Inicio Opinion La cuarta Copa Libertadores, la más preciada

La cuarta Copa Libertadores, la más preciada

RIVER Y LO QUE DEJO LA FINAL JUGADA EN EL BERNABEU

La cuarta Copa Libertadores ganada por Ríver es la más preciada de las obtenidas. Así es por varias razones, entre otras por la identidad del histórico rival vencido en Madrid.
SERGIO ORTIZ
El cronista es hincha de Ríver, una filiación que hizo pública en 2011 cuando la Banda descendió en su propio estadio frente al modesto Belgrano. Por las dudas lo aclara otra vez pues molestan las opiniones supuestamente neutrales y objetivas de quienes llevan su camiseta bajo prendas de color gris. En aquel descenso a los infiernos, con el seudónimo de treinta años (Emilio Marín), escribí: «Amor a la camiseta, eso se necesita hoy, cuando estamos descendidos, tristes, consternados, rabiosos y mortificados».
No hablo ahora en medio del exitismo y los tres goles y alaridos soportados por mi familia y vecinos, sino que asumí mi condición de hincha en el peor momento, de ida a la B.
Por eso me parece mal que el macrista Daniel Angelici no haya abierto la Bombonera ayer 12 de diciembre, cuando sus simpatizantes iban a festejar el día del hincha. Se dirá que le exigió requisitos de último momento el gobierno de la Ciudad, del mismo color político y futbolístico, temeroso de incidentes tras una derrota histórica.
El dueño de los Casinos y operador judicial del presidente Macri no quería abrir el estadio a una multitud de boquenses y suspendió su conferencia de prensa. Habían reunido allí a 50.000 hinchas en la previa al postergado partido en el Monumental. Ayer iban a juntar cerca de esa cifra, aún lamiéndose las heridas sangrantes del Bernabéu.
El hincha de Boca, como el de Ríver y otros clubes, es leal. Guillermo Francella, en su personaje del «Secreto de sus ojos», afirmaba con exactitud: «una persona puede cambiar de nombre, de calle, de cara… pero hay una cosa que no puede cambiar… no puede cambiar de pasión».

Macri no es culón.
No les abrieron la Bombonera ni les dejaron festejar en casa. No pudieron comenzar a elaborar el duelo en ese lugar querido, con sus amigos de toda la vida y aquellos a los que no conocía pero que por llevar la azul y amarilla ya los apreciaba más que a sus primos.
Difícilmente se pueda igualar la mala performance de Mauricio Macri en este asunto donde debió haber sido prescindente. Sólo debió meterse, con buenas decisiones, en cuanto a la seguridad de la final que iba a disputarse en Núñez el 24 de noviembre. Hizo todo mal. Todo al revés.
Primero, ofendió al técnico rival. En una visita a un laboratorio, de esas pactadas para el marketing electoral con cero frescura, dijo que Boca tenía que ganarle «al culón de Gallardo». Si ese DT venía derrotando a Boca no era por suerte, sino por mejores planteos tácticos y bien interpretados por sus jugadores. Gallardo podría haber dicho, «Macri no es culón, es yeta».
¿No sabía el Presidente que ese tipo de burlas genera respuestas agresivas de la parte ofendida? El no contribuyó a que la Libertadores se definiera con normalidad.
Luego planteó, sin consultar con Angelici y Rodolfo D’Onofrio, que las finales debían ser con público visitante. Tuvo que retirar esa oferta, supuestamente garantizada por la «meta bala» Patricia Bullrich, subida a los carros de asalto de la custodia de la Cumbre del G-20.
Y tampoco garantizó desde la Nación que la Ciudad y sus fuerzas policiales montaran un operativo eficaz en el clásico recorrido del colectivo que llevaba al plantel boquense. En Lidoro Quinteros y Avenida Libertador, a 800 metros del Monumental, el micro fue apedreado por violentos hinchas millonarios, algunos socios como el detenido días después. Hay tarados con todas las camisetas, pero el operativo de Seguridad debía disuadirlos o impedir su actuación. No fue así. Esa esquina y otras parecieron zona liberada por la Policía: cayó estrepitosamente el ministro porteño de Seguridad, Martín Ocampo.
Macri siguió actuando «a lo pato criollo», dos pasos una cagada. No pudo, no supo o mejor dicho no quiso imponer la autoridad de su gobierno para que el desempate se jugara en el Monumental o en otro estadio del país. Consistió en que fuera llevado al de Real Madrid, del empresario Florentino Pérez, dueño de parte del paquete accionario de Autopistas del Oeste y del Sol, donde el clan Macri tenía acciones (las vendió, tras disponer aumentos significativos en los peajes). Quedará la duda si el jefe de Estado no se jugó por Argentina para no beneficiar a Ríver, que tenía derecho a ser local con su gente, o si dejó escapar la final a Madrid para complacer los negocios de su socio extranjero.
La tercera posibilidad combinada con las anteriores es que Macri viera con simpatía que la Copa Libertadores de América se aggiornara como Colonizadores de América. En los festejos del Bicentenario, en 2016 en Tucumán, le dijo al corrupto ex rey Juan Carlos que estaba «tratando de pensar y sentir lo que sentirían ellos (los patriotas) en ese momento, claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido Rey, de separarse de España».
La de Guillermo Barros Schelotto y jugadores fue una dolorosa derrota, pero a la vuelta de algunos años irá cicatrizando. El técnico cometió errores serios en esa final, al dejar jugar al rival, armar mal el banco y decidir equivocadamente los cambios. Un solo Gallardo fue más que dos Barros Schelotto, pero los xeneizes deberían recordar que el Mellizo los sacó bicampeones y los puso en la final de la Libertadores. No se puede ser tan desagradecido y resultadista. En la vida hay que dar segundas y terceras oportunidades.
No tendrían que pedir las cabezas del técnico, jugadores y periodistas afines. Están furiosos con Martín Caparrós, hincha confeso de Boca que publicó una nota en Clarín y suplemento The New York Times titulada «Boca gallina, Ríver campeón». Tanto burlarse de las gallinas. Esta vez el cocorocó y las plumas volaron en el otro gallinero.