La culpa en el viejo juego de quita y pon

Señor Director:
La culpa toma la forma de una deidad menor que hace de objeto en el juego de quita y pon, es decir, el que consiste en negarla como propia y atribuirla como ajena. En reemplazo del pajarito perdido por el Gran Bonete, la culpa asume su papel.
Hay personas que se destacan en el empeño por culpar, o sea, atribuir la culpa: imputación a alguien de una determinada acción o del hecho de ser causante de algo o la omisión de la diligencia exigible a alguien. Esto dice la Real Academia, en cuyo diccionario también se lee que alguna culpa tiene efecto psicológico, que es cuando provoca en el agente un sentimiento de responsabilidad por el daño causado. Este efecto es menos frecuente o menos visible, salvo en el caso de las personas que hallan satisfacción en asumir culpas o magnificarlas. La culpa es algo que se entremete (o entromete) en nuestra existencia, al punto de permitir pensar que es determinante de que exista una legislación penal y un poblado aparato encargado de administrar justicia, o sea de determinar quién y en qué medida es dueño de una culpa determinada. Es sabido que la justicia suele ponerse un límite en la determinación de la culpa, acotándola en el tiempo a pesar de que hay culpas que tienen anterioridad a su manifestación en una determinada persona. La culpa es lábil y hasta puede pensarse que juega con nosotros.
Para muchos políticos, la culpa es siempre de otro u otros, especialmente de quienes ocuparon un cargo con anterioridad a quien los culpabiliza. También los hay que la confunden con una pelota de fútbol y la patean para adelante, diciéndose algo así como “cuando esto estalle yo no estaré aquí”.
Hay una historia de la culpa, larga de contar. El gobernador pampeano al encontrarse con un tema que huele mal y viene siendo muy mencionado como responsabilidad de los que ejercieron la intendencia santarroseña con anterioridad, optó por neutralizar la culpa diciendo que, en lo relacionado con las cloacas, nadie hizo nada en “los últimos veinte años”. Decirlo así equivale a diluir la culpa entre muchos, sin acusar a ninguno de manera especial. Fue como decir: la culpa está ahí, vean ustedes (los que han pasado por la municipalidad en los últimos veinte años) cómo se la reparten. O, mejor que en el juego de quita y pon, vean qué se puede hacer ahora, cuanto antes. El prolongado período de veinte años incluye el tiempo de la anterior estada de este gobernador en el gobierno provincial, cuando tampoco él parece haber tenido en cuenta que las obras humanas se desgastan y pierden eficacia y hasta terminan, como los líquidos cloacales, saliendo al aire libre para agredir la sensibilidad olfativa de personas que, acaso, ni siquiera se cuidan de lo que arrojan a la cloaca domiciliaria. ¿Para qué ponerse a perseguir una culpa tan lata?
Luego el gobernador anunció que su gobierno ha resuelto hacer esto y lo otro para remediar este mal ya convertido en causa del malhumor colectivo.
El tema de la movilidad y labilidad de la culpa, que provoca esta manifestación local, resuena con mayor fuerza en el ámbito nacional. No es cosa de ahora, aunque ahora se manifiesta con mayor insistencia. No solo el gobierno anterior tuvo la culpa de todo lo que ha habido que corregir ahora, sino que también debe cargar con los errores en que incurre el corrector, dado que ha estado dando más de un palo de ciego contra ese sujeto abominable que es mencionado como “el gobierno anterior” y ha descuidado (si es que hay descuido) el daño nuevo, las culpas recién nacidas, pero eficaces en su capacidad de daño.
Puede que la culpa exista solamente para distraer la atención de una comunidad que nunca se termina de declarar satisfecha de manera unánime, porque así es la cosa, incluyendo a la culpa en esta cosificación de la política y de los comportamientos humanos. Podríamos decir que lo de las cloacas es cosa seria y que vale que se empiece a atacar el problema.
Atentamente:
Jotavé

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