Historias con perros o una triste despedida

Señor Director:
Asistimos a una tan larga como dolorosa despedida y damos cuenta de ella viviendo o escribiendo historias con perros.
No hay fecha conocida acerca el comienzo de la relación hombre-perro. No fue fácil llegar hasta ella porque el perro como el lobo, puede haber aparecido como un enemigo de los primeros criadores y cuidadores de rebaños, cuando el hombre preparaba su etapa de vida sedentaria, cerrando el capítulo de su marcha hacia lo desconocido. Por alguna combinación de circunstancias, ambas partes llegaron a la conclusión de que les era conveniente formalizar alguna forma de asociación. Ya se sabe, pues sigue a la vista, que el hombre se reservó la iniciativa de decidir cuándo, cuánto y hasta dónde le era conveniente esta relación de amo y esclavo.
Vuelvo al tema abordado en mis ensayos ante sucesos recientes que se han dado en Santa Rosa. Uno de ellos, es el caso de la frecuencia de envenenamiento de perros, que no se da solamente en esta ciudad sino en toda la provincia y presumiblemente en gran parte del país. Esta vez, luego de leer la noticia, he quedado preguntándome cuál es el papel del mataperros y los motivos que cree tener para asumir tal trabajo. Dado que usa generalmente veneno, sería interesante saber si ha pensado en la o las posibles trayectorias del veneno y si ha imaginado qué hará el niño que encuentra muerto a su compañero de juegos. Las camaraderías niños-perro comienzan temprano y suelen durar lo que la niñez, al menos en su expresión desprejuiciada. El niño no parece traer prejuicios innatos que lo lleven a la discriminación. En su estado de inocencia puede correr y crear peligros ciertos, pero también vivir una fraternidad total con la vida en cualquiera de sus expresiones.
Días atrás hablé de mi experiencia con respecto a niños blancos y de color, que juegan porque no sienten que la coloración de la piel sea excluyente. De este ejemplo y muchos otros infiero que los prejuicios son elementos culturales trasmitidos por los adultos. Desde el siglo pasado se hacen cada vez más frecuentes los relatos de una relación entrañable. Desde el novelista norteamericano que hizo uno que tituló Viajando con mi perro (John Steinbeck) hasta una serie de cuentos o relatos cortos de autores españoles que conmueven. Me pregunto si esta frecuencia de relatos significa algo más de lo que se expresa. Que sea una forma de despedida, porque nos hemos hecho ciudadanos y la mayoría creciente ocupamos viviendas con el espacio acotado, sin patios, al tiempo que los baldíos son sitios de buscar con lupa y billetera abultada. A la vez, la población rural decae rápidamente en número. Y la ciudad muestra cada vez más perros a los que llaman vagabundos, cuando se debería decir que viven “en situación de calle”, incluso como tantas personas en las urbes
En esta situación informamos que cuatro adolescentes entablaron una relación de camaradería con uno de esos canes, al que llamaron Dakota y que ninguno de ellos parece haber pensado siquiera hacerle un lugar en su casa. “Comprensivo”, Dakota aceptó acompañarlos día a día a su lugar de juegos, luego de lo cual cada uno volvía a su casa o a su ámbito público (en el caso de Dakota). El can, que había sido operado recientemente, con el costo a cargo de los muchachos, atacó o se mostró agresivo con un vecino mayor de edad y éste provocó la intervención municipal y la “internación” del perro en condiciones que le reabrieron la herida de la operación y no tardó en morir. Los muchachos llegaron hasta el lugar municipal, pero no se lo entregaron. Sí lo dejaron ver y, cuentan, Dakota los recibió con lágrimas. Cuando los adolescentes retornaron con una persona mayor para retirarlo, supieron que Dakota había muerto y fue arrojado en el relleno sanitario, donde habrá tenido su muerte por incineración como los hindúes, cuyas cenizas luego son lanzadas al río sagrado.

Valga una lágrima.

Atentamente:
Jotavé