viernes, 20 septiembre 2019
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La necesidad tiene cara de hereje

El «mejor equipo de los últimos cincuenta años» no deja de tropezar a cada paso que da. No ya el combate contra la inflación -algo que iba a ser un paseo, en palabras del Presidente-, ni siquiera un mezquino programa de control de precios de unos pocos productos logra hacer medianamente bien.
Son tantas las torpezas y los yerros que hasta el menos informado se da cuenta de que se metieron en un baile sin conocer la música ni la coreografía. El control de precios es un pecado para este pelotón de CEOs instruidos en los más rancios fortines educativos del liberalismo. Pero como la necesidad tiene cara de hereje y las elecciones se aproximan a velocidad supersónica -mientras patinan sin dar pie con bola en una economía desmadrada- tienen que hacer algo, o hacer que hacen algo.
Quizás en algún focus group de Durán Barba alguien haya cantado «eureka» y arrojó la idea, y quizás Mauricio Macri o Marcos Peña dijo: avanti; pero lo cierto es que esta salida de emergencia hacia la heterodoxia, hacia el «estatismo intervencionista», no está en el radar de ninguno de los hombres de negocios que se metieron, ellos solos, en el saco de once varas de gobernar un país.
Sin convicción, así les está saliendo. El rostro del presidente en el video armado para el anuncio lo dice todo: transmite fastidio, hasta agobio, antes que determinación. Y en cuanto a la puesta en marcha las cosas están bien a tono con esa desganada comunicación. Anticiparon las medidas para darle tiempo a las empresas a subir los precios, algunos a niveles de escándalo. El ministro de Hacienda habló de un «pacto de caballeros», aunque nadie pueda creer que, a esta altura, ese hombre acostumbrado a nadar entre tiburones sea un ingenuo. El resultado no podía ser otro: los «caballeros», además de primerear con aumentos, no hacen demasiado esfuerzo por poner todos los productos anunciados en las góndolas. Faltan incluso en la Ciudad de Buenos Aires; qué puede esperarse entonces en el interior del país. Y para peor, el gobierno ni siquiera tiene una estructura decente de inspectores pues una de las primeras cosas que hizo al asumir fue desmantelar los equipos de control de la Secretaría de Comercio Interior. Apenas 350 sabuesos para todo el país. Si no fuera tan dramático daría risa.
Una consultora porteña reveló que entre los largos aprontes previos al anuncio y la puesta en marcha del programa, hubo un lote de productos que aumentaron hasta un 50 por ciento. La caballerosidad de los grandes empresarios es bien conocida cuando se trata del bolsillo.
Aquí en La Pampa los precios macristas son superiores a los que tiene los programas provinciales, y encima no cubrirán todo el territorio porque solo las grandes cadenas los tienen (y todavía parcialmente). El caso de la leche pampeana es paradigmático: se vende a 30 pesos mientras el precio «esencial» es de 35.
Son muchos los puntos deficitarios de este programa, lo cual da una idea de que al gobierno le interesa más su costado publicitario que su real incidencia en las economías familiares. El volumen de carne que ingresó al acuerdo apenas satisface una mínima porción del consumo nacional y, además, todavía no está asegurado de que llegue a todas las provincias. La nuestra sería una de las que quedaría afuera. Para variar.
Otro aspecto cuestionado es que el valor nutritivo de los alimentos seleccionados está muy lejos de ser el aceptable con abundancia de hidratos de carbono y carencia de proteínas y vitaminas. También el plazo de duración del programa: seis meses, es decir, hasta octubre. No es preciso ser trotskista, kirchnerista o malpensado para descubrir el tufillo electoralista del programa.
En fin, el gobierno reaccionó ante lo que muchos le señalaban: que no estaba haciendo nada frente al avance de la crisis. Pero ahora que hizo «algo», cabe preguntar: ¿no habrá sido peor el remedio que la enfermedad?