La Pampa sitiada

LA SEMANA PAMPEANA

I – La Pampa es hoy un campo de batalla. Uno que no usa las armas usuales de lo que conocemos como guerra. No hay soldados, ni armas de fuego, ni bombas, tanques o aviones. O no los hay en las formas conocidas. Es una batalla que utiliza formas más sutiles de agresión, formas que la solapan para que pase inadvertida aunque sus efectos sean reales y devastadores. La Pampa está siendo sitiada como si se tratara de un bastión enemigo que es necesario quebrar. Para rendirla por hambre, para quebrar la resistencia de su población que comenzará, elucubran sus agresores, a pensar si no sería mejor entregar la plaza a los sitiadores y abandonar a quienes comandan la resistencia.

II – Es una batalla que ha sido planificada como un experimento electoral. Una especie de bombardeo a una Guernica pampeana. Un intento de escarmentar a quienes se niegan a entregar a sus jubilados como prenda de rendición porque hacerlo sería condenarlos a que vivan con el 70 por ciento su jubilación. De rendir a una provincia que desafió al poder nacional y eliminó una buena parte del impuesto a las Ganancias a los salarios de miles de sus empleados y cientos de sus funcionarios.

III – La estrategia es muy sencilla. Como en todo sitio de una plaza que se quiere tomar por asalto, se cortan los suministros y la comunicación para resentir la calidad de vida de los habitantes. Uno de esos objetivos es aumentar el déficit habitacional. Si históricamente La Pampa recibió un cupo nacional de dos mil viviendas por año ahora ese cupo se reduce a un par de decenas. Una reducción brutal que no tiene explicación sino en la intención solapada de minar la capacidad de los gobernantes locales privando a los ciudadanos de la certeza de que hay un Estado que se ocupa de solucionar ese tema vital para miles de familias. Otro objetivo es el agua: se boicotea el proyecto del acueducto a General Pico y el norte provincial que ya estaba en el presupuesto embarrando la cancha, cambiando las reglas de juego, introduciendo actores privados y disminuyendo el aporte nacional a esa obra vital. El corte de las rutas de acceso a la capital y a la mayor cantidad posible de centros urbanos es otra de las tácticas. Los simples alteos se demoran meses y cuando se hacen son simples montañas de tierra sin ningún sustento técnico de una precariedad imposible de creer en un organismo como Vialidad Nacional. El caso del inexorable corte de la ruta 35 en el Bajo Giuliani es tal vez el más elaborado de este sofisticado mecanismo de agresión. La inacción allí motivó un movimiento de vecinos que pidieron una solución que vino del gobierno provincial aunque se trata de una vía de jurisdicción nacional. Semanas después, la provincia no puede comenzar las obras porque los sitiadores no le presentan las “condiciones técnicas” que debe cumplir en esa obra.

IV – Mientras todo este ataque económico se lleva a cabo y el sitio de la provincia se cumple con inexorable y matemática precisión, toda una maquinaria de propaganda se desenvuelve en forma paralela. Si se pregunta a los representantes locales de los sitiadores por la disminución de las viviendas, o los alteos que no se hacen o la paralización de la obra pública, o la presión para la entrega de los jubilados, o la negación del acueducto, o la obra de los Daneses, todas cuestiones concretas que pueden comprobarse en la realidad, lo que se escucha es, en un tono más de predicador religioso que de político, una olímpica elusión de la respuesta o una simple mentira. Es el otro aspecto de la agresión. El más perverso porque le niega a los ciudadanos la posibilidad de un debate sobre la realidad que es, como se sabe, la única verdad. El que le niega la posibilidad de ver a quien está detrás del ataque. Camuflados con un discurso que esconde la naturaleza agresiva del proyecto político que encarnan, han logrado convencer a una buena parte del electorado de que son la “nueva política” y que la historia política argentina reciente ha sido protagonizada por un compendio de políticos corruptos de los que ellos se autoexcluyen aunque los archivos digan lo contrario. Se presentan a sí mismos como lo nuevo, lo joven, aunque sus prácticas roquistas los delaten como los herederos de la Argentina oligárquica. Identidad que llevan en su ADN pese a sus esfuerzos de ocultarla y que surge con claridad en su cotidiana exhibición de desprecio y la criminalización actual de los descendientes de las víctimas de la “Conquista del Desierto” que sus abuelos usufructuaron. (LVS)