La balada del pájaro Dodo

Recordamos al pájaro Dodo no por su belleza -seamos francos, era un bicharraco bastante fulero- sino porque es uno de los primeros casos de una especie animal cuya extinción pudimos relacionar directamente con el accionar humano. No contentos con ello, y lejos de asumir nuestra responsabilidad, construimos una leyenda negra según la cual el Dodo habría sido un animal bastante estúpido, tal como se puede ver en la película “La era de hielo”.

Mauricio.
En realidad, en el mundo biológico no existe la estupidez, sino el éxito o fracaso basados en la adaptabilidad. El Dodo -un pájaro que medía un metro de altura, pesaba unos 23 kilos, y era incapaz de volar- fue en realidad una especie bastante exitosa dentro de su ecosistema, hasta que llegaron los exploradores humanos a la Isla Mauricio, en el Indico africano.
Cuentan las crónicas de los holandeses que “conquistaron” la isla, que la carne de Dodo era incomible. Lo cual no les impidió cazarlo a mansalva, o deportarlo en masa hacia Europa, por pura diversión. Muy pocos llegaron vivos a destino. En síntesis, lo mismo que los holandeses hicieron poco después con los esclavos africanos (¡teléfono, Máxima!).
Y es así. A todos nos gustan los holandeses contemporáneos, con su don de gentes, su fútbol vistoso, su gusto por las bicicletas y el humo recreativo (dicen que el único lugar del mundo donde hay más ciclistas drogados que en Amsterdam es el Tour de France), pero todos tenemos un pasado oscuro más cerca o más lejos.
Hablando de eso, y por si al lector le llamó la atención el nombre, aclaramos que la isla Mauricio es hoy, efectivamente, un paraíso fiscal.

Isleños.
Existe un capítulo de la biología dedicado a estudiar estas singulares criaturas que la evolución permitió desarrollar en territorios insulares. Los ejemplos son numerosos, y no todos estos animales perecieron al llegar el ser humano. Cerca de Mauricio, en Madagascar, pululan los adorables lémures. En Australia, por supuesto, los canguros y koalas. En Indonesia están los dragones de Komodo, que no sólo sobrevivieron al homo sapiens, sino que además lo incorporaron a su dieta. Es uno de los pocos animales que nos aprecian, pero no por los motivos que nos gustaría.
Y después está la larga lista de animales extintos, muchos de ellos -sabemos hoy- por influencia humana. En Australia, por ejemplo, no quedó ni uno solo de todos los grandes mamíferos que poblaban esa isla-continente. Como los más cercanos mamuts, casi seguramente su extinción se debió a que la caza intensiva a que los sometimos no les permitió mantener poblaciones viables, dado su largo ciclo de reproducción.

En aquel entonces no teníamos forma de saberlo. Hoy no hay excusa. Hoy sabemos que somos nosotros los responsables, y a veces actuamos con la estupidez que pretendemos endilgarle al pobre Dodo.

Ex-tintos.
Esta semana tuvimos varios ejemplos de este comportamiento extraño. En Brasil, luego de que triunfara en las elecciones presidenciales un candidato notoriamente racista, intolerante, misógino y homófobo (fascista, bah) los “mercados” respondieron el lunes con un espectacular alza de casi el 5 por ciento en las acciones. Si estos señores dejaran de ocuparse exclusivamente de hacer dinero por un momento, y leyeran, por ejemplo, el período histórico de Alemania en la década de 1920, sabrían que no tienen nada que festejar.
El mismo día en Nueva York, el Comité Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas, emitió un preocupante informe según el cual tenemos apenas 12 años para modificar drásticamente nuestro sistema energético, si queremos impedir que la temperatura global suba más de dos grados centígrados. ¿Qué hicieron los grandes responsables del mundo? Absolutamente nada. No se enteraron en Wall Street, uno de los lugares del planeta que primero se inundará sin remedio ante la suba del nivel de los mares. No se enteraron ni con el paso del huracán Michael que arrasó la Florida. El presidente de EE.UU., lejos de limitar el uso del petróleo, ahora apoya fervientemente además el del carbón.
Bien visto, físicamente hablando, Trump se parece bastante a un Dodo. Sobre todo desde que se ha embarcado en una guerra comercial contra China, que tiene al mundo en vilo, y mantiene enfervorizados a sus votantes, como si estuvieran viendo “una de cowboys”. Alguien debería contarle que China tiene en su poder títulos de la deuda externa norteamericana por una suma superior a lo que ellos llaman “un trillón” de dólares. Esto es, un número uno seguido de doce (!) ceros. Si el gigante asiático se decidiera, podría hacerle un daño inmenso a la economía norteamericana, incluso ponerla en quiebra. A no dudarlo eso también dañaría la propia economía china, pero ¿qué importa? Todo vale mientras bailamos la danza del pollo sin cabeza.

PETRONIO