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Gobiernos liberales no se quieren ir ni con votos

PUNTO DE VISTA

(*) Nelson Nicoletti
Cuando se dice que los actuales regímenes de gobiernos liberales que polulan por América Latina rememoran a las peores experiencias conservadoras, incluye aquella vieja tradición del fraude patriótico y todo tipo de trapisondas para burlar la voluntad popular. Las maniobras diversas que vienen ejerciendo los ejecutivos neoconservadores para desplazar a los representantes populares no se fijan en gastos. Pueden adjudicarle un hijo trucho al Presidente Evo Morales en Bolivia hasta que unos días después de las elecciones la presunta madre reconoce que recibió un pago para mentir, o comprometer al FMI para que acomode sus estadísticas perjudicando a M. Bachelet en Chile, y reconocerlo después sin ponerse colorado, cuando el daño ya estaba hecho. O directamente trampeando en el escrutinio, como comprobaron los veedores internacionales en las recientes elecciones presidenciales de Paraguay, o promover el harto sospechoso «cambio» tipo traición de Lenin Moreno en Ecuador y ni que decir del escandaloso robo que le impidió a Andrés Manuel López Obrador en México llegar a la presidencia hace seis años: el olfato popular no quiso volver a correr a riesgos y hace unos días bandeó el cincuenta por ciento de votos para desalentar a la carroña que volvieran a trampearlo. Y hay más, incluyendo sospechas locales. Pero la tremenda realidad sigue golpeando, aunque no nos sorprende: el veto que acaban de aplicarle a Lula Livre para impedirle regresar a la presidencia de Brasil en octubre, solo es comparable a la larguísima proscripción que por casi veinte años sufrió el argentino Juan Perón. Destituyeron primero a la Presidenta Dilma, quien a las postres resulta la única limpia en el Lava Jato, y es reemplazada por Temer, amigo de Macri, más sucio que una papa con todos sus secretarios presos por corrupción. Lo dicho: no se quieren ir ni con votos. Las artimañas infinitas de expertos multidisciplinarios puestos al servicio de la trampa y la manipulación – que ya les ha dado varios resultados- pretenden dominar la escena para doblegar las genuinas pretensiones populares. Desde falacias dogmáticas, como que «no hay otra» , hasta el uso arbitrario del poder judicial o mediático, les sirven a los gobiernos liberales para retener o conseguir sus objetivos.( En nombre de la república y la moralidad, tan creíble como las bendiciones de los curas pedófilos.)
Vivimos democracias restrictivas, con demasiadas inversiones en la maquinaria represiva que necesitan para mantener políticas lesivas a las necesidades populares. No quieran insistir en recortar la participación de la ciudadanía. No cierren todos los caminos de expresión de la gente.

(*) Parlamentario del Parlasur.