La realidad desnuda promesas electorales de “pobreza cero”

LA SEMANA POLÍTICA

Emilio Marín – Era evidente que un mayor desempleo y alta inflación tendrían por resultado una alta pobreza. Y así terminó encuestándolo el Indec, para el que hay casi 13 millones de argentinos pobres. Se acabó el mito de ir a la “pobreza cero”.
El kirchnerismo, más allá de la vandalización morenista del Indec -que sigue negando su autor cada vez que va a la TV-, había logrado un descenso de la pobreza.
Se dirá que el cotejo lo favorecía porque el punto de comparación era demasiado terrible, con el 50 por ciento de la población viviendo por debajo de ese límite tan poco humano tras la implosión social de 2001. Aún con esa aclaración, y precisamente por venir de esa situación tan terrible, los logros desde 2003 hasta 2015 no pueden ser negados por nadie que tenga algo de sensibilidad social. En esa minoría miope por decisión propia está el FMI, que en su reciente visita elogió al macrismo y cuestionó el pasado de una expansión demasiada pendiente del consumo, en su óptica clasista. En otras palabras, ese enfoque se emparenta con el de González Fraga y todos los neoliberales que reprocharon a un amplio espectro social el haber creído que siempre podrían comprarse una moto, celular y hasta viajar al extranjero.
Que se acabó ese tiempo de tirar manteca al techo -o de un capitalismo inclusivo motorizado por el consumo- dio cuenta la Encuesta Permanente de Hogares del Indec. Sobre una población de 31 conglomerados urbanos, con 27 millones de habitantes, concluyó que la pobreza es del 32,2 por ciento (8.7 millones de personas) y la indigencia del 1,7 por ciento (1.7 millón).
Eso, proyectado al conjunto de 40 millones de habitantes, da que casi 13 millones viven por debajo de la pobreza. Ese 32,2 por ciento coincide casi milimétricamente con el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina, que lo había clavado en un 32,4. Eso sí, importa la aclaración de que ese porcentaje suponía más de 3 puntos atribuidos al corto lapso de gobierno macrista, que había incrementado la pobreza en 1.4 millón de personas en el poco tiempo de su administración.
Esa puntualización es importante porque Mauricio Macri, ante la novedad aportada por el Indec puso su mejor cara de cemento para decir lo bueno que era saber cuál el piso de ese drama, como si sus medidas de gobierno no tuvieran nada que ver. A continuación declaró que “pobreza cero en cuatro años es obvio que no se alcanza”.
No es una cuestión de tiempo ni duración, sino de cuál es la dirección política o sustancia del modelo. Con éste, que favorece ampliamente a la acumulación de los grandes grupos económicos locales y trasnacionales, está claro que habrá pobreza para rato y en franco crecimiento. Así lo reflejó el Indec, que ya no es de Guillermo Moreno sino de Jorge Todesca, o sea del PRO-Cambiemos.
Si la pobreza es escandalosa, más aún lo es la indigencia; son casi 2 millones de compatriotas que se van a dormir con hambre en un país que produce alimentos para 400 millones de habitantes. Ese sí que es un escándalo.

¿Qué hay que desratizar?
El fiscal federal Germán Moldes, ex funcionario del Ministerio del Interior en tiempos menemistas de José Luis Manzano, declaró indignado que “hay que desratizar el Poder Judicial”.
Su exabrupto brotó de la bronca que le produjo el fallo de la Sala I de la Cámara Federal, que el martes 27 resolvió en sintonía con el juez federal Daniel Rafecas, en el sentido de no reabrir la causa de la denuncia de Alberto Nisman contra la ex presidenta CFK y el ex canciller Héctor Timerman.
La Daia y un arco político-judicial-empresario muy corrido a la derecha, en sintonía con la embajada de Israel y la derecha republicana de Estados Unidos, pretendía esa reapertura. No tanto por valorar la disparatada del suicida fiscal sino, sobre todo, para generar problemas políticos y eventualmente detenciones en lo más alto del gobierno anterior. Va de suyo que nuevos procesos y una prisión de la ex presidenta ayudaría mucho al actual presidente, en política y de cara a los comicios de 2017 y 2019.
La insatisfacción de Moldes, como de los directivos de la Daia, tiene un profundo contenido político. Están enfermos de odio, que sube más cuando, al mismo tiempo, leen en los cables internacionales que Cristina Fernández recibió en Ecuador la más alta distinción, la “Manuela Sáenz”, por sus méritos en lo tocante a la integración latinoamericana.
Cristina agradeció el premio entregado por la titular de la Asamblea Nacional, Gabriela Rivadeneira. Luego participó de un Encuentro Progresista, se reunió con el titular de la Unasur, Ernesto Samper, y con el presidente Rafael Correa, cuya Alianza País acaba de proclamar a Lenín Moreno como su candidato presidencial para 2017. ¿Se llama Lenín?, habrá preguntado la CNN para sospecharlo de comunista…
Esa incursión latinoamericana genera un odio visceral del círculo judicial que persigue a la viajera. De allí las palabras de Moldes, que le valieron una recusación.
Se entiende su bronca, aunque por supuesto no se la comparta. ¿No habría que “desratizar” más bien la economía argentina, donde los monopolios y bancos están llevándose ganancias extraordinarias?
Para que a 13 millones de argentinos no les alcance para vivir con mínimo decoro, tiene que haber muchos grandes empresarios que levanten plata en pala. Son los que acudieron al llamado del presidente en Balcarce 50 a prometer que no iban a despedir personal, los que ovacionaron a Macri en la Exposición de Palermo de la Sociedad Rural, los que el mes pasado llenaron el CCK durante el “Mini Davos” y esta semana aplaudieron a Alejandro Werner, del FMI, en el seminario de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (Fiel).
No será la expresión adecuada, pero parafraseando a Moldes, habría que “desratizar” (léase desmonopolizar) la economía argentina y cortar con el ritmo vertiginoso de nueva dependencia generada desde diciembre de 2015.
Como eso no sucede ni tiene visos de implementarse sino más bien todo lo contrario, es que se puede entender que Francisco haya grabado un video explicando que no vendrá al país este año ni el próximo. El pope no dice la verdad cuando argumenta que está muy ocupado y que el mundo es muy vasto. Ambas cosas son ciertas, pero él fue ungido en 2013 y no volvió a Buenos Aires desde entonces. Objetivamente está mostrando su desacuerdo con la polarización social imperante, con gente muy pero muy rica y mucha otra pobre, muy pobre. No venir no soluciona nada, salvo en lo personal; era mejor no quedar anclado en Roma. Su sola presencia no iba a solucionar nada pero podía servir para impulsar estos debates sobre el capitalismo dependiente y su conversión total al dios Mercado.

¿Pasa a noviembre?
Hasta el jueves parecía confirmarse que la CGT iba a concretar su postergado paro general contra el gobierno para octubre. Ahora está completamente descartado para el mes, pero aparecieron indicios de una nueva dilación (y van….). Ese día la cúpula cegetista, encabezada por los triunviros Juan Carlos Schmid, Héctor Daer y Carlos Acuña, acompañados de otros dirigentes, fue recibida por el ministro Alfonso Prat-Gay.
Pareció una escena teatral bien estudiada. Los visitantes plantearon que el gobierno atienda reclamos de los asalariados, jubilados y sectores más pobres. Y la parte gubernamental poniendo cara de circunstancias para explicar que recibió una pesada herencia pero tiene la mejor intención de atender a aquellas situaciones.
Aparentemente el ministro abrió posibilidades más ciertas para que el medio aguinaldo de fin de año no sea alcanzado por el mal llamado impuesto a las ganancias, lo que conviene a los asalariados de mayores ingresos. Y también dejó trascender que podrían dar un bono de fin de año para los sectores que perciben salarios más bajos y planes sociales.
Aunque tales medidas no fueron confirmadas, fueron dadas casi por ciertas y enfriaron notablemente los ánimos huelguísticos de buena parte de la cúpula de Azopardo 802. En ese ámbito los más renuentes a dar más tiempo al gobierno parecen Pablo Moyano, de Camioneros, Sergio Palazzo de la Bancaria y unos pocos más. El resto, comenzando por Daer, parece contento con una nueva oportunidad de diálogo con los funcionarios al servicio de los monopolios. Y en tren de lograr una mayor aproximación han pedido otra reunión al ministro de Hacienda, para ver si trae novedades más concretas en al menos ese par de anuncios que podrían aplacar los fuegos del paro tan meneado.
Por supuesto que si la CGT posterga su primera medida de fuerza será un poco de oxígeno que vendrá muy bien al gobierno sofocado por la presión social que levanta su propio plan de ajuste. Pero aún así no será aire puro para toda la gestión porque el gesto amistoso de la dirigencia sindical no condice con los airados reclamos de abajo.
El 27, por caso, hubo un paro nacional de ATE, Ctera, Conadu Histórica y otros gremios estatales. El Centro de Estudios CEPA de Hernán Letcher, informó que los 99 conflictos laborales de julio se habían convertido en 173 en agosto, y esa tendencia continúa.
El país es una contradicción andante: hay elogios para el gobierno por parte del FMI, la dirigencia gremial le daría un poco más de tiempo, y los afectados por el ajuste ganan la calle y quieren que Macri pare la mano.

Compartir