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La década empatada

DOMINICALES

Cuando concluya el mes que se inicia, habrá completado su discreto mutis por el foro la década de 2010/2019. Qué nos deja este trozo de historia contemporánea, es en parte una cuestión de gustos personales. Habrá quienes la recuerden como la década que diezmó a la música argentina con las muertes de Luis Alberto Spinetta y Gustavo Ceratti. Otros, como la década en que River Plate, cual ave Fénix, vivió primero el descenso, para luego experimentar un auge deportivo pocas veces visto. Pero aunque el finado todavía está tibio, no está de más intentar sacar algunas conclusiones más generales.

Hitos.
Las décadas anteriores se habían iniciado con hechos históricos rutilantes. Los 90, por ejemplo, debutaron con la caída del bloque soviético, y la clausura de la experiencia histórica del «socialismo real» que marcó a todo el siglo XX. Algún entusiasta académico habló del «fin de la historia», y el presidente de EEUU habló de un «nuevo orden internacional», en el cual el predominio de esa nación ya no tendría contrapeso.
La década de los 2000, luego de sortear el anunciado apocalipsis informático (¿recuerdan?) se vio marcada por los ataques terroristas en Nueva York y Washington, que sirvieron para recordar que el reloj de la historia seguía haciendo tic-tac. Allí comenzaron guerras que siguen hasta ahora (Afganistán e Irak) y también un renacimiento neoliberal global que concluyó, como no podía ser de otra manera, con la formidable crisis financiera de 2008.
Nuestra región, en cambio, vivió al comienzo del milenio una ola de gobiernos de centro izquierda, que promovieron el crecimiento y la equidad, y sacaron a millones de personas de la pobreza, al tiempo que promovían instancias de acuerdo regionales, con exclusión de los EEUU, afortunadamente ocupado en sus guerras anti-terroristas y pro-petrolíferas.

Pobrecito.
Y aunque la segunda década del siglo no tuvo un hecho histórico tan rimbombante que la defina, se puede decir que, en el caso de Latinoamérica, lo que se observa es un renovado interés del imperio del norte por nuestras crueles provincias. Ello explica, en parte, el cierre del ciclo de gobiernos progresistas, para dar paso a experiencias neoliberales más o menos bestiales. La mano de EEUU se advierte claramente en ese dispositivo llamado «lawfare» (guerra jurídica) que se empleó para desprestigiar y criminalizar a dirigentes populares. Las leyes de «arrepentidos» o de «ficha limpia», la aplicación ilegal de prisiones preventivas, los cursos pagos a jueces y fiscales en universidades norteamericanas, son experiencias calcadas en casi todo el continente.
Sin embargo, el anunciado ciclo neoliberal está muy lejos de consolidarse en la región: si bien Argentina ingresará a la década entrante rodeada de países gobernados por ese signo, no es menos cierto que aquí la experiencia derechosa duró escasos cuatro años. Y que en la otra punta del continente, México («pobrecito, tan lejos de Dios, tan cerca de EEUU») ha elegido, por fin, un gobierno progresista.
La moneda está en el aire, y resultaría temerario predecir cómo se desarrollarán estos procesos en la década por venir. La reaparición de las fuerzas armadas (policía y gendarmería incluídas) como actores políticos, es un dato ominoso que no puede presagiar nada bueno.

Cyber.
Posiblemente las mayores novedades de la década hayan venido de la mano de la tecnología. Ya en 2004, tras los atentados de Atocha -y la escandalosa mentira del PP adjudicándoselos a ETA- el pueblo español se valió de los mensajes por celular para alertarse, movilizarse, y dar vuelta una elección increíble. El mismo dispositivo se vio, perfeccionado, en todo el proceso denominado «primavera árabe». Y aunque los grandes medios de comunicación ejerzan una censura implacable, los pueblos de Chile, de Bolivia, de Ecuador, de Colombia, se valen de sus teléfonos celulares para informarse y movilizarse.
En su momento se elogió el uso que hizo Barack Obama de la tecnología: ¡y pensar que usaba un teléfono «Blackberry»! (¿recuerdan?). Hoy el teléfono inteligente es una omni-presencia. El día de mañana será imposible analizar la presidencia de Donald Trump sin hablar de Tweeter. Al mismo tiempo, nuestro ensimismamiento con los celulares ya provoca otras consecuencias: accidentes mortales (especialmente en ocasión de las llamadas «selfies»), y niños de corta edad con patologías psicológicas graves, causados por la falta de atención de sus padres adictos al celular.
Tal parece que internet, las redes sociales y los celulares han cambiado para siempre el funcionamiento político. De hecho, tal parece que ahora los hackers rusos pueden definir en su favor cualquier elección que aparezca.
Pero no todo es virtual. Eppur si muove: ahí están los pueblos en las calles para demostrarlo.
PETRONIO