Inesperado desaire a nuestro país

Como se dijo ayer en esta columna, no son buenas las primeras señales que envía a nuestro país el electo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Primero fue su futuro ministro de Economía quien advirtió que el Mercosur “no es una prioridad” para la próxima administración, y a las pocas horas llegó otro gesto aún más preocupante. El nuevo mandatario no viajará a la Argentina en su primera salida al exterior rompiendo así con una tradición de fuerte arraigo entre los presidentes brasileños para convalidar las buenas relaciones de vecindad y los sólidos lazos económicos que unen a ambos países.
Bolsonaro dejará esperando a su par argentino porque visitará primero a Chile y luego a Estados Unidos e Israel en un giro que confundió al gobierno macrista y dejó a la Cancillería sin palabras luego de haber saludado con entusiasmo su triunfo electoral y de contribuir a mejorar su imagen internacional al calificarlo, apenas, como un representante de la “centro-derecha”.
Pero hay más. Ayer la cancillería de Colombia salió a desmentir una noticia publicada en uno de los diarios más importantes de Brasil, Folha de Sao Paulo, que afirmaba que el presidente de ese país, Iván Duque Márquez, había acercado a Bolsonaro un plan para derrocar al gobierno del venezolano Nicolás Maduro. Es obvio que una información de semejante calibre y publicada en un medio tan influyente no iba a quedar sin desmentir, pero no pocos analistas señalaron que se trata de dos expresiones de la derecha extrema sudamericana, con vínculos muy cercanos a Estados Unidos (Trump no ocultó sus simpatías por Bolsonaro y lo llenó de elogios), país que tiene apuntado a Maduro y no ahorra operaciones que cuentan con fuerte respaldo económico proveniente del presupuesto de Washington. La prioridad que el nuevo presidente brasileño le otorgó a su viaje al país del norte no es, precisamente, una señal para tranquilizar a la región.
La elección de Brasil provocó un sacudón en el tablero latinoamericano y Argentina fue el primer país que lo sintió. Esta región es, por ahora, una de las pocas del mundo que no contiene conflictos bélicos. ¿Esto también cambiará? La pregunta puede parecer alarmista pero en vista de la ideología extrema de Bolsonaro, puesta de manifiesto durante la campaña presidencial -es decir, en momentos en que un dirigente trata de “cuidarse” ante el electorado-, su inocultable afinidad con Trump y con otros presidentes de la región con parecido ropaje político, no es como para dormir tranquilos.
Hace apenas unos años, antes de que la restauración conservadora desalojara a los gobiernos progresistas de América Latina, el Mercosur y la Unasur, funcionaban en el terreno económico y político como grandes foros para atenuar diferencias y proyectar coincidencias. Hoy cambió todo. Esas instancias languidecen y son apenas recuerdos del pasado. Y, para peor, la renovada ofensiva de Estados Unidos para reverdecer su hegemonía está en pleno auge.
Que los países sudamericanos se empiecen a mirar con recelo y que vuelvan a priorizar sus relaciones “con el mundo” -eufemismo neoliberal ya conocido por los argentinos- es otro retroceso para la región.