantener relaciones sexuales con menores de edad desde 50 años atrás, cuando era cura neoyorquino. Todavía hoy era miembro del sacro colegio cardenalicio, aunque sin derecho a voto por tener 88 años. El Papa dispuso días atrás que ya no pueda dar misa, debiendo permanecer “en una casa que le será asignada para una vida de oración y penitencia”. Tarde piaste, Vaticano. Muy tarde.
Con la lógica capitalista de EE.UU. muchos dirán que las víctimas cobrarán una indemnización monetaria, como ocurrió en otras diócesis. Eso no borra lo ocurrido en la vida y mente de las víctimas. Y permanecer en una buena casa con oraciones y penitencia parece castigo muy leve para el cardenal. Es demostración que estos delitos cometidos por gente de sotana tienen que ser juzgados por tribunales comunes, y no por sus pares, benévolos y displicentes del oráculo.

Por izquierda.
Los abusos por curas pedófilos también ocurren en Argentina como se vio en la fundación “Felices los niños” del cura Grassi. Y son moneda corriente en el mundo. Entre otras cosas explican que millones de personas bautizadas hayan dejado de lado la Iglesia, sin perder su fe en Dios.
Uno de esos epicentros del fenómeno de abusos es Irlanda, país católico si los hay y cuna de san Patricio. El Papa estuvo allí entre el 25 y 26 de agosto, para el Encuentro Mundial de Familias. Tuvo que oír cosas muy duras, y él admitir esos reclamos y pedir nuevamente perdón. Es que el arzobispado de Dublin tapó por décadas los abusos sexuales contra 15 mil niños. En vísperas de la llegada de Francisco esa olla levantó más presión. El arzobispo de Dublin, Dairmuid Martin, en una homilía dominical, le reclamó al Papa que destruyera los mecanismos que encubrieron los abusos.
En su encuentro cara a cara con el visitante, en un castillo de esa ciudad, el primer ministro Leo Varadkar, le exigió “acciones y no palabras” para enfrentar la crisis de abusos. “Santo Padre, le pido que use su cargo y su influencia para que haya justicia, verdad y sanación para las víctimas y sobrevivientes de Irlanda y del mundo”, dijo el primer ministro, autodefinido como gay, en un país que por referendo aprobó el aborto legal.

Un golpe de derecha.
Mientras el Pontífice volvía a Roma desde Dublin, ante 72 periodistas en el avión, fue preguntado sobre la homosexualidad. Tuvo una respuesta caricativa: si es una tendencia homosexual en niños y niñas, sus padres deben ayudarlos. Hasta allí todo bien, pero luego, recomendó a esos padres “recurrir a la psiquiatría para ver cómo están las cosas”. Así deslizó, sin afirmarlo, que la homosexualidad sería una enfermedad, algo que la ciencia descartó desde 1990. Ese párrafo fue omitido en el parte vaticano, pero la metida de pata ya estaba hecha, hasta las verijas.
La puñalada casi criminal vino del frente interno. El exnuncio en EE.UU., Carlo Maria Viganò, difundió una carta acusando al Papa de haber encubierto abusos. El autor le habría advertido en 2013 los abusos del cardenal McCarrick y aquél no hizo nada. En consecuencia, Viganò, pedía la renuncia de Francisco.
Es cierto que Jorge Bergoglio no hizo mucho en sus cinco años de papado para curar las heridas de los abusos ni adoptó medidas prácticas y suficientes para contener o disminuir esos delitos.
Sin embargo, Viganò y los obispos conservadores y ultrarreaccionarios que lo secundan, no quieren terminar con los abusos sexuales sino sacarse de encima al Papa por sus veleidades ecologistas y tercermundistas, ser crítico de guerras y guaridas offshore. Ojalá el intento de golpe obispal le sirva a Francisco para darse cuenta que no puede perder más tiempo. Debería tomar el látigo y expulsar a esos mercaderes del templo, si quiere recuperar fieles y credibilidad.