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Golpe a golpe, verso a verso.

DOMINICALES

El gobierno saliente no sólo aplicó las recetas económicas de la última dictadura expulsada en 1983. También, al retirarse, ha hecho explotar el consenso democrático alcanzado en aquellos años, en los que la sociedad argentina, hastiada del horror y del desastre económico generados por aquel gobierno infame, se comprometió a nunca más abandonar el camino de la democracia. Curiosamente, uno de los actores principales de aquel consenso, la UCR, es parte del actual gobierno.

Bolivia.
El canciller vigente, en un discurso balbuceante, procuró explicar la decisión el gobierno nacional de no condenar el golpe de estado perpetrado en Bolivia hace dos semanas. Según su elucubración, «no están dadas las condiciones» para calificar la caída de Evo Morales como un golpe, por cuanto las fuerzas armadas no tomaron el poder. Si algún radical estaba escuchando, podría informarle al funcionario que aquí mismo y entre nosotros, hubo un golpe de estado en 1962, que derrocó a un presidente de la UCR, sin que las fuerzas armadas (enfrascadas como estaban en su conflicto de «azules» y «colorados») asumieran el poder. Un solícito vicepresidente, precursor de Temer, se hizo cargo del gobierno.
Desde luego, eso de que las FFAA bolivianas no están en el poder es, cuanto menos, una afirmación ingenua. La minúscula fuerza política que aportó la «presidente» actual, sin sesión del Congreso que la avale, carece de todo poder efectivo, y sólo descansa en la fuerza de las armas.
En cuanto al capitoste militar que le «sugirió» la renuncia al presidente constitucional boliviano, sólo le faltó posar una pistola sobre el escritorio para que su mensaje extorsivo quedara claro del todo.

Vale todo.
A esta altura no deberían caber dudas de que a las elites latinoamericanas les importa un bledo el sistema de gobierno, mientras les garanticen las políticas económicas necesarias para seguir incrementando sus ganancias, y seguir profundizando el esquema económico que hace de Latinoamérica el continente más desigual de todo el mundo, Africa incluida.
Esa es la explicación por la cual las elites brasileñas, complicadas hasta la médula en la maniobra de «lawfare» que quitó del medio a Lula en la carrera presidencial, toleran perfectamente la entronización de un fascista delirante como presidente. Y ya que estamos en Brasil, he ahí un ejemplo de que la alternancia en el poder y la morigeración de los personalismos (a diferencia de lo ocurrido en Bolivia) tampoco es una garantía de que las fuerzas conservadoras respeten la institucionalidad.
Entre nosotros, las señales de este comportamiento están a la vista. La derecha todavía no digiere que la experiencia de un gobierno constitucional que vino a instaurar sus políticas preferidas, haya terminado en tan catastrófico desastre. Tanto, que afectó los intereses de la propia clase dominante, depreciando sus patrimonios y empresas, cuando no haciéndolos desfilar por tribunales en la causa de los «cuadernos».
Está claro que la resistencia a cualquier atisbo de políticas distributivas del ingreso será resistido en forma frontal y sin reparar en medios. Un buen ejemplo es un infame artículo publicado esta semana por La Nación, dando cuenta de una supuesta encuesta según la cual las mayorías latinoamericanas ya no preferirían a la democracia como sistema de gobierno. Si eso no es preparar el clima para un golpe…

Fue golpe.
Por eso es tan importante dejarse de tontear y zanjar de una vez este debate absurdo sobre si lo ocurrido en Bolivia fue un golpe o no. Aquí ni siquiera se intentó un simulacro legal, como en Paraguay o Brasil. Aquí hubo y hay fuerzas de seguridad disparándole a la gente en la calle (la cuenta de muertos aumenta día a día) y hasta las propias autoridades democráticas corrieron serio peligro de vida.
Y este no es un problema exclusivamente boliviano: afecta a toda la región. Como en el famoso dicho de Bertolt Brecht, cuando vengan por nosotros, si nos hacemos los distraídos con la suerte ajena, será demasiado tarde.
Hay un plan para llevarnos al pasado. El pensamiento político del presidente brasileño, por ejemplo, no ha evolucionado un ápice desde que la dictadura militar -a la que él pertenecía entusiasta- gobernaba allí hace cuarenta años. En cuanto al presidente norteamericano, está visto que su política consiste en no respetar consenso ni evolución algunos: si está dispuesto a dinamitar los acuerdos nucleares con Rusia, o hasta la misma OTAN, ¿qué perspectivas hay de que respete el consenso democrático latinoamericano, si éste se opone a las ganancias de las multinacionales?
Por eso resulta tan doloroso que una valiosísima intelectual argentina, cuya palabra polémica es siempre bienvenida, se haya prendido a esta tendencia negacionista del golpe, sólo por considerar que Evo Morales merecería esa suerte, por machista y autoritario. Son defectos que seguramente se pueden debatir. Lo que resulta innegable es que las mujeres bolivianas, y en particular las mujeres indígenas, que habían elevado su condición social en estos años, estarán mucho peor bajo este régimen de balas y crucifijos.

PETRONIO