Gente nuestra sentiría estar mejor en el norte

Señor Director:
Al leer un artículo del escritor Mempo Giardinelli, a quien presto atención porque tiene un enfoque crítico del comportamiento de gobiernos y sociedad, me entero que ahora las argentinas que estén embarazadas tendrán oportunidad de ser madres en Estados Unidos.
Cuenta Mempo que hay una oferta de servicios de parto para tener hijos en dicho país. “Ejemplo de activismo vernáculo”, dice que es la oferta de servicios de parto que se conoció por un aviso “disfrazado de nota periodística” en La Nación del 20 de este mes, sobre la empresa “Sea mamá en Miami”, que ofrece servicios de parto para tener hijos allá. Conjetura Mempo que esos niños nacerán estadounidenses “como vía para que sus papás obtengan después el anhelado pasaporte”. La dificultad puede ser el costo, pues la oferta más barata es de 9740 dólares y de ahí para arriba. Supongo que habría que agregar los gastos de traslado de la parturienta y de su o sus acompañantes familiares.
Giardinelli supone que habrá muchos interesados. De concretarse la oferta estaríamos ante un desarrollo de otras muestras de preferencia por el escenario norteamericano, en particular la ciudad de Miami, en Florida, pues ya ahora el sueño de muchos papás es celebrar los quince años de su hija en dicha ciudad.

A principios del siglo pasado, no pocos argentinos (sobre todo los muy ricos) tenían sus ojos puestos en Europa, particularmente en Francia o Inglaterra. El caso más notable que mencionan las crónicas de ese tiempo es el de un director del diario aludido por Mempo, quien viajaba regularmente a Europa en barco, y, cuando tuvo hijos, hizo embarcar una vaca en la misma nave para que sus críos tomaran leche fresca durante la travesía, que demoraba no menos de unos quince días. Corrían los años en que algunos “cajetiyas” (escrito en lunfardo) porteños o bonaerenses, se hacían notar en los restorantes de París tirando “manteca al techo”. Esta frase no es simbólica, aunque llegaría a serlo: inicialmente daba cuenta de un entretenimiento de esos argentinos, que consistía en competir con sus compañeros de mesa por ver quién llegaba al techo con manteca puesta en un cubierto, al que había que golpear por el otro extremo, El que llegaba al techo, ganaba. Los mozos y los dueños del lugar de comidas no protestaban porque los muchachos no eran mezquinos a la hora de dar propina y reparar daños. Eran también los años en los que “París era una fiesta”, para la “juventud dorada” de los Estados Unidos, según el relato de Ernest Hemingway en el libro de ese título.

Los argentinos que cuentan con medios siempre han tenido voluntad de conocer Europa o cualquiera de los países de donde habían partido como emigrantes. Los más leídos podían hablar de “la necesidad de conocer sus raíces”, refiriéndose a las de sangre y las culturales. Con el paso de las generaciones y el hecho de que han cesado las grandes inmigraciones, esta justificación va perdiendo fuerza, pero siempre hay argentinos que tienen esa voluntad viajera que pueden satisfacer con recursos monetarios o con la audacia de los que se largan sin pasaje de vuelta. En este caso su escenario se ha ampliado y las motivaciones han variado. El planeta se ha reducido porque ha aumentado la velocidad de los viajes y hasta puede pensarse que los argentinos pudientes responden al mismo impulso interior que está haciendo que la era de las naciones entre en su ocaso hacia alguna forma de gobierno mundial.

La posibilidad de que se vaya a Miami o a alguna otra ciudad de los Estados Unidos para tener el hijo, registrarlo allí y volver puede no estar relacionada con las motivaciones que he mencionado ni con la que subleva el ánimo de Giardinelli. Más bien tendría que ver con una larga, intensa e ingeniosa acción de propaganda para atraer a adinerados de todo el mundo, al tiempo que se cierra con un muro el acceso de los desharrapados del “patio trasero”.

Atentamente: Jotavé

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