La censura del mercado

La creencia de que el Estado es el único que puede imponer la censura es otra de las grandes falacias que se han impuesto en los últimos tiempos. El despido de Víctor Hugo Morales de C5N es la mejor evidencia de esa gran mentira convertida en verdad por obra y gracia de las grandes cadenas de la (des)información que saturan las audiencias con sus manipulaciones. Poco antes había sido otro periodista, Roberto Navarro, el que tuvo que dejar su programa en el mismo canal y, por si no bastara, también en Radio 10.
Si bien son los últimos casos, y muy resonantes por la trayectoria y el reconocimiento público de ambos profesionales, están lejos de ser los únicos. Hace dos años, el Grupo Clarín eyectó de las pantallas de TN a Marcelo Zlotogwiazda y Ernesto Tenembaum y los reemplazó por dos figuras más afines con la línea del grupo: Carlos Pagni y Alfredo Leuco.
En nuestro país los medios privados son mucho más numerosos que los públicos, y eso es así por la sencilla razón de que vivimos bajo un sistema capitalista. A pesar de ese estado de cosas que es harto evidente, hasta hace dos años las grandes corporaciones mediáticas repetían hasta el hartazgo que el gobierno kirchnerista ejercía el “monopolio” de las comunicaciones, que pretendía imponer un “discurso único” y que no respetaba a las voces “disidentes”. Semejante disparate chocaba de frente con una realidad absolutamente distinta pues aquel gobierno solo contaba con la TV pública, Radio Nacional, la agencia Télam y muy poco más. En la vereda de enfrente, en tanto, los más grandes tanques informativos privados ejercían su “periodismo de guerra” (como lo admitió un periodista-estrella del Grupo Clarín) contra el gobierno de la ex presidenta Cristina Kirchner. Los canales de aire y de cable más poderosos, las radios más escuchadas y los diarios de mayor circulación del país ejercieron un rol opositor sin tregua para demoler a un gobierno que consideraban enemigo.
Lo paradójico es que hoy, todo lo que le imputaron falsamente al gobierno anterior se está cumpliendo rigurosamente con el actual, pero sin ningún escándalo ni queja. Al contrario, se festeja este derrumbe de la libertad de expresión como si se tratara de una guerra a ganar con cualquier arma o estrategia.
El actual gobierno nacional “market friendly” (amigo de los mercados) pretende hacer creer que la desaparición de voces críticas en los medios privados no le incumbe ni afecta la libertad de expresión. Ni siquiera el hecho de que los nuevos dueños del canal que despidió a Morales y Navarro tienen estrecha relación con el Grupo Clarín y la familia presidencial los hace sonrojar. Es la versión más cruda de la “libertad de mercado” alimentada a puro pragmatismo: los grupos económicos que manejan los medios de comunicación hegemónicos son los aliados más estrechos que hoy tiene el macrismo.
El despido de miles de periodistas en los últimos dos años o el cierre de medios tampoco son considerados por el gobierno y sus aliados como un problema que afecte a la libertad de prensa.
Lo cierto es que hoy sí se está imponiendo un discurso único y se están apagando las voces críticas volviendo real lo que tanto decía temer la prensa corporativa bajo el gobierno anterior. Pero, desde luego, ningún cuestionamiento se escuchará en voz alta porque se trata de medidas adoptadas por “el mercado” y no por el Estado. Y ya se sabe que, para este pensamiento único que se va imponiendo, el “peligro de la censura” solo se materializa si lo impone el Estado. El mercado “apenas” toma “decisiones empresariales”. Por lo demás, la “limpieza” de los periodistas “indeseables” en los medios del Estado tuvo lugar muy rápidamente apenas el macrismo llegó a la Casa Rosada.
La tarea de disciplinamiento en el mundo del periodismo hoy juega a dos bandas.