La muerte de Fidel y su lugar en la historia

Señor Director:
Demoré hasta hoy la expresión de mi modo de entender y valorar a Fidel Castro, cuya muerte, en la madrugada del sábado, no fue una sorpresa, pues sobrellevaba males de los que solamente se salvó su mente.
Pudo haber muerto muchas veces antes. Cuando el asalto al cuartel Moncada (1956), durante la gesta guerrillera que terminó con la dictadura de Fulgencio Batista (1956-1959) o en cualquiera de los cientos de intentos de asesinato, en su mayoría gestados en los Estados Unidos. El recuento que se llevó en Cuba habla de 638 intentos. Incluso se sospechó que los males que lo fueron vaciando pudieron ser inducidos.
Lo que sabe es que, una vez instalado en el poder, buscó la amistad de Estados Unidos, que no correspondió a sus intentos por motivos que no son secretos: tanto porque el régimen de gobierno establecido eliminó las propiedades de norteamericanos en Cuba, como porque una parte significativa de la población cubana se exilió en Estados Unidos, favorecida por facilidades especiales. Recostado hacia Rusia, durante la guerra fría, fue visto como un enemigo próximo y provocó un intento de derrocarlo que comenzó y terminó en Bahía de los Cochinos (1961). Estados Unidos ensayó un bloqueo para ahogar la economía cubana, que no alcanzó su objetivo. Fidel y quienes lo acompañaron centralizó la economía, nacionalizó empresas, llevó a cabo la reforma agraria iniciándola hacia el cultivo colectivo y mecanizado, construyó viviendas, transformó el sistema de educación y creó un sistema de salud que le permite a Cuba liderar al continente en cuanto a la más baja mortalidad infantil. Ayudó a varios países tanto en educación como en salud.
Todo esto, contado muy apretadamente, asegura a Fidel un lugar en la historia. Cuando estuvo en la Argentina (para asistir al acto de asunción del presidente Néstor Kirchner, en 2005), fue invitado a hacer una exposición en el salón de actos de la facultad de Derecho. Llegado el momento la concurrencia había desbordado la capacidad del salón. Fidel aceptó hablar desde el frente del edificio, ante una multitud que no solamente era grande, sino que manifestaba su aplauso y asentimientos. Como en sus momentos más juveniles, Fidel habló por horas, sostenido por su auditorio. En su libro sobre Néstor Kirchner “El tipo que supo”, el periodista Mario Wainfeld transcribe estas palabras de Fidel en esa ocasión “Cuánto sufre un analfabeto no se lo imagina nadie, porque hay algo que se llama autoestima, que es lo más importante, incluso que la calidad de vida es otra cosa… Calidad de vida es dignidad, calidad de vida es honor, calidad de vida es la autoestima que tienen derecho a disfrutar todos los seres humanos”. Este modo de expresar y ésta claridad para para definir porqué hay que alfabetizar, es la misma que, luego del fracaso en el cuartel Moncada, puso en práctica para derrocar a Batista.
El nombre de Fidel está ligado para nosotros al del Che Guevara. Se conocieron en México y desde entonces el Che fue la compañía que Fidel necesitaba para su empresa. No desmerezco a los otros ni me parece el momento para preguntarse por qué ambos fueron diferenciándose a partir de la victoria. Se sabe que el Che era partidario de convertir la empresa en un proceso revolucionario internacional, y que murió en ese intento. Siempre he pensado que, logrado el objetivo inicial, la liberación de Cuba (de Batista y del sistema de relaciones que se había generado con la gran potencia vecina, los Estados Unidos) los dos se empezaron a molestar. Que dos caudillos eran demasiado. Nunca he pensado lo del Che como una desmesura, pero sí como una Quijotada. Tampoco el Quijote venció, pero por algo permanece en la memoria de las generaciones. Quizás porque hay más de un modo de vencer.
Me digo que los molinos de la historia muelen parsimoniosamente. Los cambios sustanciales advienen con lentitud desesperante.
Atentamente:
Jotavé

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