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La codicia

La indiferencia del gobierno de nacional por la educación es conocida. Es muy difícil de olvidar la expresión del presidente de la Nación cuando habló de los que «caen en la escuela pública», o su promesa incumplida de construir miles de jardines de infantes, o su reciente cuestionamiento a la entrega de netbooks a los estudiantes.
Esa actitud parece haberse contagiado a las entidades agropecuarias de la provincia de Entre Ríos quienes, ante el fallo judicial que estableció límites para proteger a las escuelas rurales de la fumigación con agrotóxicos, no dudaron en expresar que «es mucho más fácil reubicar las escuelas que cambiar el modo de producción». Ese extremo de codicia y falta de sensibilidad se apoyó en el argumento de que «primero estuvo el campo y después vinieron las escuelas» y que el fallo está fundado en prejuicios ideológicos «que debieran estar perimidos». Y ello en tiempos en que uno de los más reconocidos fabricantes de agroquímicos -la multinacional Monsanto- debió admitir los efectos perniciosos para la salud humana de sus productos.
La sentencia no parece desmedida: limita a mil metros de las escuelas las fumigaciones terrestres y a tres mil las aéreas, además de exigir la plantación de barreras vegetales; sin embargo las entidades rurales insisten con que se trata de un golpe a la rentabilidad de los productores. Tan necia postura fue rebatida por entidades científicas y por la Red de Docentes por la Vida que advirtió: «un campo sin escuelas es lo que necesitan las corporaciones».