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La balada de Julian Assange

DOMINICALES

Con la detención producida esta semana en la embajada ecuatoriana en Londres, se agrega un nuevo capítulo a la saga de Julian Assange, que como la de los bandidos románticos de la Edad Media, debería ser cantada por los juglares (aunque en nuestra época ya no empleen laúdes sino sintetizadores). La saga está lejos de terminar. Se anuncian largos años de un proceso de extradición en el que -a no dudarlo- la defensa alegará que la acusación esta políticamente motivada, y los jueces ingleses deberán extremar su cinismo para hacerse los que no ven lo evidente.

Robin.
Es válida la comparación con este personaje mítico (Robin Hood, no el de Batman) ya que Assange y su agrupación Wikileaks se han dedicado a robarle a los poderosos el bien más preciado del siglo 21 -la información secreta- y distribuirlo democráticamente entre los pobres ciudadanos del mundo. En esto no puede ser más acertado el contraste que se hace con Mark Zuckerberg, el dueño de Facebook, quien por el contrario se dedicó a robar información sensible de los pobres ciudadanos para vendérsela a los poderosos.
Y aquí aparece una primera paradoja: La información de Facebook, vía Cambridge Analytica, sirvió para montar la red de noticias falsas y manipulaciones varias en que se basó la campaña electoral de Trump. Y resulta que el propio Assange, también, está acusado de haber ayudado a la campaña del anaranjado presidente de EE.UU., colaborando con los rusos en ventilar información secreta de Hillary Clinton y su Departamento de Estado. En su caso -de ser cierta la versión- la motivación no habría sido el dinero, sino una ideología libertaria, acaso anárquica, que le señalaba a la Clinton como parte del establishment, y a Trump como un elemento antisistema.
Sería toda una ironía que, después de haber colaborado en su entronización, sea la propia administración Trump la que se encargue de encarcelar -y acaso ejecutar- al “hacker” más famoso del mundo. Moraleja: nunca le apuestes al millonario.

Prensa.
En un raro momento de lucidez, el actual gobierno norteamericano acertó en acusar a Assange no por haber publicado su información clasificada, sino por la maniobra delictiva de la que se valió para obtenerla, esto es, la ruptura de los códigos de encriptamiento que protegían esa información. Lo que en la jerga informática se llama “hackear”.
De este modo, aunque todo el mundo esté un poco inquieto con la situación, la prensa de EE.UU. no ha podido denunciar una violación a sus derechos, ya que lo que se discute no es la publicación en sí, sino el método de su obtención: el robo, aún electrónico, y el delito en general, no son considerados métodos legítimos de obtener información.
A ningún periodista norteamericano serio se le ocurriría expresar su “solidaridad” con un colega acusado de integrar una asociación ilícita dedicada al espionaje ilegal, la extorsión y el armado espúreo de causas judiciales en base a pruebas fraguadas.
El que tampoco debería estar tan tranquilo es el propio Trump, que puede terminar abriendo una caja de Pandora, si en el enjuiciamiento a Assange, éste comienza a ventilar información que pruebe el complot ruso en las elecciones presidenciales de 2016.

Derrame.
Aunque la figura de Assange haya sido vilipendiada llegando a niveles miserables, cuestionando hasta su higiene personal y sus hábitos sexuales, resulta innegable que la transparencia informativa se ha beneficiado inmensamente por la actividad de Wikileaks: una organización que se jacta justamente de jamás haber publicado una falsedad.
Así es como pudimos ver en internet, filmada por las propias fuerzas armadas estadounidenses, la ejecución de civiles en Irak, o la de combatientes en clara actitud de rendición. Esos episodios sólo pueden ser calificados como crímenes de guerra, y el ex candidato al Nobel de la Paz Julian Assange tiene derecho a sostener que tales delitos son infinitamente más graves que el “hackeo” de computadoras.
Si hasta los argentinos, aquí en el fin del mundo, nos vimos beneficiados por las revelaciones de Wikileaks, particularmente, la de los cables emanados de la embajada norteamericana en Buenos Aires. Así nos enteramos del grado de patriotismo de varios de nuestros dirigentes más preclaros. Mauricio Macri, pidiéndole a los yanquis que impongan sanciones al país para debilitar al gobierno de CFK. Sergio Massa, hablando pestes de ese mismo gobierno, que todavía integraba, ante la mirada atónita de los diplomáticos del Norte. O el entonces poderoso ministro Julio de Vido, explicando que prefería tratar con empresas norteamericanas porque eran más “eficientes y honestas”. ¿Se referiría a Paul Singer, el “buitre” que llevó al país al default, y propició la incineración de pruebas comprometedoras en el incendio de Iron Mountain?

PETRONIO