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La «inteligencia» mal aprovechada

Al margen de los varios significados que tiene la palabra «inteligencia» el diccionario de la Academia define también una expresión; servicio de inteligencia -dice- es una «organización del Estado que proporciona al poder ejecutivo análisis e información para mejorar la toma de decisiones estratégicas orientadas a prevenir o neutralizar amenazas y a defender los intereses nacionales».
La definición puede considerarse ajustada aunque ajena a la imagen que la TV y el cine han forjado respecto a esos organismos y quienes los integran. La ficción suele presentarlos como héroes, como paradigmas de valor, eficacia y sentido de justicia. La realidad es muy distinta ya que a menudo son protagonistas de una labor oscura (infame muchas veces) ejecutada según órdenes discutibles desde un punto de vista ético. En el mundo hay muestras de sobra.
América Latina en general y nuestro país en particular son buenos ejemplos de la degradación de los organismos en cuestión abocados a la defensa de intereses mezquinos. Hoy Administración Federal de Inteligencia (AFI) aparece como una protagonista central en acciones al margen de la ley realizadas por un conjunto de agentes propios junto a legisladores, periodistas, magistrados del Poder Judicial y delincuentes comunes. Una causa judicial en marcha reveló que el grupo es responsable de amenazas, estafas, lavado de dinero y otras acciones ilegales. Su especialidad sería el espionaje a dirigentes políticos opositores y, también, el armado de «carpetazos» capaces de destrozar cualquier carrera política o judicial. El entramado compromete a muy altas figuras del gobierno que recibieron los servicios de esas personas.
El escándalo provocado por esas actividades, que se conocieron gracias a la rigurosa investigación del juez que lleva adelante la causa, ha hecho que el gobierno cometa varias torpezas en defensa del grupo delincuencial, especialmente al tratar de avalar la conducta de algunos integrantes de los servicios.
Muy activos en esas actividades que han permitido embolsar grandes dividendos, el conjunto de estos agentes demuestra, en cambio, muy poca eficacia en su labor específica. Todavía se mantiene el patético recuerdo de los aviones militares en la Guerra de Malvinas. El consumo de combustible no había sido debidamente tenido en cuenta por los servicios, civiles y militares, y hacía que los aviadores apenas podían entrar en acción sobre las islas cuando ya debían regresar, bajo el riesgo de caer en el océano. Los mortíferos atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA tampoco fueron detectados. Y otro ejemplo, mucho más próximo e inocente, fue la aparición del libro de Cristina Kirchner, que causó sensación en el país pero de cuya elaboración la AFI no estaba ni siquiera enterada. La obra había sido diligenciada en un ámbito en el que resulta imposible guardar un secreto semejante, sin embargo la presunta inteligencia ni se enteró.
Esos tropiezos se originan en fallas de los mandos superiores, quienes no llegan a esos puestos por méritos propios sino por relaciones o amistad. Revelan además que a menudo el mayor desvelo no pasa por la defensa del interés nacional sino del particular.