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Hurgando en la historia

DOMINICALES

Para una propuesta política que vive reiterando la necesidad de “mirar para adelante” y dejar atrás el pasado -sobre todo cuando involucra cuestiones de derechos humanos- resulta curioso lo frecuente que es, en el discurso oficial, la apelación a la historia. Lástima que en esta materia, casi tanto como en economía, están bastante flojos de papeles.

Equipo.
No habían asumido que ya se jactaban de ser “el mejor equipo de los últimos 50 años”. Ya hemos visto lo que pasó con ese “dream team” de gerentes: quedaron muy pocos, y ninguno se salva del aplazo. Sin embargo, lo curioso es que en 2015 se apelara al dato de los 50 años, lo cual nos retrotraía a 1965, época del presidente radical Humberto Illia, el cual, para los estándares del gobierno actual, no pasaría de la calificación de “populista”.
Acaso la referencia intentaba colocarse más cerca, en 1966, con la asunción del golpista Onganía, con su super-ministro Krieger Vassena. Un gobierno no de CEOs, sino de cursillistas católicos (un obispo suspiraba, irónico, preguntando “cuándo van a designar a algún pecador”).
Ahora la cantinela histórica se remonta un poco más lejos, 70 años atrás (el presidente a veces se sale de libreto y habla de 60 años). Se supone que es la cantidad de tiempo que el país viene haciendo las cosas mal. Ahí el dato histórico parece más claro. Si esta gente asumió en 2015, las siete décadas nos colocan en 1945, año del nacimiento del peronismo. Esto es, del populismo que tanto hace “calentar” a la actual administración.
Conforme esta “visión histórica”, hasta 1945 todo iba de parabienes, no había malos gobiernos ni corrupción. Aunque cualquier libro sobre el período -por ejemplo, una biografía de Lisandro de la Torre- parecería indicar lo contrario.

Proceso.
Del mismo modo podría decirse que el actual gobierno trae un fuerte deja-vu de 40 años atrás: 1975, cuando en el gobierno de Isabel Perón se produjo el mega-ajuste conocido como “Rodrigazo”, que descalabró la economía y preparó el terreno para el golpe del año siguiente.
Y aquí las similitudes son notorias, como puede verse cotejando la política del actual gobierno con los “doce puntos” del programa anunciado por el ministro procesista Martínez de Hoz en su discurso del 2 de abril de 1976: eliminación de controles de precios y cambiarios; liberación del comercio exterior, eliminando impuestos a las exportaciones y prohibiciones a las importaciones; liberación de las tasas de interés, reforma financiera, eliminación de controles a los alquileres, de las “tarifas políticas de los servicios públicos” (esto es, de los subsidios). Y finalmente, la libertad de contratación (a la baja) de los salarios y la libertad para las inversiones extranjeras.
Como se ve, el programa es idéntico, incluso en la permanente invocación a la “libertad”, concebida únicamente como atributo de las grandes corporaciones económicas.
En realidad, lo que enseña la historia es que -con la salvedad de la crisis de 1989, que se cargara al presidente Alfonsín- los grandes estallidos económico-sociales sufridos durante el último medio siglo fueron producto del saqueo neoliberal: el fin del Proceso, la crisis de 2001, y la actual.

Mazmorras.
Y ya que la retórica oficial nos lleva a las comparaciones históricas, es casi imposible no relacionar aquella perversa categoría inventada por Videla, la de los “desaparecidos”, con la actual figura, no tan trágica pero no menos perversa, de los “arrepentidos”.
¿Exageración? Puede ser. Pero piénsese: un “arrepentido” es un enemigo capturado (bien que a través de la aplicación de lo que Zaffaroni llama el “Derecho Penal del Enemigo”). Un desgraciado al que se somete al encierro por un plazo indefinido, donde se le administra una buena dosis de tortura psicológica, con el fin de que delate a los suyos. Incluso se da también, en los interrogatorios, el dato perverso de que el prisionero no sabe lo que tiene que decir para apaciguar a sus carceleros.
Claro está, esta figura del “arrepentido” fue creada por ley. De hecho, uno de los autores de esa ley, actual precandidato a presidente “opositor”, anda diciendo ahora que habría que modificar la ley, porque ve que se la aplica mal. Aparentemente también él está arrepentido.
Acaso se refiera a que ahora han aparecido “arrepentidos” que empiezan a comprometer al establishment. No por nada uno de sus voceros acaba de publicar un artículo bastante capcioso intitulado “El problema del uso político de los arrepentidos”. El sabe de lo que habla. Hasta diciembre de 2015, estaba procesado por integrar una asociación ilícita dedicada al espionaje político.

PETRONIO