La disposición para el crimen va por delante

Señor Director:
La novedad en femicidios llega desde Tucumán, más precisamente desde la localidad llamada Villa Urquiza.
Hace saber de un femicidio que se produjo en una cárcel en ocasión de una de las “visitas íntimas”. Elizabeth Yanina Aguirre, de 34 años, boliviana, visitó allí al preso. Cuando el guardián fue, quizás para avisar que se había agotado el tiempo de visita, pudo ver que la mujer yacía muerta en la celda. El examen médico permitió establecer que había sido golpeada y luego ahogada con una sábana. El preso, a su vez, se había ahorcado, colgándose de la reja.
La noticia da otro dato que confiere al caso un rasgo quizá inédito: el hombre estaba preso por… un femicidio. Había matado a su pareja, Leydi Meneses, de 42 años, madre de tres niños. Este hecho se produjo en marzo de 2015. El femicida y suicida, además de causar tres muertes (contando la propia), aumentó en cinco el número de huérfanos de mujeres asesinadas por su marido o pareja.
Puede llamar la atención que a un femicida se le permitiese concertar visitas “íntimas” en su celda, pero lo que me atrajo de este caso es que parece confirmar lo que piensa Eva Giberti (y que comenté hace pocos días): que el femicida no actúa por contagio, o sea que no es el saber de otros casos lo que decide a resolver su “problema” por la misma vía. Entonces ¿qué? Según Giberti, tampoco es que la disposición para matar sea algo que está en su naturaleza. Tiene una disposición previa para matar, no heredada sino adquirida. Puede pensarse que habría individuos que sienten con mayor fuerza el impacto del cambio de una cultura machista a una cultura de mayor equidad en el reconocimiento de la igualdad de derechos o bien que han vivido experiencias y padecen insuficiencias que los predisponen para matar.
Otro caso reciente, de Misiones, da cuenta que está preso Leonardo Esteche, de 28 años, por haber dado muerte a Irma Ferreyra Da Rocha. El hombre se ha reconocido culpable, aunque intenta aliviar su pena diciendo que se unió a esa mujer ocasionalmente y que fueron a un descampado de mutuo acuerdo. Que una vez allí, ella consintió en realizar o pidió hacer lo que denominó “juegos sexuales”. El caso es que la mujer murió por el efecto de la introducción en su cuerpo de un palo, el cual le dañó órganos vitales. Se verá qué decide la justicia, aunque se puede pensar que se está ante un sádico que no se limita a matar sino que goza al contemplar el sufrimiento de su víctima. O vaya a saber cuál de las muchas posibilidades oscuras se ha dado en su caso. Tengo la prudencia de no hacer juicios categóricos a partir de datos ocasionales. Aun con mejor información he aprendido a ser prudente en el juicio acerca del otro porque ignoro si hay quien sea absolutamente transparente.
Se tiende a pensar en la extrema variedad de la fauna humana, pero generalmente se deja de tener en cuenta, entre otras, lo que llamaría las circunstancias sociales que crean el contexto dentro del cual opera el genocida. En el caso de las visitas “íntimas”, de Tucumán, lo que cabe conjeturar es que la nueva pareja del preso haya podido pertenecer al grupo de mujeres que se prestan a realizar tales visitas como un modo de vida. La pobreza y el hecho de afrontar su propia vida con la “carga” de tres niños permite pensar en un drama de pobreza con su cortejo de privaciones y alguna disminución de la capacidad de tomar decisiones.
Los femicidios atraen por la preocupante frecuencia con que se producen pero, al mismo tiempo, tientan a ponerse a especular sobre los “motivos del lobo”, no quizás el de Rubén Darío sino el que hizo decir que “el hombre es lobo para el hombre”. Conocí la frase antes de saber que su registro lleva hasta Plauto (254-184 a C), pero en nuestro tiempo la popularizó Thomas Hobbes, en el siglo XVIII. Y no es éste el único caso de coincidencias a acerca de una idea del hombre a la distancia de más de veinte siglos. Si hay mejora ojalá se note.
Atentamente:
Jotavé