Irónicamente dan ganas de decir: volvé Aranguren

LA SEMANA POLITICA

En estos días se sabrá la inflación de septiembre, pero los pronósticos dan 7 por ciento. Y en abril seguirá la espiral hacia arriba, entre otras cosas por nuevos tarifazos del gas. Si dan ganas de decir “volvé Aranguren”.
SERGIO ORTIZ
Los documentos reservados de Hacienda admitían una inflación del 42 por ciento para este año. Nicolás Dujovne no quería hacerse cargo de ese muerto y dijo que eran papeles de trabajo. Su contenido se divulgó en medio de la trabajosa negociación del nuevo acuerdo con el FMI (trabajosa no desde el macrismo, siempre dispuesto a hacerlo todo fácil para la entidad, sino por diferencias en el buró con las representaciones de Alemania y Francia).
Después se naturalizó ese pronóstico del 42 por ciento, aunque los padres de esa horrible criatura prefirieron no usar más esas variables, al cabo de su enésimo fracaso.
La realidad parece ser nuevamente peor que el más impiadoso de los pronosticadores, porque los enviones de inflación de agosto y septiembre, al compás de las devaluaciones, elevaron ese piso al 45 por ciento o más. Total, qué le hacen 4 o 5 puntos más a un auténtico desastre…
A pesar que están secando la plaza (léase los bolsillos de la gente, sus cuentas sueldo y ahorros) por la succionadora de pesos del Banco Central, ofreciendo tasas locas del 74 por ciento, la recesión sigue su curso. Y según el informe del Banco Mundial, marcará a fuego todo este año y 2019, que para el gobierno tendría un segundo semestre casi floreciente, como suele pontificar en sus pifias memorables.
Para la entidad, el Producto Bruto caerá 2,5 por ciento este año y 1,6 el siguiente, cuando el brujo Dujovne adivinaba 2,4 y 0,5 respectivamente. Ninguno de los dos es una fuente confiable, pero el que más falla es quien vivía en un terreno baldío del barrio de Belgrano.
Si en las condiciones del capitalismo dependiente lo menos malo es que la economía crezca con alguna inflación, como ocurrió durante los años del kirchnerismo, lo del gobierno actual, sobre todo en 2018, es lo peor de lo peor: más recesión y caída de la actividad económica, y al mismo tiempo una inflación galopante. La plata no está. Tiene gran actualidad el viejo tango: “¿Dónde hay un mango que los financistas, ni los periodistas, ni perros ni gatos, noticias ni datos de su paradero no me saben dar?”
En realidad sí se sabe dónde están parte de los billetes. El 13 de septiembre pasado, el informe del BCRA dijo que “los bancos anotaron en julio una ganancia de 14.624 millones de pesos, contra los 8761 millones registrados en igual mes del año pasado. Se trata de un incremento del 66,9 por ciento”.
La otra parte de los billetes, la mayor y sobre todo los de verde color, se fugaron entre fuga propiamente dicha, pago de intereses de la deuda, giro de utilidades, déficit comercial y turismo. Para los argentinos de pie, ese tango que cantaba Tita Merello tiene una actualidad total.

Privilegios de CEOs.
Desde el fatídico 10 de diciembre de 2015 Mauricio Macri dejó en claro que venía con un plan de mayor concentración, extranjerización y parasitismo de la economía. Él mismo y un gabinete plagado de empresarios iba a garantizar que ese libreto se ejecutase, con sus aliados mediáticos y judiciales, sin olvidarse de la mano que iban a darle los amigos del PJ a nivel de parlamento y provincias.
Como la Argentina está muy yanquilizada, en rigor es un proceso que viene de muchos años, a esos ejecutivos sobre los que ironizaba María Elena Walsh se los conoce como CEOs (Chief Executive Officer). Y esa corporación monopolista está alineada con este gobierno, más allá de críticas menores de la Asociación Empresaria Argentina por algunos impuestos que deben empezar a pagar los industriales exportadores y los relinchos de la Sociedad Rural por el mismo tema en granos.
Ese apoyo se vio en la declaración del Foro de Convergencia Empresarial, donde están las entidades del gran capital nacional y sobre todo extranjero, incluyendo la AmCham (Cámara de Comercio Americana), respecto al segundo acuerdo con el FMI y la vergonzosa obligación autoimpuesta de achicar el gasto público hasta llegar al déficit fiscal primario cero en 2019. Quieren ocultar que la balanza de pagos será altamente deficitaria, sobre todo por los pagos de los intereses de la deuda externa, ahora agrandada por el acuerdo plus con madame Christine Lagarde.
Esos personajes no dan puntada sin hilo. Cada elogio es la devolución de los negocios que Balcarce 50 les asegura, a precio dólar. Por ejemplo, así se explica la resolución por la cual los argentinos deberán pagar retroactivamente, a partir de enero de 2019 y en 24 cuotas, la diferencia del precio del dólar que “afectó” a las empresas distribuidoras del gas, que “perdieron” frente a las empresas productoras.
Los consumidores, que en el mejor de los casos perciben sus ingresos en pesos, deben indemnizar a las gasíferas, que tienen dolarizadas sus tarifas gracias a Macri y Juan José Aranguren (Shell), luego reemplazado por Javier Iguacel (Pluspetrol). La decisión pro-monopolios la adoptó este último. De allí la ironía de que dan ganas de decir “volvé Aranguren”. Así las tarifas del gas aumentarán más del 50 por ciento.
Un ejemplo bien político de los privilegios de los CEOs se vio esta semana con la citación de Paolo Rocca, el capo de Techint, en la causa de los Cuadernos. Otro directivo suyo, Luis Betnaza, admitió que pagó un millón de dólares de coima al gobierno anterior para favorecer el trato de Venezuela hacia Sidor, la firma controlada en el Orinoco. Rocca se lavó las manos. Ni él ni Betnaza estuvieron un día preso. Ni siquiera fue imputado. Es algo muy parecido a la impunidad de don Franco Macri, dueño de Iecsa hasta 2007, involucrada en varios pagos de coimas para ganar obras públicas. De Mauricio ni hablar…
Esta vez no suena un tango sino versos del Martín Fierro: “Hacéte amigo del juez; no le des de que quejarse; y cuando quiera enojarse vos te debés encoger, pues siempre es güeno tener palenque ande ir a rascarse”. Aclaración obvia: no se encogió Rocca sino Bonadío y Stornelli.

Carrió alocada.
La diputada de la Coalición Cívica fue noticia no por papelonear con que el dólar se iba a quedar en 20 pesos sino por sus ataques contra Germán Garavano.
¿Qué pasó? El ministro de Justicia hizo declaraciones para hacer algo más restrictivo el uso de las prisiones preventivas, hoy empleadas a destajo en todas las causas que tienen de procesados a exfuncionarios K. Y en lo que Carrió entendió como una defensa directa de Cristina Fernández de Kirchner, Garavano dijo que no era bueno para un país que un expresidente estuviera preso.
En rigor no quedaba claro si esa opinión era una indirecta a favor de CFK o de Carlos Menem, cuyo caso había entrado en fase final de resolución, con un final que ahora se comentará.
Lo cierto es que la desbocada diputada embistió contra el titular de Justicia y dijo que le promovería juicio político, que un equipo de sus colaboradores estaría preparando pero aún no ha sido presentado en Tribunales.
Las dos partes involucradas del gobierno de Cambiemos están interpretando un rol supuestamente decente, sin serlo. Garavano simula preocupación por guardar las formas del Estado de Derecho y la defensa en juicio, totalmente vapuleadas por el gobierno que él representa en el ámbito específico. Para este cronista en el fondo aquél defendía indirectamente al hombre de Anillaco y no a Cristina, a quienes casi todos los dirigentes del oficialismo quieren ver presa y arruinada, política y personalmente.
Carrió simula ser la vestal de la República, un vestido que le queda muy grande pese a su generoso formato cárnico. Sobre todo le queda grande en política: quien es dirigente de un gobierno ajustador y endeudador serial no lava sus culpas pidiendo dar limosnas, que además no siempre da.
Se dirá que el conflicto puede favorecer a Macri en la medida que es árbitro de esa contradicción y llamó a la calma a ambos contendientes. La pelea interna, sumada al desgaste propio del ajuste que deja un tendal de víctimas entre desocupados, ajustados y pobres, hace que el gobierno siga perdiendo apoyos y eventuales votos de 2019.
Esas heridas internas son agujeros por donde pierde presión la gestión, nacen resentimientos, se generan operaciones de prensa y fomentan el cabarute interno. No es la causa del descrédito macrista, que viene desde sus fracasos en el frente económico. Ver el viernes en Intratables un archivo de las falsas promesas de Macri relativas a la pobreza cero, la inflación y otros temas, da una pauta de su decadencia política.
Que lo de Carrió sea cercano a la locura, no quita que justamente a veces los locos dicen la verdad o parte. Por ejemplo, la Cámara de Casación absolvió y salvó de la cárcel a la momia llamada Carlos Saúl y que últimamente votó todo lo que le trajeron Miguel Pichetto y Federico Pinedo, en otra muestra de degradación de la justicia.
A Menem, condenado a prisión, querían salvarlo y lo lograron. A Cristina, procesada sin juicios ni condenas, casi todos ellos la quieren presa como Lula. Eso anhelan desde Macri a Pichetto y Urtubey, incluso con el voto del de Anillaco si ese día pueden vestirlo y sentarlo en la banca sin que se haga popó.