La ciudad limpia es ya un recuerdo del pasado

Señor Director:
Una foto de nuestro diario mostraba, el pasado lunes, la vereda del edificio que ocupa una gran fracción de terreno en la esquina de Avellaneda y Lagos.
Lo que se ve en la foto es la suciedad del lado de Hilario Lagos, con los viejos y sólidos muros cubiertos de carteles de propaganda, algunos de ellos rotos y sus pedazos ocupan la vereda. Había pasado unos días antes por ese lugar, que casi está frente al Teatro Español. Vi el abandono creciente y no pude evitar el recuerdo de otro tiempo, en la era del territorio nacional, cuando al almacén de ramos generales de Torroba ocupaba ese edificio que, por el lado de Avellaneda, se prolongaba casi hasta el final de la cuadra. Ese comercio, tan característico de la época, como la Casa Tierno, en Pico y Nueve de Julio, la Armesto, en Quintana y Pico, y otras algo más alejadas del radio céntrico, hacían una oferta que, por la diversidad de sus artículos, tenía parecido con los actuales supermercados. No era un lugar al que yo concurriese con regularidad, aunque lo hice con frecuencia cuando entró a trabajar allí mi compañero de estudios de la Normal, Omar Maraschini, quien así se ayudaba para llegar a maestro.
El largo abandono actual de ese edificio ofende a la memoria de los vecinos.
Está claro sin embargo que el espectáculo actual de calles y terrenos anegados o barrosos, muchos de ellos con lo que nuestro diario y los vecinos se han acostumbrado a nombrar cráteres, supera la capacidad de deprimir o irritar a los vecinos, al punto de que más de uno se pregunta si la freática terminará a flor de tierra en casi todo el espacio edificado. Seríamos así una laguna con ruinas sumergidas, como Epecuén.
No estoy tratando de ensayar una oda al celo del vecindario, porque también los basurales clandestinos, que aparecen en sitios apenas alejados del centro, nos permiten apreciar que muchos de nosotros (los vecinos) somos rápidos para protestar y lerdos para asumir las responsabilidades que se deben compartir. Se ha visto que algunos han hallado lugar para sus escombros y descartes hogareños en los llamados “cráteres”. Tal vez piensan que hacen un servicio al rellenar semejantes depresiones.
No comparto la actitud de algunos que se consuelan con echar toda culpa a quienes gobernaron la ciudad desde su fundación, porque ahora se dice que el sitio estuvo mal elegido, sobre todo si se piensa que Santa Rosa fue pronto la capital del recién definido territorio nacional. No es buena ni menos elegante esta costumbre de cargar las culpas de todo lo que luce mal a “la pesada herencia recibida”. Si bien el anecdotario del fundador lo muestra buscando poner en valor las tierras que administraba, luego de la repartija que siguió a la ocupación del “desierto”, lo que pueda haber de cierto en esos relatos no es lo excepcional sino lo corriente durante la apresurada ocupación de los nuevos espacios disponibles. Los idealistas llegaron después, como es habitual que suceda, y algunos de ellos hicieron esfuerzos realmente importantes para corregir defectos y cuidar de la heredad vecinal. Casi todos ellos son ahora nombres de calles de esta ciudad, incluso de algunas de las calles actualmente inundadas o con el pavimento destruido o con un sistema de cloacas obsoleto. Junto con otros nombres que dicen poco y nada a la memoria vecinal, ellos, los que sí afrontaron con decisión los problemas de su tiempo, no merecen este destrato.
En mi nota de ayer, en este espacio, me preguntaba si al reemplazar en los billetes la figura de los fundadores de nuestra independencia o de gobernantes bien recordados por su posteridad, por figuras de la fauna y de paisajes turísticos, exteriorizan respeto por ellos o vergüenza por emitir valores presuntos que denuncian una economía inflacionaria, realidad que hemos visto repetida demasiadas veces en esta Argentina durante su no muy extensa vida independiente.
Atentamente:
Jotavé