La gloria es para pocos, también para valientes

Señor Director:
Leí con particular atención la nota de nuestro diario, del pasado jueves, acerca de la actualidad de la población llamada La Gloria, departamento Catriló.
Desde siempre me atrajo el nombre e este lugar, cuya realidad edilicia y poblacional no aparece como compatible con la gloria o lo glorioso, tanto en el orden religioso como en el laico.
Para la religión es una de las palabras claves para la imagen de la divinidad sobre la que se asienta la creencia cristiana. “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor”, como se escuchaba decir al coro de ángeles a los pastores de Belén. Había nacido Jesús y los ángeles proclamaban “la gloria de Dios”.
Cuando se indaga un poco más, se ve que también los mortales, una vez consumado su tránsito y cuando pueden presentarse ante el dios, viven en un estado de gloria mediante la contemplación. Dante, en la Comedia, muestra a su amada consagrada a esa contemplación, a la vez que suscita alguna duda acerca de si un estado permanente de contemplación no perderá su atracción inicial. Cuando se lee con atención la Comedia se ve que en el estado de quien llega a Cielo la contemplación es fuente inagotable de un goce pleno.
En el uso laico, el sustantivo gloria habla de la reputación, fama y honor que resulta de las buenas acciones y grandes calidades. Incluso sucede, como es el caso de Cervantes, que se llegue a pensarlo y decirlo como “gloria de España”, o sea que sus merecimientos irradian y enriquecen su ámbito. De la misma manera, según el diccionario, “el buen hijo es gloria de sus padres”. El diccionario de la lengua consigna muchas variaciones del sustantivo, entre ellas: gloriado, gloriar, glorieta, glorificar… El gloriado irradia esplendor y magnificencia y hace digno de honores y alabanzas.
Un amigo, a quien yo había comentado estos usos de esa voz, quiso conocer el pueblo. Con su zumba habitual lo que dijo, con desaliento, fue: “¡si esto es la gloria!”. Pasado el momento risueño, pude argumentar que quizás se haga referencia a alguna gloria pasada o a una gloria que está como esperando en el futuro del poblado. Desconocemos la intención de la mujer que eligió llamar La Gloria a la estancia que fundó luego de la conquista y del conocido reparto de tierras que hasta entonces transitaran los indios. Quizá Calfucurá, que habitó en la zona, representa un momento glorioso para el aborigen. O bien su nieto, que pasó allí parte de su infancia, anticipaba una gloria futura, cuando alcance la santidad. Ceferino ya está en carrera y es posible que entonces, cuando el Vaticano complete el proceso de santificación, la gloria religiosa de Ceferino compensadora de las penurias que sobrellevó en su corta existencia, irradie y nos “gloríe” a todos en el algún momento del tiempo porvenir. Puede que la gloria, para el mortal, exija una etapa de enorme sufrimiento.
Hay, por cierto, una vía más rápida hacia la gloria. Exige haber vivido en los momentos inaugurales de la “nación”, nuestra “nueva y gloriosa nación” y haber vestido uniforme y calzado espada, además de tener cierto genio militar. En general, se observa que las naciones son generosas en distribuir gloria entre algunos de los protagonistas del pasado inicial, pues, como se dice, deben mitificar ese pasado para generar la disposición para aceptarse con la ufanía de quienes pueblan naciones que, al colonizar, pudieron sostener que se movían con la santa intención de civilizar, avisando ser depositarias de “la pesada carga del hombre blanco”, según el poema de Rudyard Kipling.
Asimismo, es posible que construyan gloria, sin intención, los vecinos de hoy que, ante el abandono de toda acción municipal, han asumido la tarea de mantener La Gloria limpia y con espacios y ambientes propicios para que la gente viva gozosa y segura. Lo permite esperar el relato que transmite nuestra nota periodística. Amén.
Atentamente:
Jotavé