G-20: un catálogo de buenas intenciones

EL LAVADO DOCUMENTO FIRMADO EN BUENOS AIRES

El documento consensuado es un compendio de buenas intenciones que hace malabarismos diplomáticos para invisibilizar los conflictos del mundo real.
CLAUDIO DELLA CROCE*
La cumbre de presidentes del G-20 cerró con una declaración conjunta que sirvió para evitar el fracaso explícito del encuentro, aunque dejó en evidencia las profundas diferencias que separan a Estados Unidos del resto de las potencias en temas centrales de la agenda global. Por primera vez desde que empezó a sesionar el G-20 el texto no incluyó una condena explícita al proteccionismo económico, dejando en claro cómo impacta el giro de Donald Trump en la política exterior de su país.
En la declaración final se incluyó un punto que llama a la reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC), entidad duramente cuestionada por Trump. En lo que respecta al medio ambiente, para evitar una ruptura se optó por una decisión salomónica consistente en incorporar un párrafo con la posición de quienes respaldan el Acuerdo de París y otro donde EE.UU. marca sus diferencias.
El documento consensuado, un catálogo de buenas intenciones, no puede invisibilizar los conflictos del mundo real. El documento final hace malabarismos diplomáticos “El comercio y las inversiones internacionales son motores importantes de crecimiento, productividad, innovación, creación de trabajo y desarrollo. Reconocemos la contribución que el sistema de comercio multilateral ha hecho para este fin”, dice aunque no convoca a luchar contra el proteccionismo.

Tregua de “gigantes”.
A pesar de que se creía que el encuentro entre los presidentes Donald Trump y Xi Jinping iba a quedar en un compendio de frases optimistas, finalmente alcanzó un acuerdo temporal para aliviar la “guerra comercial”. EE.UU. se comprometió a suspender por 90 días la aplicación de nuevos aranceles a las importaciones de China mientras que China prometió volver a adquirir productos agrícolas estadounidenses.
Para los analistas, lo único claro pareciera ser que el modelo de liberalización comercial gradual instrumentado a mediados del siglo XX para dejar atrás el proteccionismo que derivó en las dos guerras mundiales está en rediscusión, y por eso se puso el foco en la reforma de la OMC. ¿Estos escarceos son solo un reacomodamiento dentro del mismo esquema o un punto de quiebre que le abre las puertas a un escenario todavía desconocido?, se preguntan.
Los líderes tienen claro que este tipo de reunión tiene algún sentido solo si se llega a un mínimo consenso. Pocos días antes, el presidente francés Emmanuel Macron aseguró públicamente que “si no conseguimos acuerdos concretos, nuestras reuniones internacionales se vuelven inútiles”.
A Mauricio Macrì le fue mejor que a Justin Trudeau hace apenas un semestre, cuando Trump dejó la cumbre del G7 con insultos al joven anfitrión por sus desacuerdos comerciales; y que a la canciller alemana Angela Merkel, hace un año, en Hamburgo, cuando no se firmó un documento de consenso. En ese momento, Trump se negó a cualquier conciliación sobre el cambio climático, como prolegómeno al retiro de su país del Acuerdo de París. Diez días antes de la Cumbre, la comisión oficial estadounidense sobre el tema publicó un informe que enumera las catástrofes ambientales ya producidas y advierte las que se avecinan, en plazos que se acortan en forma dramática.
El documento señala que “los firmantes del Acuerdo de París reafirman que el Acuerdo de París es irreversible y se comprometen a su completa implementación”, y aclara enseguida que EE.UU. reitera su decisión de retirarse del Acuerdo de París y “afirma su fuerte compromiso para el crecimiento económico y accesos a energía y seguridad, utilizando todos las fuentes de energía y tecnologías al tiempo que protege el medio ambiente”.

“Olvido” por Malvinas.
Mientras los medios hegemónicas hablan de la cumbre como lanzadora de la reelección de Macri, Cecilia Nahón, profesora de la American University señala que la apuesta a los grandes respaldos internacionales no es nueva, pero no derivó ni en lluvia de inversiones ni en boom exportador, sino en endeudamiento, crisis económica y un plan de emergencia con el FMI. Los beneficios fueron para unos pocos especuladores, no para la mayoría de los argentinos.
Para nuestra región, un elemento importante es que parece haberse firmado el acta de defunción del Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, una de las apuestas del gobierno de Macri, que está a contramano de las actuales tendencias proteccionistas.
La primera ministra británica Theresa May y Macri hablaron de desarrollar un acuerdo de libre comercio, más allá de las limitaciones legales del Mercosur, que obliga a sus estados parte a negociar en forma conjunta con terceros países. Analizaron los caminos para profundizar una relación bilateral que gira en torno al eje que eligieron eludir: la explotación hidrocarburífera y pesquera del Mar Argentino y de la plataforma continental que rodea a las Islas Malvinas, sobre cuya soberanía el presidente argentino olvidó reclamar.
Mientras Trump, con un discurso unilateral, reafirmó su alianza regional con México y Canadá con el nuevo TLCAN, Argentina llegó sola a la cumbre, con una región dividida, habiendo debilitado el Mercosur, la Unasur y la Celac, en la falsa ilusión de que subordinándose a Estados Unidos o a Europa se avanzan los intereses nacionales. Pero el mundo de libre comercio que Macri imagina ya no existe más.

Entre dos fuegos.
Para Macri la doble dependencia de EEUU y de China es un problema complejo que la cumbre puso en claro. Su agenda de apertura y desregulación chocó con el movimiento opuesto de Trump, de cuyo sostén ante el FMI precisa para llegar con algún oxígeno al fin de su mandato.
Pero también necesita de las inversiones y los préstamos de China, cuya impetuosa presencia es la principal preocupación de “seguridad nacional” de Washington. China es un socio estratégico integral de Argentina, dijo el embajador de Macri en Beijing, que se esperanzó con la firma del acuerdo bilateral. De ellos dependen la construcción de dos usinas hidroeléctricas en la sureña provincia de Santa Cruz (por 4.300 millones de dólares); dos usinas nucleares (hoy paralizadas por las restricciones presupuestarias impuestas por el FMI) y un centro de observación satelital en Neuquén, que según EE.UU. tendría funciones militares. (Extractado de Tiempo Argentino).

(*) Economista e investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).