La política a los pies de la TV

La política sigue rindiendo tributo a la televisión. Cómo entender, si no, esta ley que acaba de aprobarse para volver obligatorios los debates televisivos de los candidatos presidenciales.
Resulta difícil entender cuál es la razón de forzar el ingreso de un partido político a un set televisivo. Por qué no respetar la decisión de cada parcialidad de hacer uso o no de esa alternativa y de dirigir su propia campaña como mejor entiende. Al imponerse como obligación, esta ley aparece como un instrumento coercitivo que limita la libertad de diseñar una estrategia de cara a una elección presidencial.
Da la impresión de que los candidatos deben ser forzados a mostrarse ante las cámaras para aprobar no se sabe qué examen, frente a periodistas que distan mucho de ser ecuánimes a pesar de que les encanta venderse como tales. Es el modelo norteamericano importado sin filtro, con su cotillón, sus campañas costosísimas, sus aportantes privados y, por supuesto, la televisión ocupando un lugar central, poco menos que adueñándose de los candidatos.
A pocos días de cumplirse un año de aquel debate televisivo entre los dos dirigentes que dirimieron la segunda vuelta, cabe preguntarse qué nos dejó, qué contribución imprescindible debemos agradecerle. Porque lo cierto es que si algo recuerdan los argentinos de aquella confrontación en el ballotage es la enorme cantidad de promesas incumplidas que salieron de la boca de quien, a la postre, resultó ganador. En la suprema vidriera del país quedó demostrado que un candidato puede desentenderse absolutamente de la palabra empeñada, de los compromisos asumidos, y sin pagar ningún costo político por la protección de los medios hegemónicos.
Si de obligar se trata, ¿por qué no se obliga entonces al cumplimiento de las promesas electorales con algún mecanismo que castigue su violación? ¿No sería acaso mucho más útil para la democracia y para preservar la transparencia del contrato social? Porque si se vuelve obligatorio el debate televisivo pero, a la vez, no se obliga al cumplimiento de las promesas que allí se formulen, los televidentes-ciudadanos quedan inermes ante las manipulaciones demagógicas, ante las promesas que después terminan siendo letra muerta una vez alcanzado el poder. ¿No hay allí, entonces, un falseamiento de la democracia y encima exacerbado por la enorme capacidad multiplicadora de la maquinaria televisiva?
Es muy probable que el 15 de noviembre, cuando se cumpla un año de aquel debate, los grandes canales de la TV -aliados del candidato triunfante, como es público y notorio- solo pasen algunos fragmentos inocuos, inteligentemente editados para preservar la imagen del hoy presidente.
De ahí que para muchos argentinos que entienden la política de otra forma, que la ven como un instrumento de transformación, de inclusión social, de participación popular en la cosa pública, esta ley no es otra cosa que un nuevo espejismo, un producto del telemarketing que busca maquillar lo peor de la política: las promesas incumplidas, los golpes de efecto, el predominio de los publicistas y expertos en imagen por sobre el de los militantes y los comprometidos con los más vulnerables de la sociedad.

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