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La deuda, una cuestión política

El desconcierto que provocó en el establishment la decisión de Alberto Fernández de rechazar el último tramo del mega-préstamo del Fondo Monetario Internacional es una muestra cabal de que la deuda externa es una cuestión política antes que económica.
La ciudadanía vive atosigada por el relato de los grandes medios de comunicación, especialmente la televisión, por donde desfilan a toda hora los gurúes de la economía con su libreto bien aprendido. Todos ellos recitan el mantra de la ortodoxia y lo terminan convirtiendo en un sentido común que se derrama por las mentes de una buena porción de la sociedad. Y esto ocurre a pesar de que en nuestro país acaba de ser derrotado en las urnas un gobierno neoliberal y se apresta a asumir uno de orientación diferente. Es que el discurso económico dominante en la prensa hegemónica sigue siendo el de elites por lo tanto no puede cambiar, al menos en el corto plazo, el efecto de tan eficaz adoctrinamiento.
Uno de los conceptos centrales que ha penetrado profundamente en la sociedad es que el de la deuda externa es un problema esencialmente económico. Que los compromisos externos que «el país» -una expresión muy usada por los economistas ortodoxos- asumió deben ser afrontados bajo pena de sufrir una represalia temible: quedar «aislados del mundo».
Ninguno de esos voceros de los grandes intereses económicos y financieros se preocupa demasiado por explicar por qué un país se endeuda y, menos todavía, por qué son siempre gobiernos del mismo signo político -de la derecha neoliberal- los que toman deuda a niveles exorbitantes. Las tres experiencias neoliberales que padeció el país son el mejor ejemplo para explicar este fenómeno. El primero llegó de la mano de la última dictadura cívico-militar en los años setenta del siglo pasado, el segundo tuvo lugar en la década de los noventa bajo el menemismo y su continuidad: el delarruísmo, y el tercero estamos sufriéndolo todavía: el macrismo. En los tres casos el país fue endeudado a límites asfixiantes, lo cual implicó una herencia pesadísima para los gobiernos que los sucedieron al verse fuertemente condicionados para cumplir con las «obligaciones externas» que ellos no contrajeron.
Los países centrales no han inventado un mejor método para restarles capacidad de maniobra a los gobiernos de la periferia que pretenden ganar autonomía a fin de intentar un proceso de desarrollo independiente. Lo dijo con absoluta franqueza John Adams, presidente de EEUU entre 1797-1801: «Hay dos formas de conquistar y esclavizar una nación, una es con la espada, la otra con la deuda».
Macri recibió un país desendeudado y en apenas cuatro años volvió a endeudarlo. No fue error ni mala praxis, fue una política deliberada. A eso vino, como vino también para bajar los salarios y provocar una gigantesca transferencia de los ingresos de los sectores populares a los grandes grupos empresarios. Dejar una deuda monstruosa fue su contribución para impedir -o al menos dificultar- que cualquier gobierno con pretensiones de salirse del molde de la dependencia neoliberal pueda intentar con éxito un desarrollo nacional autónomo.