La Pampa se cansó de predicar en el desierto

En los últimos tiempos nuestra provincia acentuó su liderazgo en materia de favorecer un proceso de integración de los recursos hídricos ubicados en el centro del país. Con medidas adoptadas por sus autoridades gubernamentales pero también por organizaciones ambientales, los pampeanos se han impuesto la ardua misión de revertir un largo proceso de fragmentación, producto de mezquindades locales y de la escasa vocación mostrada a la hora de promover la articulación territorial del interior argentino.
La dificultad para constituir organismos de cuenca en todo el país es una prueba cabal de los obstáculos que se presentan para enfrentar, antes que unir, a provincias vecinas con recursos hídricos comunes. La excepción a esta regla es el Comité de Cuenca del Río Colorado cuyo funcionamiento, no sin dificultades, es sin dudas un ejemplo nacional.
Sin decirlo expresamente, desde luego, las provincias que se encuentran aguas arriba del Atuel y del Salado (Mendoza y San Juan, principalmente), pero también las ubicadas aguas abajo y que comparten el Colorado (Río Negro y Buenos Aires), han asumido como “natural” el hecho de hacer de La Pampa un territorio de sacrificio. De tal modo, mendocinos y sanjuaninos consideran “normal” el corte unilateral del agua con la consecuente desertización y salinización del área ubicada en nuestra provincia. Por su parte, Río Negro y Buenos Aires también han naturalizado la detención artificial en La Pampa de los esporádicos derrames de aguas hipersalinizadas para que se deposite en nuestro territorio la carga química disuelta que es tan perjudicial para sus cultivos.
Es decir, tanto arribeños como abajeños le exigen un gran sacrificio a nuestra provincia y que su participación en todo el gran sistema hídrico se limite a sufrir los costos sin participar de los beneficios. De ahí la nueva demanda ante la Corte Suprema por el río Atuel, el renovado pedido de conformar el comité de cuenca del Salado y la apertura del llamado Tapón de Alonso para reactivar el Curacó y que la sales no queden en nuestro territorio sino que sean compartidas por Río Negro y Buenos Aires.
La Pampa se cansó de predicar en el desierto; y nunca tan acertada esta expresión. Intentó la “vía diplomática” hasta el hartazgo sin recibir ninguna respuesta. Apeló al diálogo, a los documentos, a los informes, a las reuniones… pero siempre, a la hora de las decisiones, se quedó con las manos vacías. En tanto siguió avanzando el desierto y la superficie de los depósitos salinos.
Ayer se cumplieron 69 años del primer reclamo escrito que partió de La Pampa, cuando todavía era un territorio nacional, por el corte del Atuel. A aquel telegrama que en Algarrobo del Aguila escribió el policía Angel Garay dirigido al Presidente de la Nación, le siguió un juicio ante la Corte Suprema que declaró la interprovincialidad del río e infinidad de gestiones que nunca conmovieron a los vecinos ni se tradujeron en acciones concretas.
Que Río Negro haya aprobado una ley provincial, en oposición al Tratado del Río Colorado que tiene rango de ley nacional, a fin de bloquear el trasvase del cinco por ciento de su mayor río para beneficio de su propio territorio además de La Pampa y Buenos Aires, es prueba elocuente de lo señalado. Que solo la amenaza de abrir el llamado Tapón de Alonso -para reactivar el Curacó y compartir las sales que bajan del Chadileuvú- puede hacer reflexionar a los rionegrinos y también a los bonaerenses, es otro dislate que muestra el decepcionante escenario en el cual hay que transitar.
Fueron las acciones, antes que las palabras, las que permitieron mayores avances en favor del interés general. Eso no habla bien de los vínculos que deberían existir entre provincias vecinas de un mismo territorio nacional, pero lo cierto es que a La Pampa no le dejaron otro camino.