Fue escándalo, pero no del gobierno

Tienen razón los que sostienen que esta época va a marcar para siempre al periodismo argentino. La multiplicación de mentiras, de noticias falsas, de verdaderas operaciones de prensa con el único fin de desgastar al gobierno no registra antecedentes en la historia reciente de este país.
Con el resonante caso de la carta papal, los grandes medios porteños decidieron privilegiar las palabras de una parte antes que las pruebas de la otra parte. Porque las primeras se ajustaban perfectamente a la versión de la realidad que pretenden reflejar. Por eso dieron por ciertas las expresiones de un sacerdote argentino en el Vaticano, a pesar de que no cumple funciones de prensa sino de ceremonial. Y a pesar también de ser tan sospechosas. Ese vocero habló de “mala leche”, por ejemplo, un vocabulario alejadísimo de las siempre mesuradas expresiones que emanan del Vaticano. En todo caso, ahora, conocida toda la trama de esta gigantesca operación, bien vale preguntarse quién tuvo “mala leche”.
Las aclaraciones que inmediatamente salieron a brindar, en conferencia de prensa, los secretarios de Culto y General de la Presidencia fueron absolutamente menoscabadas, ignoradas. A pesar de que mostraron las pruebas, es decir, los sobres y cartas originales recibidos de la propia Nunciatura. Así y todo, como se dijo, privilegiaron las palabras de un vocero en Italia que las pruebas que tuvieron ante sus propios ojos en Buenos Aires.
Como no podía ser de otra manera, el escándalo ocurrió. Pero no en el ámbito del gobierno, sino en los propios medios de comunicación que se sumaron enceguecidos a la tosca maniobra y metieron la pata, como se dice vulgarmente, en forma espectacular. No siguieron el manual elemental del periodismo que estipula chequear las fuentes. No privilegiaron las pruebas a las declaraciones. Porque, en verdad, hace mucho que dejaron de hacer periodismo para hacer otra cosa.
Resulta paradójico que el que está sufriendo estos ataques de la gran prensa corporativa es, justamente, el gobierno que eliminó los delitos de calumnias e injurias para los periodistas cuando se refieren a funcionarios públicos. El gobierno que amplió considerablemente el margen de libertad para los hombres de prensa cayó víctima de aquellos que hoy se amparan en el ejercicio del periodismo para defender no las libertades públicas sino los intereses privados de gigantescas corporaciones económicas.
La pérdida de situaciones de privilegio que esas enormes empresas tuvieron durante mucho tiempo, léase Papel Prensa, Fútbol para todos, concentración monopólica de medios audiovisuales, AFJP, etc., los afectó de tal modo que decidieron abandonar todo escrúpulo profesional para convertirse en lobbistas de una agresividad inusitada hacia un gobierno que, al enfrentarlos, rompió la regla que venían siguiendo sus antecesores que se avenían a sus exigencias. Esa suerte de “desacato” se lo quieren hacer pagar, y no solo para que le duela en carne propia, sino también como un mensaje para los que le sucedan.
Es cierto que el gobierno tiene muchas asignaturas pendientes en materia de comunicación, y esos errores los suele pagar con creces. Pero los grandes medios cometen faltas más groseras todavía. Aquél, suele ocultar o retacear información. Estos, mienten a sabiendas, distorsionan los hechos con premeditación. Y la gran masa que consume esos medios resulta intoxicada con esas falsedades y mensajes maliciosos.
Hay que decir, de paso, que esta situación no solo afecta a Argentina. El mismo escenario se repite en Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador y todo país que tenga un gobierno que desafíe al establishment comunicacional. El mensaje es éste: todo gobierno que desafíe el catecismo neoliberal, tendrá su merecido mediático. Por eso tienen razón los que sostienen que la pelea por la Ley de Medios es la “madre de todas las batallas”.