Hace 80 años

Hoy se cumplen ochenta años del inicio de la Guerra Civil Española, un acontecimiento que afectó al mundo -también a la Argentina- por varias razones. En principio porque la España de 1936 era un país atrasado que, aspirando a una superación de sus formas de vida, retrógradas y ultraconservadoras, había constituido por primera vez en su historia una república de principios igualitarios, acorde con los avances democráticos que se imponían en buena parte del planeta.
El Frente Popular, que había ganado las elecciones, abolió la monarquía, implantó la reforma agraria y la educación laica, otorgó derechos a las mujeres y a los trabajadores y, quizás lo más significativo, separó la Iglesia Católica del Estado. Todo ello en un clima de notable altura intelectual que trascendía al mundo.
La ilusión duró poco. El 17 de julio de aquel año el general Francisco Franco, instalado en Marruecos, se sublevó contra la república. El líder de ese golpe, el general Sanjurjo, había muerto poco antes en un accidente aéreo. La moderna historiografía duda del azar de ese accidente, especialmente si se considera que los otros jefes militares que podrían haberle disputado el mando a Franco, murieron en poco tiempo, también en circunstancias sospechosas.
Los franquistas tuvieron dudosos comienzos pero fueron apoyados por los regímenes fascistas de Alemania e Italia que le dieron supremacía bélica y permitieron un exitoso avance dentro del territorio español, con un aterrador desprecio por la vida de los civiles. Vaya como ejemplo que todavía se conmemora anualmente en Málaga la masacre causada por la aviación franquista sobre la población que abandonaba la ciudad, que algunos historiadores estiman superior al centenar de miles de personas. Algo similar ocurrió con la ciudad vasca de Guernica, lejana de cualquier frente de batalla.
El apoyo de Hitler y Mussolini permitió a los franquistas conquistar la mayoría del territorio peninsular, con la excepción de Madrid, la capital, que resistió heroicamente hasta el fin. También afianzó al fascismo como fuerza relevante en un mundo donde Occidente veía el avance de las ideas de izquierda cada vez con mayor desconfianza, tanto que poca o ninguna ayuda prestó a la naciente república amparándose en el concepto de “no intervención”. Solo la entonces Unión Soviética suministró apoyo en armas a los republicanos. De hecho, para muchos historiadores la Guerra Civil Española fue un prólogo a la Segunda Guerra Mundial, cuando se desataron a escala global las fuerzas que actuaron en España.
No ocurrió lo mismo con gran cantidad de personas de todo el mundo (incluídos alemanes e italianos que se oponían a las dictaduras de sus países) que crearon las recordadas Brigadas Internacionales, y marcharon a defender la república. Nuestro país, de abundante inmigación española, aportó un buen número de brigadistas en tanto la comunidad ibérica quedó dividida por muchos años.
Semejante disparidad de fuerzas, sumadas a las disputas internas que los republicanos no lograron superar, terminó con la derrota de la república, seguida de un avasallamiento sobre los derechos humanos como pocas veces se vio en la historia. Cálculos prudentes estiman en más de medio millón la cantidad de muertos y exiliados.
Después de la Segunda Guerra Mundial quienes confiaban en la caída del nuevo régimen español -que había sido prácticamente un aliado de Hitler- se vieron defraudados. El afán de Estados Unidos por frenar a la Unión Soviética y la habilidad de Franco para reacomodarse en el nuevo escenario político permitieron la perduración de su régimen por muchos años, con algún leve maquillaje democrático.
En la perspectiva de las ocho décadas transcurridas, acaso sirvan para entender aquella tragedia dos expresiones sintéticas y expresivas: la del general franquista Millán de Astray que finalizó un discurso gritando “Viva la muerte”, y la réplica del pensador republicano Miguel de Unamuno: “Venceréis pero no convenceréis”.

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