La gana de hacer algo para bien de los otros

Señor Director:
En estos días he estado subrayando, de la información diaria, los casos -por fortuna numerosos, pero con seguridad insuficientes- de vecinos que, ya en forma individual, ya organizándose entre varios, atienden necesidades de personas que se hallan en desventaja para acceder a la alimentación básica o a las ofertas de aprendizaje existentes.
¿Cuántos vecinos se están comprometiendo en la creación de comedores comunitarios? A veces es un único vecino o vecina que se compadece de los aprietos por los que está pasando una cantidad de personas del barrio. En lugar de la indiferencia y hasta el fastidio de algunos, tales personas, ante el problema de su vecino, sienten que algo pueden y deben hacer por ellos y se ponen en la faena. Asimismo hay quienes atienden a niños cuyos padres deben trabajar fuera del hogar. Los reciben en su casa y se encargan de llevarlos a la escuela y también atienden otras necesidades. En ocasiones son estudiantes que, sin necesidad de ser convocados a actividades comunitarias, hallan posible utilizar lo que están aprendiendo para transmitirlo a quienes ni siquiera la enseñanza pública y gratuita les ofrece oportunidad adecuada a su situación. Y ahí están, también, los que se juntan por ver de hacer algo por los perros abandonados. O por las aves, sobre todo en invierno, cuando éstas se animan a entrar en la ciudad a morar en los pocos patios arbolados que van quedando. Cada vez son más estos pájaros, ya porque son traídos por el cambio climático, ya porque su ambiente natural ha desaparecido.
Igualmente complace ver que en la ciudad y en la provincia crece sin cesar la oferta accesible para aprender música, danzas, artes y una diversidad de oficios. Una crisis como la que tenemos ahora se traduce en desempleo y favorece la multiplicación de hogares incompletos, que casi siempre quedan a cargo de la mujer madre, obligada en la mayoría de los casos a afrontar tareas fuera del hogar. Esta forma de heroísmo trasciende poco o se opaca al ser mirado con ojos prejuiciosos. Es verdad que afortunadamente seguimos contando con escuela pública y gratuita, pero si falta el hogar, si los niños quedan librados a su suerte durante largas horas, la calle termina devorando a muchos de ellos. Hay un elogio que pondera “la cultura que da la calle”, pero se refiere a la que adquieren quienes no han vivido una infancia desamparada o que la han podido superar.
Leo que en Santa Rosa se ha constituido un Movimiento Abolicionista Pampeano, para bregar por la abolición de la trata de personas, al menos en su forma de prostitución. Estar en una organización de este tipo significa que se han superado muchos prejuicios que casi siempre operan como pretextos para desconocer o negarse a reconocer que la prostitución no es generalmente un lugar al que se llega por alguna deficiencia personal, sino que resulta del aprovechamiento delictivo del estado de abandono de muchos menores. O, peor, pues sabemos que algunas “desapariciones”, especialmente de niñas, son resultado de secuestros por parte de individuos o de organizaciones que lucran con la prostitución. En tales casos el prostíbulo no es una elección sino el resultado de la desigualdad con que tantos afrontan su entrada al mundo. Y ahí están los talleres clandestinos y sus trabajadores esclavos, que han proliferado y que esclavizan a familias enteras.
Admiro los casos en que el “impulso bueno”, el solidario, genera respuestas generosas y desinteresadas en un mundo donde predominan el egoísmo y la reducción de lo humano a mercancía. El silencio y la indiferencia constituyen la complicidad necesaria para que subsistan estos extremos de riesgo a los que están expuestos, sobre todo, los menores.
Otra “respuesta” se propone en estos días: bajar la edad de imputabilidad penal para menores que incurren en delito. Meterlos presos más temprano. Ocultar lo feo.
Atentamente:
Jotavé